Ha tenido lugar estos días el Festival Titirimundi de Segovia, sin duda uno de los más interesante y reconocidos del país y que ha sabido cruzar los años de crisis con dignidad y la cabeza muy alta. Un festival que debe su carácter a la figura de su director, el titiritero Julio Michel, de la histórica compañía Libélula, quien supo muy bien desde el primer momento inclinar el fervor de los segovianos hacia el mundo de los títeres.

Le ayudó en este empeño la peculiar idiosincrasia de Segovia: una ciudad relativamente pequeña, con una población no superior a los 55.000 habitantes, y un casco viejo de los más bien conservados e interesantes de la Península, con profusión de magníficos monumentos históricos, sean iglesias, conventos, monasterios, palacios o edificios seglares. Una población orgullosa de su ciudad, que gusta de compartirla con los forasteros  abiertos a lo ajeno. ¿Y quiénes más abiertos a lo ajeno puede haber que los titiriteros?

Gentes llegadas de todos los confines del mundo, cuya particularidad vital consiste en compartir lo propio con el público siempre ajeno. Una profesión, pues, basada en la comunión de lo diferente.

Los segovianos captaron rápidamente estas características a lo largo de los años, gracias a la intuición de Michel, que supo hacerles cercano y próximo lo que a veces llegaba de los países y las culturas más lejanas del mundo. Es decir, supo atar el festival a la sociedad segoviana, de modo que hoy en día son muchas las amistades entre artistas forasteros y oriundos de la ciudad. Uno de los trucos de Michel, además de su buen tino en la selección de compañías, fue organizar fiestas abiertas a todo el mundo, con el gancho de los espectáculos más vitales y atractivos para el público nocturno, a modo de un cabaret aparentemente espontáneo con baile incluido. Unas fiestas animadas por la incombustible Troupé de la Merced, con los nombres míticos de Cuco Pérez en el acordeón, Gaspar Payá en la guitarra y Luisa Pérez en la voz y la percusión. Actuaron, en efecto, la noche del sábado, con su sonido particular y sus temas populares que invitan al baile aunque uno no lo quiera.

La Calle

Otro de los trucos de Julio Michel ha sido aprovechar la hermosa topografía de calles y plazas de Segovia para los espectáculos de calle, buscando este milagro que es,  para el paseante, encontrarse una maravilla inesperada en los lugares más hermosos y emblemáticos de la ciudad.

Ha sido una constante en el Titirimundi traer siempre  a alguna de las tradiciones titiriteras populares de Europa, como son los Robertos portugueses, el Punch and Judy inglés, el Polichinelle francés, el cristobita español o el Pulcinella napolitano. Lamentablemente, Rod Burnett, el famoso Professor of Punch and Judy que era un fijo en las plazas de Segovia, murió inesperadamente una semana antes de empezar el festival, una dolorosa noticia para los titiriteros y para el público de Segovia, que conocía muy bien su maestría en el género de la cachiporra. Se le brindó un emotivo homenaje y una película dedicada a él pudo verse de un modo ininterrumpido en la sala de actos del Torreón de Lozoya.

Este año se pudo gozar de muy buenos espectáculos en la calle, como los siempre jocosos de La Gotera de Lazotea, de Jerez, una garantía de frescura, buen cante y buenos títeres, con su obra ‘La Mata de Albahaca’. Eva Serna, Juan Manuel Benito y Diego Sánchez mostraron estar en muy buena forma, con un texto inteligente y una interpretación redonda cada uno en sus labores. La tonadilla del vendedor de melones con la que empieza la obra corrió por las calles de Segovia como un leitmotiv titiritero llegado de Andalucía, con tal fortuna que atrapó desde el primer momento al público, que premió a los artistas con fuertes aplausos. Actuaron en la Plaza San Martín y en la Plaza Mayor, siempre llenas a rabiar.

También estuvo en la Plaza Mayor la compañía Teatro Mutis, de Segovia, con ‘Maleta, misión espacial secreta’, una magnífica obra de muñecos grandes y agraciados, con una temática de ciencia ficción, naves intergalácticas, personajes astronáuticos y seres antediluvianos procedentes de otros planetas. El público lo pasó de maravilla, enganchado a las peripecias interestelares.

Imprescindible citar a Los Titiriteros de Binéfar, que presentaron La Fábula de la Raposa, un clásico de esta afamada compañía que actuaron en el patio del Centro de Interpretación de la Naturaleza de San Lorenzo. Un trabajo solista de Paco Paricio en el que, como siempre, junta el titiritismo con unz impecable interpretación personal. El público así lo entendió al llenar todas las funciones.

Carles Cañellas, de Rocamora Teatro, actuó con su espectáculo Solistas en la Plaza de Santa Eulalia, maravillando con el virtuosismo de su esmerada manipulación. Números sueltos que se han convertido en clásicos del afamado marionetista de hilo, que acaba de estrenar su último espectáculo de sala Identidades.

