Jardín Botánico – Museo de Ciencias Naturales de Barcelona

La Agencia de Detectives de Objetos El Solar, compuesto por los artistas Shaday Larios, Jomi Oligor y Xavier Bobés, acaba de intervenir en el gran festival de Barcelona, el Grec 2018, con una investigación que han titulado ‘Cuaderno de Campo’. Se trata de la segunda indagación creada por el equipo tras la realizada el año pasado, ‘Primer Album’, alrededor de una carpintería en el centro de Girona, dentro del festival Temporada Alta. Un proyecto que tuvo sus inicios en una primera experiencia realizada sobre el Barrio Chino de Barcelona, ‘El Solar del Estraperlo’, aún inconclusa, en el marco de la Exposición Figuras del Desdoblamiento y del festival IF Barcelona.

Los tres artistas de El Solar acuden a través del Jardín Botánico para recoger al grupo de los espectadores. Foto de Nino Milone.

Es imposible y nada recomendable querer catalogar este trabajo insólito, situado en los límites de varias artes y disciplinas, que se encuentra entre el mundo del espectáculo -en cuanto su marco de presentación es un festival de teatro- y el mundo del conocimiento, y que, según este cronista, entra de lleno en el campo del arte, para despegar plenamente en el de la poesía.

Tomada como objeto de partida de su investigación la parte de la montaña de Montjuic hoy ocupada por el Jardín Botánico y el Museo de Ciencias Naturales, un hermoso lugar situado entre el castillo y el cementerio, los investigadores se han encargado de levantar acta, capa tras capa, de las distintas dimensiones superpuestas que conforman un paisaje que hoy se nos aparece impoluto, situado en el marco de un moderno y sofisticado jardín botánico dedicado al estudio y el cultivo de plantas de todo el mundo, y que sin embargo encierra en su seno profundos niveles  de realidad con todos los componentes de dramatismo que le son propios. Una realidad formada por estratos que nos habla de la historia, de las poblaciones que allí vivieron, de la geografía en la que se encuentra, del entorno actual botánico en el que se inscribe, sin rehuir la dimensión humana de los científicos que trabajan en él.

Los espectadores bajo el Ficus centenario escuchan algunos pormenores del árbol y ‘otras cosas’. Foto de Nino Milone.

Uno de sus cometidos ha sido buscar y desvelar estas capas ocultas para hacerlas perceptibles al público que se acerca a la experiencia en un grupo reducido de personas guiadas por los mismos tres artistas. Despliegue y exposición de las capas de realidad que conforman el paisaje: los árboles y las plantas agrupadas según la procedencia -Australia en un lado, Sudáfrica  en el otro, detrás California, flora mediterránea en esta esquina, luego árboles llegados de América…-. Pero mientras descubrimos la complejidad de las riquezas vegetales que nos envuelven y de sus símiles con las migraciones humanas, empezamos también a vislumbrar otra realidad que subyace al suelo que pisamos: la población de más de treinta mil almas que pobló aquella espalda de Montjuic, aluviones migratorios procedentes del sur hispano que llegaron a Barcelona tras la Guerra Civil y que se fueron instalando en este lugar hasta convertirlo en uno de los barrios de barracas más importante y bullicioso de la ciudad.

Foto de Nino Milone.

De pronto me doy cuenta, por los murmullos y algunos comentarios de los presentes, que entre el público de este día hay antiguos habitantes del barrio, que han colaborado en la investigación y que vienen a ver el resultado. Gente de mi edad, barceloneses como yo, que vivieron su juventud en estos andurriales y que siguen, atónitos y con el alma en un puño, el recorrido al que los integrantes del Solar nos conducen.

La realidad sedimentada y estratificada de tiempos, épocas e historias empieza poco a poco a deshacerse para aparecer sus niveles separados y contrastados entre sí, dejando que florezca el natural dramatismo de los contrastes, que no es necesario excitar, pues surge espontáneamente de las capas en oposición de los tiempos desglosados.

