Cuevas: El Camarín de Candamo, El Castillo, El Pindal, El Pendo, Tito Bustillo, Covalanas y El Chufín

Es sabido que en la zona del mar Cantábrico y en buena parte de Francia se da una gran proliferación de restos de la actividad del llamado hombre de Cromañón, es decir del homo sapiens sapiens, que vivió al abrigo de las cavernas de ese amplio territorio. Se trata de una población muy escasa, de carácter nómada y que vive en pequeños grupos familiares gracias a la caza de animales no muy grandes y a la recolección.


En el año 1985 la cueva de Altamira fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, gracias a la importancia de las pinturas de bisontes realizadas por aquellos humanos en el paleolítico. En julio del 2008 este mismo organismo declaró Patrimonio de la Humanidad a casi una veintena de cuevas situadas en este entorno, la mayor parte de ellas situadas en Cantabria, destacando por su importancia las de El Chufín y El Castillo, mientras que en el País Vasco han de destacarse las de Santimamiñe en Bizkaia y las de Ekain en Gipuzkoa. Quedan por citar las de Asturias sobresaliendo, entre estas, la de Tito Bustillo,  la Peña de Candamo y El Pindal.

En los primeros libros sobre la historia del teatro de marionetas que llegaron a mis manos, ya se hablaba de que el origen del mismo estaba en el  de los rituales chamánicos o religiosos, de la misma forma que el teatro de sombras hundía sus raíces en la oscuridad de aquellas cuevas que la humanidad habitó en los albores de esta.

La proximidad geográfica con la zona antes citada y mi continuado interés, tanto por el conocimiento de ese mundo subterráneo como por el conocimiento de la historia del teatro de marionetas, me ha permitido comprobar que esas afirmaciones anteriores tienen mucho de realidad, una realidad que nos llena de emoción y nos sobrecoge al imaginar a sus protagonistas en acción.

Como nos dicen todos los guías de estos verdaderos templos, es muy difícil interpretar las pinturas o grabados que esa antigua civilización dejó en la profundidad de esas cuevas, ya que generalmente no están en las partes habitadas que suelen ser las entrada de las mismas, normalmente formada por  un gran arco que les protege de la lluvia y los vientos.

Pinturas en la Cueva del Castillo.

Es precisamente, gracias al estudio conjunto de los restos de estas cuevas, lo que está permitiendo acercarnos a la comprensión de lo que allí sucedió y su por qué. Así, la Cueva de El Castillo en Puente Viesgo, Cantabria, descubierta en 1903, nos da dos datos muy interesantes; el primero tiene que ver con las pintadas de símbolos esquemáticos: representaciones lineales o de puntos que nos hablan de una cierta capacidad de representación simbólica o cabalística.

Pinturas en la Cueva del Castillo.

La segunda está más relacionada con el objetivo de este escrito: acercarnos al origen del teatro de títeres a través de estas cuevas. Se trata de una estalagmita que al parecer se usaba para realizar un teatro de sombras. A pesar de haber visitado esta cueva, no tuve noticia de ella hasta que Enrique Lanz me manifestó que el antropólogo Juan Luis Arsuaga, que investiga en Atapuerca (Burgos) el mayor yacimiento de restos humanos del mundo y en el que están apareciendo huesos humanos datados en más de 125.000 años, le dijo que la citada estalagmita servía para proyectar su sombra en las paredes de la cueva.

Investigando sobre este hecho he encontrado otra referencia al mismo; me refiero a lo que afirma el cineasta sueco Victor Sjöström (1879-1960) en su trabajo El asombroso lenguaje de la sombra en la Carreta Fantástica: “La contraposición entre luz y sombra puede parecer simplista, por maniquea, pero de hecho ha tenido una gran repercusión a lo largo de la historia … se ha explotado desde el arte paleolítico, como atestigua, por ejemplo, el pilar estalagmítico antropomorfizado de la cueva de El Castillo en Puente Viesgo.

Veamos con más detalle en qué consiste esta columna estalagmítica que al hombre del paleolítico le recordó a un bisonte y cómo actuó sobre ella. En primer lugar destacó la cabeza, pintando con carbón vegetal los cuernos y las extremidades delanteras, mientras que las traseras fueron grabadas en la parte inferior de la voluminosa columna.

Estalagmita antropomórfica de la cueva de El Castillo en Puente Viesgo

Toda esta operación fue completada con una actuación sobre la cúspide de la columna en la que, por abrasión de la roca, se contribuyó a darle la forma de cabeza de bisonte. Lo más sorprendente de este caso no termina aquí, sino que ahora es cuando comienza lo que más nos interesa desde nuestro punto de vista: desde el teatro de sombras.

