(Sandra Neves, de la Trupe Fandanga, manejando su ‘Ornirotóptero’. Foto de Ana Brigida)

Continuamos con nuestra crónica de la 6a edición del Mó – Festival Marionetas em Oeiras 2021, en la que hablaremos de A Caixa de nove lados, de la compañía Historioscopio (Premio del Jurado); de Portucale, de S.A.Marionetas (Premio del Público); y de Ornirotóptero, de la Trupe Fandanga.

A Caixa de nove lados, de Historioscopio

Sorprendió al público apretujado en la sala de la Galeria Verney de Oeiras este espectáculo de la compañía de Porto Historiocopio, por la impactante y rica interpretación de Marta Costa y Samantha Jesus, con un montaje de marionetas sobre mesa en el que las dos actrices, además de mover los títeres, tenían un rol activo en el desarrollo de la obra.

Foto de Ana Brigida

A partir de un texto original de Ricardo Alves y con escenografía y marionetas de Samantha Jesus, A Caixa de nove lados trata sobre los miedos de la infancia a través de la relación de una niña con su abuela, y de cómo estos miedos pueden vencerse si uno se deja llevar por la imaginación y no se detiene ante las sorpresas, los sustos y los raros personajes que suelen aparecer cuando se cruza ese borde que separa el mundo real del imaginario.  

Foto de Ana Brigida

En la propuesta de Historioscopio, el espejo de Alicia es sustituido por la vieja caja de costura de la abuela, de ‘nueve lados’ como nos indica el titulo de la obra, y donde se concentran los miedos y los universos en los que estos habitan. En ella están las puertas que nos conducen ‘al otro lado’, allí donde moran esos miedos que nuestra imaginación onírica no duda en convertir en personajes histriónicos, terribles, malvados o muy sorprendentes, como es el caso del Conejo, metamorfosis del ovillo de hilo de lana y divertido guiño al Conejo Blanco de Lewis Carroll.

Pero toda la gracia de la propuesta se sustenta en la dinámica de la puesta en escena, magistralmente manejada por las dos actrices, con sus constantes entradas y salidas en las peripecias de la niña y los personajes que encarnan sus miedos. Asimismo, es fundamental la escenografía centrada en la boca del teatrín que focaliza la acción y en sus distintas posibilidades de ‘levantar el telón’. Un teatrín como los de cartón para jugar que se convierte en ‘mágico’, con su fondo de sombras chinescas, o sus pliegues laterales que transforman el espacio. En él, lo interior y lo exterior se confunden, para poder ensamblar sueño y realidad.

Foto de Ana Brigida

Teatrín y caja de costura, con sus puertas falsas y giratorias, cumplen con la función del espejo de múltiples lados y dimensiones, con lo que se logra un efecto casi de comedia de enredo, en un ajetreo acelerado de entradas y salidas, de sustos y sorpresas, o de misteriosas apariciones que ponen a prueba la resistencia de la protagonista.

Es contagiosa la energía que despliegan las dos intérpretes, bien entregadas a su labor, con una elevada vis cómica sin jamás pisar en demasía el acelerador vocal o histriónico. Se consigue así una perfecta fusión de los personajes con sus manipuladoras, en un contenido equilibrio de gestos y dinamismo.

Foto de Ana Brigida

La obra fluye en una vorágine alocada y divertida de energía teatral, pero sin desmadre alguno. El secreto, creo, está en el perfecto equilibrio logrado entre ‘fuera y dentro’, ‘delante y detrás’, sueño y realidad, títeres y actrices, que los personajes y sus manipuladoras consiguen, manteniendo la tensión de estas oposiciones al máximo, peo siempre bajo estricto control, algo que requiere mucho oficio teatral.

Quizá por eso los aplausos fueron intensos y sinceros, y el Jurado, tras mucha deliberación, decidió otorgar a este montaje su Premio.

Portucale, de S.A. Marionetas

Pudimos ver en la plaza de la Iglesia de Oeiras la obra Portucale de la compañía de Alcobaça S.A. Marionetas, un ágil divertimento representado por tres cómicos titiriteros con el lenguaje desenfadado con el que se solía actuar en las ferias, magníficamente representados por José Gil, Natacha Costa Pereira y Sofia Vinagre.

Foto de Ana Brigida

En efecto, los tres titiriteros se presentaron como una compañía medieval de cómicos encargada de explicar el nacimiento del Reino de Portugal tras la boda de Don Henrique con Doña Teresa de León, el nacimiento de su hijo Alfonso Henriques, hasta llegar a la batalla de Ourique contra los moros, en la que D. Afonso Henriques es aclamado Rey por sus soldados enardecidos por la victoria.

Foto de Ana Brigida

Unos hechos históricos que son descritos paso a paso por los juglares titiriteros en un divertido tono de acción burlona de mojiganga, llena de chanzas al estilo medieval, en la que se invita al público a participar en la broma teatral.

Foto de Ana Brigida

Los títeres utilizados, de talla de madera que recuerdan los trazos de las figuras religiosas del Románico, son del estilo de las marionetas que solían girar por la Península Ibérica en los siglos XVI y XVII, como las que cita Cervantes en el episodio del Retablo de Maese Pedro del Quijote, movidas con varillas de hierro y algunos hilos, lo que facilita movimientos muy ágiles y una manipulación desenfadada, con las licencias que se permiten tomar unos cómicos que buscan sobre todo la diversión de un público de plaza.

