(Armando Morales en los años 80)

De tanto encontrarlo en los festivales y eventos, de verlo prologar las diversas funciones representadas en el Teatro Nacional de Guiñol (TNG), dar conferencias o impartir talleres, el maestro titiritero Armando Morales (La Habana, Cuba, 1940-2019) se nos antojaba eterno a todos sus colegas; aún cuando en los últimos tiempos su andar se había hecho más lento y las enfermedades detuvieron varias veces su alma trashumante. Los tiempos briosos, como mismo transcurren las estaciones del año, ya habían pasado, más todos reconocíamos la luz en sus frases sabias, las respuestas agudas, las salidas intempestivas y los escritos enjundiosos. Era dueño de detalles que solo él podía enumerar, de testimonios de lujo que le facilitaron el haber sido alumno de los pioneros del teatro de títeres profesional en nuestro territorio.

Armando Morales con Xiomara Palacio en ‘La corte del Faraón’, 1967.

En el transcurso del convulso siglo XXI, las noticias luctuosas sobre algunos maestros titereros de Cuba y otras partes del mundo, comenzaron a sucederse. Unas veces por culpa del dios Cronos, otras por accidentes que ocurren en la existencia de quienes estamos vivos o por dolencias traidoras e implacables. No fue fácil despedir al reconocido director Rafael Meléndez, , con él concluyó una larga etapa del guiñol santiaguero, ese período aun está a la espera de continuación. No se advierte el líder que retome con energía el curso de la historia del títere en esa ciudad, sitio donde en 1961, de la mano de los hermanos Camejo y Pepe Carril, recomenzó todo para los amantes de los muñecos en Cuba, en plena efervescencia del triunfo de la Revolución.

Armando Morales en el taller de atrezzo del Teatro Nacional de Guiñol.

Tras el adiós definitivo del director artístico Mario Guerrero, el asunto en Camaguey no es muy diferente. Sus producciones finales no alcanzaron el vuelo de las anteriores, pero se podía reconocer su magisterio, la poética de quien sabía armar una puesta en escena, estar atento a las calidades del diseño, la música, la dramaturgia o la actuación y animación de figuras. ¿A quién del gremio no le dolió la partida de Iván Jiménez, el guía entrañable del Guiñol de Santa Clara, alumno también del cursillo de los miembros del Guiñol Nacional de Cuba, en 1962? ¿O la desaparición física en Remedios, del dramaturgo y director artístico Fidel Galbán, artista sui generis, lleno de música y de sueños utópicos, de esos que nos incitan a perseguir imposibles posibles?

Armamdo Morales con Xiomara Palacio en ‘La lechuza ambiciosa’, años 80.

Directores escénicos fundamentales a nivel histórico, pasaron a vivir en otros países. A veces no prolongaron su obra, y se alejaron del camino de la creación. Armando Morales siguió ejerciendo hasta sus últimos días, lo mismo desde su labor actoral y directriz en el TNG, o a través de asesorías, de colaboraciones con varias agrupaciones de la isla. Nunca cesó su intercambio con los jóvenes titiriteros, ni dejó de apoyar eventos prácticos y teóricos con su estampa y conocimientos. No sabía estar quieto. Cuando lo estuvo fue en contra de su voluntad, obligado por los requerimientos médicos. Me comentó en diálogos recientes sobre algunos libros en preparación; ojalá sean rescatados de su computadora, así como sus valiosos apuntes, nacidos de su alma imparable.

Con el Guiñol Polichinela de Ciego de Ávila.

En esta época de cambio lamentamos también la pérdida de un titiritero tan singular como Félix Dardo, capitán del Guiñol Los cuenteros, asentado aún, contra viento y marea, en San Antonio de Los Baños. Ya no está el director artístico Roberto Fernández, ni el diseñador escénico Jesús Ruíz, poseedor de múltiples secretos de la profesión, gestor de acciones a favor de esa importante especialidad en el teatro de los personajes de tela, papel y cartón. Todavía se extraña la huella de la actriz y directora Xiomara Palacio, compañera de Armando Morales, desde el reinicio del TNG en 1963. Conformaron un dúo imbatible, visto por última vez en 2012, en la salita del edificio Focsa, con motivo del lanzamiento del libro Mito, verdad y retablo, el guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, escrito por el dramaturgo, poeta y crítico Norge Espinosa y por mí. El titiritero Ulises García, antes de su sorpresiva muerte, regresaba de vez en vez a nuestra tierra, su tierra. Tuve tiempo de realizarle una entrevista donde trazó un vívido retrato de las décadas anteriores al presente siglo. Su tributo artístico, junto al de Xiomara y Armando, se inscribe en nuestro paisaje titeril con letras mayúsculas.

En la Casa de la Memoria Escénica de Matanzas.

Otras ausencias pesan. No alcanzaré a enumerarlas todas, entre ellas destaco la del dramaturgo crítico e investigador Freddy Artiles. Sus libros, textos dramáticos y gestiones pedagógicas, siguen ahí, exhibiendo frutos de los que muchos somos deudores. Armando lo acompañó en la creación del primer y único diplomado dedicado a la especialidad del teatro para niños y de títeres en la Universidad de las Artes de La Habana, de 1999 a 2006.

Con el Teatro Alas de Pinar del Río y el maestro René Fernández.

Morales, perteneciente a la tropa de los Camejo y el Carril desde 1961, fue el último titiritero en activo de aquel lapso legendario. Su meritoria contribución cultural y social primará por encima del mito. Armando en Guantánamo, Granma, Ciego de Ávila, Matanzas, Guanabacoa, en la Isla de la Juventud. Un diseño por aquí, un montaje por allá, disquisiciones teóricas por doquier. Su presencia bonachona y estridente siempre era bien recibida. Armando por África, España, Italia, Suiza, Vietnam, México, Ecuador, Perú… inacabable.

En su última visita al teatro al espectáculo ‘La cocinerita adorada’, de Teatro del Puerto.

Armando Morales es una leyenda insustituible y cardinal que se cierra y al mismo tiempo se abre, pues la debemos seguir y superar, o al menos aspirar a equipararla en toda su dimensión. Premio Nacional de Teatro, Maestro de Juventudes, padre de las titiriteras y titiriteros cubanos y de otros lares, es hermano legítimo de los maeses trotamundos que se le adelantaron, de los que están, de los que vendrán. Continuará por los caminos de las siete leguas, haciéndonos reír y llorar con tanto y tanto atesorado, regalado a dos manos.

Rubén Darío Salazar

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