Publicanos el texto que Rubén Darío Salazar, del Teatro de las Estaciones de Matanzas, Cuba, tenía que leer en el encuentro de Granada alrededor del proyecto All Strings Attached y del festival El Rinconcillo de Cristobica, de Valderrubio. A causa de imprevistos problemas técnico-burocráticos, el titiritero cubano tuvo que suspender su viaje. Este texto completa la visión que los organizadores granadinos de Títeres Etcétera querían mostrar sobre la presencia de la obra y la persona de Federico García Lorca en América Latina, junto al testimonio del argentino Pablo Medina.

(A propósito  de la 13 edición del Rinconcillo de Cristobica en Granada, España)

“De Nueva York a La Habana
llegó Federico un día.
¡Ah, que dicha!
¡Qué alegría!
¡Pisar la tierra cubana!” [1]

Quiso la suerte que la isla de Cuba y especialmente La Habana, estuvieran entre las más preciadas quimeras de Federico García Lorca. Él mismo describía nuestros colores desde sus metáforas abiertas e insondables: “Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez”.

La Habana recibe a Federico en el mes de marzo de 1930, invitado por el instituto Hispanoamericano de Cultura. Viene de Nueva York, removido en su interior por la fuerza brutal de la Babel de Hierro. Cuba lo amó desde el inicio de su visita, y desde antes también. Aquí dio fin a su manuscrito de la obra teatral “El público”. Por varias partes de nuestro territorio se presenta como conferencista y poeta, nunca como dramaturgo, ni como el titiritero de pura sangre que fue. Esa oportunidad le tocó a Buenos Aires, Argentina, en 1934, cuando tras la representación de “Bodas de sangre”, puso en escena el “Retablillo de Don Cristóbal”, justo la obra que desata, en 1949, la historia profesional del teatro de figuras nacional.

En la capital de los cubanos, Sala de los Yesistas, el grupo GEL (Grupo Escénico Libre), bajo la dirección de Andrés Castro, llevó a escena el conocido texto cachiporrero. Dos jóvenes hermanos (Carucha y Pepe Camejo) estudiantes de teatro, quedaron fascinados desde el auditorio con la gracia del verbo del andaluz y la simpatía de los muñecos.

Los títeres en La Habana de aquel entonces, no pasaban de ser una diversión típica  de feria, con marcado carácter popular. El ambiente escénico de la urbe que conoció Federico estaba dominado por el Teatro Alhambra, sitio que el poeta visitó en varias oportunidades. Su teatro titiritero ya había sido representado en la mayor de Las Antillas, en 1945, otra vez mediante la pieza “Retablillo de Don Cristóbal”, por el grupo ADAD. [2]

En los años 50, el grupo Prometeo llevó a las tablas, con actores, “Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”. No es hasta 1962, con los primeros vítores del triunfo revolucionario, que el llamado Guiñol de Cuba (nombrado posteriormente Teatro Nacional de Guiñol) fundado por aquellos dos jóvenes apellidados Camejo, al que se sumó Pepe Carril, nos devuelve el encanto único de los títeres con un programa doble: “El maleficio de la mariposa” y “Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín”, dos obras pensadas por Lorca para el retablo. Nuevamente el genio del granadino en la historia de la titerería nacional. La crítica Natividad González Freyre opinó de aquel programa que “la atmosfera mágica y tierna de El maleficio…fue recibida con fina sensibilidad por los integrantes del Guiñol de Cuba y trasladada al escenario del retablo en todas sus posibilidades teatrales”. De “Amor de Don Perlimplín…” escribió: “El ritmo es distinto, alegre y juguetón, y los títeres se mueven con soltura y desparpajo, lo que demuestra la flexibilidad de sus titiriteros”.

En 1964, los Camejo y Carril volvieron a Lorca.  “Teatro Breve” es el título del espectáculo conformado por “El paseo de Buster Keaton”, “La doncella, el marinero y el estudiante” y el siempre eficaz “Retablillo de Don Cristóbal”. Acudieron a recursos humorísticos como el equívoco en las acotaciones del autor, la magia del cine en el teatro, los títeres de guante, los objetos y el teatro negro, para realizar una puesta en escena donde se mezclaba conscientemente vanguardia y tradición, no como experimento vacío, sino como un resultado de artistas consecuentes con los valores del arte titiritero.