Sucede que en la pared frente a esta columna con forma de bisonte, la piedra sugiere la forma de dos piernas que han sido remarcadas con pintura, de modo que cuando se aplica una luz a la columna esta lanza su sombra sobre las piernas completando así la figura de un ser humano con cabeza de bóvido. Cabe imaginarse que el movimiento de la lámpara, así como el de la llama, daban cierto movimiento a esta figura que los antropólogos que la estudiaron la calificaron como El Chamán de El Castillo.

La cueva de Tito Bustillo fue descubierta junto a la ribera del Sella (Ribadesella) en 1968 por un grupo de espeleólogos, uno de los cuales falleció pocos días después ejerciendo su afición favorita, pasando a dar nombre a la misma. En este estudio comparado de las cuevas cantábricas que hemos iniciado, esta destaca por dos de las características generales, una de ellas el hecho de que las pinturas estén realizadas por diversas galerías alejadas hasta trescientos metros de la entrada original.

Cuando se descubrió esta cueva ya se habían producido daños en las de Altamira y sobre todo en la de Candamo, por la instalación de luz y por las visitas numerosas. Gracias a esa experiencia, esta cueva, que pasa por ser una de las más importantes en Europa por el número de pinturas y su calidad, está preparada para mantener la temperatura original, gracias a la instalación de diversas puertas en el pasillo, que se han excavado en la roca a modo de entrada, que enlaza justo con lo que antes era el final de la cueva, así como por la limitación de la iluminación y el número de visitantes. Por esta razón, lo primero que vería el visitante si no fuera porque no esta incluido entre las zonas a visitar, sería el camarín de las vulvas femeninas, un espacio dedicado a ensalzar la fecundidad y que se encuentra en muy pocas cuevas.

Hay otros dos aspectos interesantes en esta cueva, uno es la existencia de un panel principal en el que, como en otras cuevas, se encuentran la mayor parte de las pinturas, en este caso con animales de gran tamaño, con su superficie coloreada en ocasiones y que se han acumulando a lo largo de culturas que se extendieron por miles de años. Sobre las más antiguas como la Auriñaciense, la Gravetiense y la Solutrense, se superpone la Magdaleniense, estilos que los expertos detectan tanto por las dataciones con el carbono 14 como por las técnicas y los materiales utilizados para su ejecución.

El otro aspecto interesante para este escrito tiene que ver con el hecho de que estas pinturas están en espacios lejanos a la entrada, de no fácil acceso y menos con la capacidad de iluminación que entonces había: la lámpara de tuétano. Esto parece indicar que quienes realizaron estas pinturas tenían un papel especial en el pequeño grupo, seguramente estamos ante la figura del chamán. Una vez realizadas las pinturas el chamán volvería, seguramente acompañado, con fines que no conocemos muy bien pero que pueden tener que ver con la preparación para la caza o para lo ritual.

Estas pinturas ocupaban un espacio muy escogido dentro de las cuevas y pueden tener el aspecto de un templo, algo fácil de encontrar en estas cuevas con abundantes formaciones de estalactitas y estalagmitas.

La búsqueda de ese templo ideal nos lleva a la Cueva de la Peña de Candamo, situada en Asturias en la zona del bajo Nalón, con un portalón de entrada en el que vivía el grupo humano y con acceso a la cueva hasta que se produjo un desprendimiento que les dejó aislados del interior. ¿Qué había en el interior? Para describirlo podemos recurrir a unas palabras del Nicola Lococo, filósofo, teólogo, divulgador y experto en ajedrez, en su obra Carne, Piedra y Fuego:

En las cuevas donde se refugiaban nuestros ancestros existían auténticas Columnas de Armonía en forma de estalactitas y estalagmitas además de la propia especial sonoridad de sus múltiples oquedades, cuya singular retumbancia acústica debía generar un intenso placer y asombro a sus moradores, mayor que el aturdimiento actualmente provocado en las discotecas y que mucho más adelante les conduciría, cual invisible hilo de Ariadna, a explorar las entrañas de la tierra en busca de ese sonido primordial hasta dar con los primeros Templos de la humanidad localizados en los recovecos más profundos de las cavernas.

Quizá fue allí, por medio de la sonoridad cavernaria que empezara el sentimiento sobrenatural del Ser Humano…

Hoy en día los visitantes, en número de quince y tres visitas por día durante los meses de verano, acceden por una entrada artificial abierta en la parte alta de la cueva.