Paz Tatay y su compañía Pelele llenó los insustituibles huecos dejados por Rod Burnett con su espectáculo de circo de marionetas de hilo. Un trabajo muy fino de clown que las tres actrices instaladas en Toulouse han desarrollado con una enorme seriedad, enfrentadas a su vez a la filigrana dificultosa del hilo.

Entusiasmó al público segoviano el show de Barti, la increíble marioneta creada por  Alexander Jorgensen. Este marionetista esloveno, instalado ahora en Mataró, Cataluña, ha conseguido crear un personaje que lo puede hacer prácticamente todo,  mientras toca el piano, canta flamenco o un tema de rock duro, con una independencia de su manipulador realmente asombrosa.

La presencia polichinesca fue ocupada por el veterano Salvatore Gatto, un clásico del Titirimundi, pues suele acudir prácticamente en todas sus ediciones, un maestro de la manipulación de los guaratelle, nombre con el que se conoce al Teatro di Pulcinella napolitano. Hay que decir que Salvatore Gatto ha sido responsable de no pocas vocaciones polichinescas nacidas de sus actuaciones, siempre deslumbrantes y únicas, por el ritmo que suele dar a los títeres, que en sus manos parecen a veces instrumentos musicales de percusión.

Y una sorpresa alegró las noches del festival: la actuación del Chonchón, el bien conocido y siempre admirado grupo argentino que ha marcado un estilo y casi una época, y que ha tenido en el Titirimundi uno de sus espacios privilegiados de actuación. Miguel Oyarzún y Carlos Piñero, que hace unos años anunciaron su deseo de iniciar otras aventuras en solitario, han vuelto para ofrecer una de sus joyas más memorables, su Juan Romeo y Julieta María, un clásico del Chonchón y de su buen hacer titiritero. También trajeron las obras Los Cómicos del Novecientos y El Propietario, que representaron en el café Santana. Un regreso circunstancial que permitió al público gozar del humor socarrón e inteligente de estos dos titiriteros tan queridos por el público español. Hablaremos de ellos con más detalle en un próximo artículo.

Problemas de dos titiriteros con la policía municipal

Sorprendió a los presentes los problemas que tuvieron dos titiriteros de Barcelona, concretamente Otto y Ferran Costa, que sin estar en el programa oficial, acudieron a Segovia de motu propio atraídos por la fama del Titirimundi, Costa con su hermoso espectáculo del perro Canelo, un número que ha triunfado en toda Europa y que despierta la admiración del público, por el realismo del muñeco, que los niños ven como a un perro de verdad, y Otto con su simpático y entrañable payaso zombi que va en monociclo. Los encontré actuando al final de la calle Juan Bravo, en un lugar muy adecuado en el que no interrumpían en absoluto la circulación de los paseantes, y de pronto la policía los interrumpió a cajas destempladas, privando al público de sus magníficas marionetas.

Atónito, llamé a la gerente del festival, quien intentó mediar con el ayuntamiento, salvando aquella tarde la situación. Pero según me contaron al día siguiente los titiriteros, fueron de nuevo interrumpidos en sus labores el domingo.

Un caso penoso, al atentar contra el mismo ADN del festival, que siempre ha tenido la calle como un lugar sagrado para los titiriteros, especialmente en los días del Titirimundi. Sin duda los tiempos que corren son difíciles, y no debe ser fácil lidiar en todos los aspectos  logísticos con la municipalidad, sobre todo cuando la ciudad vive llenos por el efecto llamada del Festival. Pero precisamente por eso, con todas las entradas vendidas de los espectáculos de sala, era muy de agradecer este regalo espontáneo de muy alta calidad dirigido a un púbico ávido de títeres.

Una decepción para estos dos esforzados titiriteros llenos de vocación que chocaron con realidades que les superaban.

Algunas maravillas poco conocidas de Segovia

Hablaremos en un próximo artículo de la exposición dedicada al artista francés Gilbert Legrand, en el Centro de Arte del Torreón de Lozoya, así como de la Colección Francisco Peralta de marionetas, instalada permanentemente en la torre que se halla encima de la Puerta de Santiago, que merecen ambas una atención detenida. Igualmente, haremos referencia a otros espectáculos y encuentros producidos, como la interesante conferencia de la dramaturga titiritera rusa Anna Ivanova. Pero antes de rematar este artículo, me gustaría hablar de algunas realidades icónicas de interés, no sé si titiritero, pero en todo caso muy dignas de ser conocidas, de la ciudad de Segovia.

El Cristo articulado de los Gascones.

He aquí una figura que sin ser una marioneta, podría pasar en cierta manera como tal, al tratarse de un Cristo románico con los brazos articulados, como sucede en algunos casos para la escena del Descendimiento, en la que Jesús crucificado es desclavado y descendido de la cruz. El que se encuentra en la Iglesia de San Justo, conocida como del Cristo de los Gascones es, por lo visto, una de las figuras más preciadas del Viernes Santo segoviano.

Consiste en una talla románica policromada del siglo XI, hermosa, dulce y sosegada, con la anatomía propia del crucificado y colgado de la cruz, las piernas flexionadas y los pies separados. Su fama proviene de una leyenda que explica cómo llegó a Segovia de un modo milagroso, simbolizando la llegada de un grupo de gascones que se instalaron en la ciudad en la Alta Edad Media.