Al Guiñol de Matanzas, hoy Teatro Papalote, corresponde el honor de ser en nuestro país el segundo grupo que más llevó a Lorca al retablo, en la década de los años 60. Acometieron títulos no representados antes, “Quimera”, en 1963, y “Los títeres de cachiporra”, en 1967. La primera con dirección artística y diseños del uruguayo Nicolás Loureiro, y la segunda por el talentoso joven René Fernández, al frente del colectivo matancero desde 1964. En 1971, Fernández volvería a Lorca con el montaje experimental de “Amor de Don Perlimplín…”, permeada por las teorías de Grotowski en torno al trabajo vocal y corporal, más el uso del teatro de objetos. La obra no llegó a estrenarse, René tuvo que esperar hasta los inicios del siglo XXI, aquel primer montaje coincidió con el advenimiento del “tiempo oscuro” que marcó en los 70 a la cultura cubana, y que alejó momentáneamente, tanto a los Camejo y Carril, como a René, de la infinita pasión por los muñecos.

Toda esa fuerza silenciada renacería once años después, con el estreno en 1982, de “La zapatera prodigiosa”. Lorca otra vez en Teatro Papalote con René Fernández a la cabeza. El actor y crítico Roberto Gacio opinó: “El  espectáculo obtiene dimensiones y claroscuros que lo alejan de lo superficial y pintoresco, ahondando en los complejos vericuetos de las relaciones humanas…” En estas dimensiones participó también el  todavía bisoño diseñador Zenén Calero, quien volvería a Lorca desde su imaginería plástica en otras oportunidades.

Otras obras lorquianas vieron la luz en diferentes regiones de Cuba. El director artístico camagüeyano Mario Guerrero, estrenó “Retablillo de Don Cristóbal” en los años 80 con su guiñol provincial. En Holguin el grupo Duende estrena una versión de “La zapatera prodigiosa”, bajo la dirección artística de Carlos Jesús García. La dramaturgia titiritera destinada a los adultos se enriqueció con la intensa sensualidad y los colores subidos de los textos escritos por Federico.

La pieza del teatro de títeres de cachiporra que faltaba en el ciclo cubano  de Lorca, era “La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón”, un cuento del folklor andaluz recogido por Federico, y representado aquel mítico 23 de enero, de 1923, con la imprescindible colaboración de los artistas y amigos Hermenegildo Lanz, en el diseño de escenografía y figuras, y el compositor Manuel de Falla, a cargo de la banda sonora, interpretada en vivo durante la representación.

Teatro de Las Estaciones, de Matanzas, Cuba, estrenó una aproximación dramatúrgica de la mencionada pieza, en julio de 1996. El espectáculo cumplió con posterioridad un periplo de representaciones que abarcó Andalucía, Valencia, País Vasco, Asturias, Aragón y Castilla La Mancha, entre otras regiones de la península ibérica. Países como Italia, México, Venezuela, Uruguay, República Dominicana y los Estados Unidos, también recibieron las andanzas de la inquieta niña nacida en Granada.

Otros acercamientos del grupo al poeta andaluz fueron “Federico de noche”, en 2009, puesta en escena que recrea metafóricamente la infancia de García Lorca, a partir de un poético texto de Norge Espinosa. “El irrepresentable paseo de Buster Keaton”, para adultos y con objetos, le siguió en 2014. Luego fue “Retablillo de Don Cristóbal y la Señá Rosita”, en 2016. Las claves del teatro titiritero de Federico se han expandido por el territorio cubano hasta llegar a Guantánamo, que puso en escena el “Retablillo…”, en la década de los 90, bajo la dirección del maestro Armando Morales, el otrora Don Cristóbal de la puesta en escena de los hermanos Camejo y Carril, en 1963.

Por donde quiera que se asoman los títeres lorquianos se iluminan las ansias, se revuelve la necesidad de conocer su alma, de saber sobre esa intensa conexión que siempre tuvo con el exquisito quehacer de las figuras. Como si se tratase de un viaje eterno, Federico vuelve a llegar hasta nosotros y se marcha para volver a regresar.

Rubén Darío Salazar

Bibliografía

Gacio, Roberto. “La zapatera prodigiosa de René Fernández y Zenén Calero” (Inédito)

Gonzalez Freyre, Natividad. “Teatro cubano (1927-1962)” Ministerio de Relaciones Exteriores, 1962

[1] Fragmento del  “Romance de Federico en Cuba”. Escrito por Rubén Darío Salazar en mayo de 1998, para el prólogo del unipersonal “La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón”, de Teatro de Las Estaciones.

[2] Grupo teatral de la Academia de Arte Dramático Municipal, surgido en los años 40.

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