Gracias a unas escaleras esculpidas entre las estalagmitas, el visitante primero asciende para luego descender hacia una sala con una bóveda semiesférica de unos cuarenta y cinco metros de altura y de base circular, en cuyas paredes hay unas formaciones con formas caprichosas dominadas por el color blanco. Estamos claramente ante uno de los Templos descritos por Nicola Lococo en la referencia anterior. En el frente de esta sala, a la altura de unos quince metros se aprecia el llamado Camarín de la Cueva de la Peña de Candamo, auténtica joya de esta cueva. Se trata de una cavidad delimitada por estalactitas y estalagmitas en cuyo fondo, de un blanco luminoso, fue pintado un caballo de perfecta factura; ya en sus orígenes el perfil de la oquedad fue alterado para que, desde el centro de la sala-templo, fuera este percibido en su verdadera forma y proporciones.

El Camarín de la Cueva de Candamo a quince metros de altura en la pared circular de la Cámara de los Grabados .

Cuando vi por primera vez este camarín reproducido en el Centro de Interpretación de la Prehistoria, en la localidad asturiana de Taverga, quedé impresionado por la espectacularidad del mismo y por la busca deliberada de ese sugerente espacio para ubicar la figura del caballo (seguramente una yegua preñada), que parece colocada allí con una clara voluntad escenográfica. Curiosamente esta sensación se ve aumentada al saber que, en aquella lejana época, quienes realizaron las pinturas en el camarín, rompieron  las estalactitas a derecha e izquierda por su base, para mejorar la visión y aumentar la sensación de camarín, altar, retablo o escenario.

Otra vista del Camarín de la Cueva de Candamo.

Hay otro detalle que introduce más misterio si cabe; me refiero al hecho de que al camarín se puede subir escalando sobre las estalagmitas por el frente, pero también por el costado izquierdo, quedando oculto quien así lo haga por una hermosa formación de estalactitas. Esto aumentaría las posibilidades teatrales de este recurso al quedar el chamán oculto a la vista de los demás, siendo audible sus sonidos por los de la base circular y con posibilidades de manejar la iluminación del camarín sin ser visto. Todo parece indicar que estamos ante una de las formas rituales o teatrales más antiguas de Europa. Todo esto, precisamente, en la cueva más occidental de entre aquellas que presentan pinturas rupestres.

La Cueva de Candamo cuenta también, en el llamado Salón de los Grabados, con un panel principal en el que se superponen abundantes figuras de animales entre los que destacan diversos uros, ciervos, caballos… y hasta una foca. Este mural, sobre el que se colocó un foco para que fuera visto tras ser descubierta la cueva por el lugareño Casimiro González “Cristo”, ha sufrido graves daños, tanto por ese foco como por el aumento de la temperatura provocado por las visitas sin la limitación y regulación adecuada. El llamado mal verde se adueñó de buena parte del mural tornando invisibles para siempre muchas figuras.

Cuando en 1914 el arqueólogo Eduardo Hernández-Pacheco tuvo noticias de la existencia de esta cueva, inició un estudio de la misma que se extendió hasta 1919, publicando al año siguiente una primera guía para los visitantes. Afortunadamente, gracias a este trabajo, ha quedado constancia de las figuras que presentaba este Muro de los Grabados, cuya reproducción puede ser contemplada en el Palacio de Valdés-Bazán, tras ser restaurado en 1999 para su transformación en el Centro de Interpretación del Arte Paleolítico de la Caverna de la Cueva de Candamo.

En la parte superior izquierda del citado mural, entre diversas figuras de ciervos, bisontes, cabras… existe una de las pocas figuras antropomorfas que aparecen en las cuevas del Arco Atlántico. Me refiero a una cabeza humana que presenta sobre ella los rasgos de un bisonte. Los estudiosos de este panel creen que se trata de la representación de un chamán con su cabeza cubierta con una máscara de búfalo.

Eduardo Hernández-Pacheco

Este detalle viene a aumentar el misterio que rodea a este templo cuyas paredes, formadas por verdaderas cataratas de estalactitas y estalagmitas, fueron calificadas por el citado Eduardo Hernández-Pacheco como similares a las capillas de la época del gran florecimiento del arte gótico.

