(Pilar Amorós y Paco Paricio tras la función)

Terminamos nuestras crónicas sobre el II Festival de Titelles al Cabanyal, que organiza el Teatro La Estrella junto con el Teatro Musical, ambos sitos en el barrio del Cabanyal, con una referencia al último espectáculo que pudimos ver, ‘Cómicos de la legua’, de los Titiriteros de Binéfar.

Mencionaremos también, ya fuera del marco del Festival, la visita que este cronista pudo realizar a la Sala Títere de Valencia, una iniciativa del músico y compositor Juan Picó de un teatro musical de autómatas de lo más sorprendente y original.

‘Cómicos de la legua’, de Los Titiriteros de Binéfar.

Sólo puedo describir la sensación que tuve al ver este espectáculo como de sentir una gran paradoja: ver la grandeza y la madurez a la que han llegado estos dos artistas titiriteros, que son Pilar Amorós y Paco Paricio, ante uno de sus espectáculos más antiguos y fundacionales: ‘Cómicos de la legua’.

En plena actuación.

Quizás porque no lo conocía. Uno de los más antiguos de la compañía y que todavía sigue en manos de sus mismos intérpretes creadores, el par Pilar-Paco. Creo que con él iniciaron los Titiriteros una de sus líneas de trabajo más importantes: la del teatro musical que busca rescatar, a través de canciones y cuentos tradicionales, el acervo popular de nuestra lengua, con sus riquezas ocultas hoy olvidadas por la actual cultura urbana.

Una línea de trabajo esencial de la compañía, que de algún modo cruza con generosa transversalidad todos sus títulos, y que en los últimos años ha dado espectáculos tan memorables y espléndidos como Antón Retaco, Chorpatélicos, Jauja, Canciones de Titiriteros, Maricastaña, En la boca del lobo… Una línea que empezó Paco Paricio con Pilar Amorós, y que continúa con igual maestría su hija Eva Paricio (ver aquí).

Paco Paricio y Pilar Amorós.

Un plan de trabajo tan bien ejecutado, que muchas veces me ha dado en sugerir que tales espectáculos, sobre todo los que son más explícitos en el rescate de canciones, cuentos, dichos y expresiones populares, deberían ser de obligada visión en todas las escuelas del país, no porque sean espectáculo infantiles, que lo son y no lo son, sino por la necesidad de que los cachorros hispánicos crezcan con un mínimo de lengua rica.

Pero regresemos al Cabanyal y a la Placeta del Rosari, donde se encuentra el Teatro Musical en el que se realizó la función. ¡Menuda sorpresa tuvo el público gitano que había en la platea -el Cabanyal es un barrio popular con muchos gitanos en su vecindad- cuando vieron salir al escenario a un cantaor gitano con su guitarra flamenca, ágil y procaz de lengua, acompañado de su mujer, tan desinhibida que incluso calzaba pantuflas de estar por casa! Me extrañó no conocer al cantaor, pues conozco a todos los músicos y técnicos de la compañía, y pensé que sería algún nuevo fichaje. Hasta que por fin me di cuenta de que aquel señor de largo cabello negro y brillante, vestido a la manera gitana, no era otro que el mismísimo Paco Paricio. ¡Y, por supuesto, su mujer gitana era Pilar Amorós en persona!

Paco Paricio, Pilar Amorós y Roberto ‘Quiri’ Aquiloé.

Pero lo más sorprendente fue ver cómo ambos intérpretes hablaban y se movían cual verdaderos gitanos, o al menos a mi me lo pareció. Los niños del público, más entendidos que yo, también se lo creyeron, como lo demostró la atención y el respeto que mostraron hacia el escenario, algo que no siempre ocurre.

Y entre chistes, gracias y respuestas improvisadas a las intervenciones del público, Paco Paricio con la guitarra, bien acompañado, como es propio en sus espectáculos, por la percusión y los efectos sonoros del gran maestro Roberto ‘Quiri’ Aquiloé, fue desplegando canciones y adivinanzas que hicieron las delicias del público. El capítulo de las adivinanzas fue decisivo para meterse a los niños y a los mayores en el bolsillo, y las canciones que interpretaron al unísono con la voz y los títeres, fueron las columnas vertebrales de una obra que se ha convertido ya en un clásico de la compañía: ¡Qué empiece ya!, El Barquito Chiquitito, la Tarara, Estaba el señor don gato…

¡Qué gusto da ver cantar al público estas canciones populares, con sus palabras y melodías, que forman el sustrato colectivo de la comunidad hispana! Pequeños y humildes denominadores comunes que permiten el encuentro en la fiesta, un modo de unir que no mira los orígenes, ni las identidades, ni las patrias ni las ideas, sino que los acepta a todos sin exclusiones. Quizás a la unión que busca Europa en la diversidad le iría bien un acervo común de canciones compartidas, que se aprendan en la escuela en cada lugar con sus lenguas y variantes. Algo que pronto será una realidad en todo el planeta.

De izquierda a derecha: Maite Miralles, dos espectadores, David Fariza, Paco Paricio, Pilar Amorós, Rafael Benito, Sandrine, Eduardo Rodríguez Cunha ‘Tatán’, Edu Borja y Juan Picó. Foto Teatro La Estrella.

Mostraron los Titiriteros de Binéfar una madurez que sólo se alcanza con el profundo conocimiento del oficio. Y fue curioso verlos coincidir en el mismo festival junto a Tanxarina, otra compañía, de Galicia en este caso, que goza de los mismos atributos de maestría en el oficio. Lenguajes ambos universales, el de la música, los títeres y las canciones en un caso, y el de los clowns marionetistas en el otro caso. Lo más importante: el aplomo y la comodidad que mostraban ambos equipos en el escenario, de los que causan asombro y admiración.