Foto de Ana Brigida

Un efecto que los actores de S.A. Marionetas consiguen con creces, metiéndose al público en el bolsillo desde el primer minuto, con un José Gil espléndido en su papel de comediante bufo y socarrón, mientras Natacha Costa Pereira y Sofia Vinagre completan el reparto, con roles igual de desmedidos en su papel de mujeres caricatas de armas tomar.

Foto T.R.

El resultado encandiló al público que acudió aquel domingo al mediodía ansioso de diversión a la plaza de la Iglesia, de tal modo que niños y mayores decidieron otorgar a Portucale el Premio del Público. La simpática energía desplegada por los cómicos de Alcobaça venció al viento atlántico que soplaba en la plaza desde el estuario del Tajo, imponiéndose igualmente al rotundo tintineo del campanario que en vano pedía, con sus campanillazos, recato y comedimiento.

Ornirotóptero, de la Trupe Fandanga

Ornirotóptero, obra para un solo espectador, pertenece a este tipo de montaje que se acerca a lo que unos llaman lambe-lambe, otros teatro miniatura, y otros teatro de la intimidad. A mi me parece que la tercera denominación es la que más se le acerca, sin que por ello quede definido por completo. La razón es que Ornirotóptero es también uno de esos espectáculos que no se deja definir ni fijar en un simple calificativo, sino que oscila en esa zona de las obras de creación que no se sabe muy bien lo que son. ¿Pero acaso huir de cualquier definición no es uno de los ideales del arte verdadero?

Foto de Ana Brigida

Sirva este preámbulo para indicar que nos encontramos ante una obra desconcertante que consigue atrapar a su único espectador a pesar de ofrecerse abierta al entorno, sin paredes, techos ni capuchas, para introducirlo en un registro inmediato de intimidad, algo muy difícil pero que Sandra Neves, su artífice y única intérprete-animadora, consigue con férrea maestría. Se sirve de unos auriculares que transmiten la música directamente a los oídos del espectador, y de una acción escénica provista de una gran delicadeza, con pequeños cartelitos que van marcando el camino, y suaves movimientos de los objetos protagonistas.

Foto de Ana Brigida

La temática es la indicada por el título, aunque barrunto que no muchos saben su significado. Lo dicen las alas y que todo gira alrededor del volar. Y su etimología, que nos llega del griego: ornitos pájaro y pteron ala. Pero volvamos a la obra. En efecto, uno ve una roca que se eleva como un menhir creado por la naturaleza, pero cuya base no se sabe si existe o si pende en el vacío como un aerolito orbitando en un mundo desconocido, o quizás apocalíptico, fruto de alguna hecatombe de las provocadas por los humanos. Alguien parece muy ocupado en un ajetreo técnico que tiene que ver con las alas y unos puntitos de luz. Hay unos periscopios que en vez de mirar hacia arriba miran hacia abajo. Vemos paisajes de cielo abierto, quizás los espacios descontaminados a los que el presunto volador pretende dirigirse.

La escenificación de Sandra Neves no nos dice nada de todo esto, pero permite que imaginemos lo que deseamos o queremos ver. Y, sin darnos cuenta, hemos construido alrededor de este menhir indescifrable un universo de posibilidades que surge de una intimidad hecha de signos enigmáticos y de la misteriosa delicadeza de la titiritera que con sus gestos y figuras manipula nuestra imaginación.

Foto de Ana Brigida

Entonces reparo que la base del menhir que no veo en la realidad, se encuentra en el interior de mi visión, y que, sin apenas darme cuenta, yo soy parte del escenario de la obra con este ornitóptero que salta a volar seguramente con la intención de meterse por mi nariz o por mis oídos adentro, con unas finalidades que desconozco, aunque podría llegar a intuir si la obra hubiera durado más tiempo.

Foto de Ana Brigida

La pieza llega entonces a su fin. Mi delirio no se ha salido de madre. Siete minutos, quizá, pero en mi percepción han sido muchos más. La titiritera solista agradece mis aplausos y empieza a plegar lo desplegado para preparar un nuevo pase a un nuevo espectador. Pienso que acabo de vivir una experiencia teatral que me habla de otra forma de percepción y de vivencia. En ella, los escenarios no están separados del espectador sino que se introducen sutilmente en su interior y por eso uno se olvida de lo de afuera. Algo que en realidad sucede en todo tipo de teatro, claro, pero que aquí es mucho más intenso y explícito. El trabajo de Sandra Neves y de su Trupe Fandanga, según barrunto, va por esta dirección. Buscar un teatro que eche raíces en la imaginación de sus espectadores y que allí complete su función. Un trabajo de mucho presente y futuro, y que tiene ricas y prometedoras posibilidades.

En la plaza de la Iglesia, el rincón donde Sandra Neves había instalado su Ornirotóptero, fue durante los días del Festival un rincón misterioso, donde ocurrían ‘cosas’ en silencio para los transeúntes, sin que el ajetreo del entorno pareciera molestar. Ni las campanadas que marcaban las horas afectaban a aquel pequeño espacio de rito.

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