Lo que lo hace aún más ‘titiritero’ y le da mucha actualidad, es que se trata de un Cristo inmigrante, convertido a la vez en Cristo peregrino y en Cristo segoviano, Cristo de la nueva y defenitiva frontera deseada, como lo cantó el poeta local Pablo Vozmediano en el siguiente soneto:

Porque locura y desatino era
malherido dejarle en el camino,
y era también locura y desatino
de Dios hacer litigio de frontera,

con la cruz a los vientos por bandera,
por fiel testigo Cristo Peregrino,
de concertar la paz a lo divino
acordaron dos pueblos la manera.

Él escogió el lugar. Descabaldo,
de par en par la puerta del costado
abrió para tudescos y gascones.

Y prometió a Segovia el Paraíso
que, no en balde, quedar en ella quiso,
neutralizando ofensas con perdones.

El Cristo Yacente y el Retablo del Entierro de la Catedral de Segovia.

A diferencia de los trazos esquemáticos propios del Románico del Cristo de los Gascones, la obra que realizó Gregorio Fernández entre 1628 y 1631 y que se puede ver en una de las capillas de la Catedral, es una talla de un realismo patético y exacerbado de madera policromada de unas dimensiones de 216 x 102 x 70 centímetros, incluyendo su peana. Utilizó el escultor técnicas de gran dramatismo para los postizos: ojos de cristal, marfil en los dientes, asta de toro en las uñas, resina para las gotas de agua que salen de la llaga del costado o corcho y cuero para los estigmas. Igualmente es escalofriante el realismo de todos los detalles del cuerpo: venas, pelo, cabello, heridas, músculos… Una obra que parece palpitar de vida metida en su urna de cristal.

En cuanto al Retablo del Entierro, es obra del gran escultor Juan de Jini. Realizado en 1570, consiste en un gran altorrelieve colocado dentro de un cuadrado central, a cuyos lados se encuentran dos intercolumnios corintios donde se hallan dos personajes con vestimenta militar y esculpidos de pleno bulto. Sobre el frontón del Entierro hay una pareja de angelotes desnudos que recuerdan a otros de Miguel Ángel. En la parte central del ático, dentro de un marco redondo, se encuentra un relieve del Padre Eterno sobre el cual se lee la fecha de 1571.

Dice la Wikipedia, “En el grupo del Entierro, la Virgen ocupa el espacio central y avanza hacia delante, descansando un brazo de Cristo sobre su rodilla; ambos brazos los tiene abiertos en señal de dolor. Cristo en primer término está colocado casi horizontalmente y se cubre con un pequeño paño, pudiéndose apreciar la magnífica anatomía de su cuerpo. Como en el Entierro de Cristo de Valladolid, se encuentran en total siete personajes, San Juan que se halla detrás de la Virgen con muestras de dolor en el rostro, María Magdalena, que aguanta en una mano el frasco de perfume y con la otra sostiene el sudario; a su lado José de Arimatea, sentado, con los símbolos de la pasión, espinas, clavos y tenazas, al otro lado María Salomé que con una mano levanta su toca. Éste es un recurso muy empleado en el clasicismo, y junto a ella Nicodemo, que sostiene el cuerpo de Cristo por medio del sudario. A pesar de lo dramático del tema las líneas empleadas son curvas y dulces; toda la escena está colocada sobre el fondo pintado que representa la ciudad de Jerusalén.”

Un retablo que según se mire con la luz  más bien escasa de la capilla, parece cobrar vida lúgubre y dramática.

El Báculo de Lilith.

La otra pieza de factura ‘titiritera’ que queríamos mencionar se encuentra en el Museo de la Catedral de Segovia, en una de las salas que dan al Claustro, y consiste en un hermoso báculo del siglo XVI en el que una serpiente que se enrosca en el palo culmina con un rostro de mujer, la Eva pecadora o Lilith, la primera esposa de Adán según tradiciones judías.

Un báculo que parece querer cobrar vida súbita con sólo ser lanzado al suelo, como hacía Moisés con el suyo, que se convertía en serpiente. Sólo que más inquietante aún, con esa cabeza de mujer que te mira como una gorgona petrificante…

Impactantes imágenes pescadas al vuelo de nuestra visita, todas ellas cargadas de vida y de profundas significaciones, que viven inscritas en el día a día de la ciudad, invitando a sus habitantes a pararse frente a ellas para dejar volar la imaginación y disparar la reflexión crítica y distanciada que toda imagen de impacto produce. Algo que no debe suceder mucho, atrapados como estamos por el vértigo de las horas. Y sin embargo, si nos detenemos y les ‘aplicamos tiempo’, veremos como el silencio se convierte en murmullos que nos llegan del pasado y nos hablan del futuro, y lo que aparentemente está quieto, de pronto empieza a moverse como si de un retablo de títeres se tratara. Sólo que en vez de un titiritero, es el tiempo el que mueve los hilos, los que penden invisibles de nuestra propia mirada.

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