Sin duda un ejemplo del dulce momento al que ha llegado el teatro de títeres en nuestro país, con compañías longevas que han creado escuela y que marcan sólidas líneas de futuro para las nuevas generaciones de titiriteros. El Festival de Titelles al Cabanyal, fruto de la voluntad esforzada de estos otros veteranos de la vida titiritera que son Gabi y Maite de La Estrella, nos permitió conocer estas realidades para gozar y nutrirnos de ellas. ¡Gracias y felicidades!

‘Un caballo llamado Miedo’, de Juan Picó, en la Sala Títere de Valencia.

Fue Edu Borja, reconocido titiritero de Valencia que acudió a algunos de los espectáculos al Cabanyal, quien me animó a visitar este nuevo espacio recién abierto en Valencia llamado Sala Títere, con un espectáculo-instalación de autómatas de tipo musical creado por el compositor Juan Picó. Sin pensarlo dos veces, acudí el lunes después del Festival, tras concertar una cita con Picó.

Juan Picó frente a su teatro.

Situada en el barrio de la Ruzafa, uno de los más céntricos y movidos de la Valencia actual, cerca de la Estación del Norte y de la Plaza de Toros, en la calle de Puerto Rico 33, la Sala Títere es un espacio para unos cincuenta o sesenta espectadores que Juan Picó utiliza como lugar de encuentro, de creación y de exhibición de su trabajo. En realidad, podríamos decir que es el lugar donde se realiza un sueño, una visión que una vez tuvo el compositor en la que aparecía una orquesta de autómatas tocando sus partituras. ¿Por qué no convertir este sueño en realidad?, se preguntó el soñador. ¿Acaso los humanos no nos caracterizamos por eso, por soñar y hacer realidad nuestros sueños? Así pensó Juan Picó y así se hizo.

Cartel de la obra.

La Sala Títere es un teatro musical provisto de una orquesta fija de músicos recortados de madera que tocan lo que les dicta su director, Picó en este caso, a través de un elaborado software que transmite la particella correspondiente a cada instrumento de la orquesta. Tocan sin tocar, pues la música sale de una banda sonora previamente elaborada, pero ejecutan los movimientos propios que dicta la solfa de cada intérprete. Si el director no apretara el play de sonido y pusiera en marcha la orquesta, veríamos a todos los intérpretes ejecutar impecablemente sus movimientos, leyendo cada uno su partitura, pero acompañados sólo por el ruido mecánicos de los engranajes y el suave chirriar de las maderas y sus ejes. Una fantasmagórica visión de enorme sugerencia que sin duda su creador explorará.

Músicos.

Tras la orquesta, se abre un escenario de títeres, ocupado por una pantalla para el teatro de sombras. Los músicos están instalados en lo que serían unos recortes de diorama que establece la escenografía frontal de la obra que se representa, en este caso, un western.

Como protagonista, un caballo, el que da nombre al título del espectáculo: ‘Un caballo llamado Miedo’. Lo veremos aparecer primero en la pantalla de sombras y luego corpóreo: una preciosa marioneta, obra de Edu Borja, que, a partir de un momento dado, centra la atención del público. Nada diremos de su argumento: que vayan los interesados y lo descubran.

Juan Picó y el caballo. Foto Sala Títere.

Pero además de western, la obra es una vigorosa pieza musical para pequeña orquesta sinfónica -hay viento, cuerda, madera, percusión y piano- realizada con todo el rigor y el brillo de una banda sonora de película, composición de Juan Picó, que suena de principio a fin, más una única voz solista, ejecutada por el mismo compositor en los momentos en que aparece en su función de único manipulador del espectáculo.

La representación dura unos treinta minutos que pasan volando, tal es el asombro que provoca la propuesta, de una excentricidad tan poderosa como admirable, inmersos en el mundo sonoro y visual de Picó. Lo más interesante es esta combinación de tecnología digital y artesanía mecánica y titiritera, un mundo en el que todo está hecho a mano, y muchas de ellas en tiempo real. Una verdadera locura de trabajo compositivo, robótico, mecánico y artesanal.

Foto Sala Títere.

Para realizar el proyecto, Juan Picó se ha rodeado de un equipo de entusiastas colaboradores, entre los que cabe destacar a Andrés Martí Gimeno (audiovisuales), Edu Borja (marionetas), Mecha Anzorena (escenografía y gomaespuma), Manu (sonidista), Ignacio Fito (ilustrador y gomaespuma), Mateo (ingeniero y robótica), José Bernardo (electromecánica), Ote (webmaster y redes), Xino y Hugo (iluminación), Alberto (Mecánica y ajuste autómatas), Álvaro (vestuario y atrezzo textil), Nel·lo (fotografía y cartelería) y Robert (diseño y pintura autómatas). Una verdadera orquesta humana de técnicos y especialistas que han colaborado para crear la orquesta de músicos recortados de madera en movimiento pautado.

La orquesta. Foto Sala Títere.

En la actualidad, se presenta una única obra, la del ‘Caballo llamado Miedo’, pero uno adivina nuevos títulos, pues lo más complejo ya está hecho, disponer del espacio, de unos músicos dispuestos a tocar lo que se les diga, de un equipo compacto y eficiente, y de un compositor-titiritero con ganas de lanzarse al vacío de la creación.

Una iniciativa tan singular como encomiable, que ya empieza a despertar la curiosidad del público valenciano, y al que deseamos un largo y exitoso recorrido.

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