Lo bueno de todo ello es que este desfibrado de la realidad es minucioso y escueto, presentado de un modo sencillo, podríamos decir casi minimalista,  a modo de pinceladas impresionistas cada una de las cuales es como una capa desvelada de la cebolla del mundo en el que nos encontramos. Y poco a poco, empezamos a ver la realidad a través de estas capas que son lentes diferentes superpuestas pero distinguibles en las gafas de nuestros ojos.

Pero el momento mágico y definitivo, el que recogerá todas las impresiones y las combinará para que sean vividas a través del proceso catártico de lo que podríamos llamar un ‘teatro poético’, llega cuando entramos en el recinto del Museo de Ciencias Naturales y los integrantes del grupo de espectadores somos instalados en una pequeñas gradas orientadas frente a una gran cristalera que da al jardín con la ciudad al fondo y las montañas a lo lejos que la circundan. Es decir, frente a un paisaje que resume de algún modo lo visto y que se va oscureciendo, pues el tiempo ha pasado lento y la oscuridad de la noche se hace dueña del espacio.

 Paisaje desde la grada. Foto de Nino Milone.

La vivencia exterior se hace entonces interior. Y, de pronto, tras algunas informaciones que nos hablan del museo y de las gentes que en él trabajan, más algunos detalles de los fondos que se guardan en las reservas del mismo, propias del más original y casi esotérico de los Gabinetes de Curiosidades -se guarda uno de ellos, el perteneciente a la Farmacia Salvador del siglo XVIII en Barcelona, justo al lado de donde nos encontramos-, de pronto, el tiempo y el espacio se contraen en un momento mágico en el que callan las palabras: bajo una luz tenue y una música que suena como un hálito del alma, la intersección de las distintas realidades se ofrece al público, para fundirse en una pura vivencia poética.

Intersección. Foto de Nino Milone.

Las épocas se superponen, los paisajes y los recuerdos, las imágenes que ya sólo están en blanco y negro, los tiempos lejanos y los que pertenecen a una sola vida, y algo que está más allá de las palabras y de los conceptos emerge de las manos del manipulador de tiempos y de planos, de las profusas capas que conforman nuestra realidad, distinguibles pero superpuestas, creando un fulgor de emoción que tiene que ver con la conciencia del Tiempo y de los tiempos, que es a lo más que podemos llegar los humanos.

Intersección. Foto de Nino Milone.

Acabada la catarsis, se impone un silencio que ni los aplausos se atreven a romper. Los tres investigadores del Solar invitan al público a intervenir, y los que habitaron en la Montaña de jóvenes a duras penas pueden expresar la emoción profunda que los embarga, que tiene  que ver con la memoria y la nostalgia, pero también con el sabor del conocimiento adquirido, de una perspectiva de distanciamiento que ilumina, relaja y eleva.

Tubos en cajas de clasificación del Museo. Foto de Nino Milone.

Finalmente los aplausos rompen el hechizo y el público es invitado a recorrer una exposición donde se muestran imágenes, publicaciones -como la revista La Voz de la Montaña-, mapas y otros testimonios, los pocos pero imprescindibles que han quedado de aquel poblado humano que los cambios de la época, el progreso y la modernidad se han llevado por delante. Indican los artistas que el Ayuntamiento, tras conocer la experiencia y ver los resultados, está interesado en rescatar esta documentación y ofrecerla en exposición permanente al público. Ojalá se cumpla este propósito.

Mapa del poblado realizado por los barraquistas y publicado en la revista ‘La Voz de la Montaña’ en el año 1968. Foto de Nino Milone.

No cabe duda que nos encontramos ante un nuevo tipo de teatro, el desarrollado por los tres artistas del Solar, que junta la profunda reflexión sobre los objetos y sus resonancias poéticas y documentales, con la antropología, la historia, la geología, la botánica, la filosofía… Un teatro quizás del futuro, capaz de combinar la catarsis del espectáculo con el autoconocimiento que da la distancia más el refinamiento de una sensibilidad que abre puertas suplementarias a la percepción.

De todo ello nos habla este trabajo, una labor exquisita que los del Solar han bordado con inusual maestría en esta segunda incursión de su agencia de detectives.

Vista aérea del Jardín Botánico situado entre el Estadio Olímpico, el Castillo de Montjuic y el Cementerio de Montjuic. Foto satélite Google Earth 2018.

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