Los gestores y promotores de esta cueva saben que el llamado camarín es el mayor atractivo que presenta la caverna y que este es el mejor recurso para promover sus visitas, pero es necesario apuntar que en esa maravillosa pared gótica, a la izquierda del famoso retablo con el caballo, hay otro que presenta casi la misma belleza.  Me refiero a otro retablo, en este caso más plano, menos profundo, pero con una blancura todavía mayor que el anterior y con su perfil de rectángulo vertical perfectamente delimitado como si de un gran cuadro se tratase. Siendo una de las paredes más apropiadas sobre la que pintar, aquellos moradores solo pintaron en el centro de la parte superior la cabeza de un macho cabrio con trazos negros, es decir, negro sobre blanco. No es difícil imaginar el gran efecto que, en aquella oscuridad, produciría acercar la luz a esa especie de hornacina.

Tras estos comentarios imaginemos la presencia de un posible chamán, con su máscara sobre la cabeza, ejerciendo como maestro de ceremonias en este bello, sorprendente y misterioso templo. Todo parece indicar, una vez más, que estamos ante las primeras ceremonias rituales de carácter chamánico, con cierto aire religioso-teatral, con claras vinculaciones al llamado teatro de títeres, de objetos o de figura.

Otro interesante ejemplo de escenografía prehistórica realzada por la iluminación la encontramos en la cueva de El Pindal, situada junto a Pimiango en la localidad asturiana de Ribadedeva. La cueva, de difícil acceso, está ubicada en un acantilado casi vertical, varios metros sobre el mar, en un paraje de gran belleza.

Las pinturas de esta cueva fueron descubiertas en 1918 por Hermilio Alcalde del Río y excavaciones posteriores, en las que no se encontraron restos de actividad humana, parecen mostrar que no fue utilizada como vivienda. Si esto fue así ¿qué buscaban aquellos habitantes del paleolítico solutrense en esa cueva, como se ha dicho, de difícil acceso? En función de lo que vemos dentro de ella podían quedar sobrecogidos por la amplitud y altura del espacio de entrada, en el que se podían mover sin luz artificial.

A doscientos cincuenta metros de la entrada, en una zona ya oscura, se encuentra el panel principal y que tiene algunas características muy interesantes para la finalidad de este trabajo. En este panel pintaron tres bisontes, una cabeza de caballo, una figura que parece representar un mamut (un poco más al fondo sí que puede verse claramente dibujado un mamut, siendo uno de los pocos pintados en estas cuevas) y en una posición central una cierva con un abdomen bastante voluminoso.

Lo que interesa para este estudio es que esa cierva ocupa el fondo de un espacio rodeado por diversos bordes o cornisas que contribuyen a enmarcar la figura. Lo curioso es que no estamos solo ante una escenografía natural sino que, una vez más, esta fue realzada con pintura en los bordes de los festones de piedra y uno que está sobre la figura fue cortado, en aquella época, para que la cierva fuera vista con mayor facilidad.

Panel principal con la cierva en posición destacada bajo la piedra que fue recortada  y remarcada con rayas rojas (Fuente: folleto promocional de la cueva)

Por esta razón, al regresar hacia la entrada y pasar de nuevo frente a este panel principal, la guía apaga la luz de la cueva y con su linterna procede a iluminar el “escenario” y la primera impresión es que aquello tiene una mayor profundidad, mucho más relieve. Ya no es una figura plana y además se mueve al ritmo de la luz. En este caso además, el espectador puede intervenir en el “espectáculo” agachándose y haciendo coincidir el perfil de la piedra cortada y pintada con rayas rojas con el lomo de la cierva. No en vano la piedra fue recortada siguiendo la curva del lomo del animal.

Cuando la piedra y el lomo coinciden, las rayas rojas pintadas en ella parecen tornarse en lanzas o flechas que hieren a la cierva. Si este fuera el efecto buscado por quienes realizaron esa escenografía, estaríamos ante uno de los primeros gráficos animados e interactivos de la caza en la historia.

Los guías que enseñan esta cueva, como los de muchas otras, saben muy bien el espectacular efecto que la luz tiene sobre las figuras, especialmente las realzadas por la escenografía o pintadas en posiciones de movimiento, sobre todo en lo que hace referencia a las ciervas, el animal más pintado en las cuevas del Arco Atlántico, sobre todo en Cantabria y cuyo templo, a pesar de la estrechez de la galería, es la cueva de Covalanas en Ramales de la Victoria.

Mi afición por el estudio de los orígenes de la humanidad, su evolución a lo largo del tiempo, así como por la evolución del lenguaje, unido a haber estudiado el vascuence o euskera, el idioma de los vascos, moradores del corazón de esta zona que venimos estudiando, me ha llevado a preguntarme sobre el idioma que estas poblaciones nómadas hablaban.

En mi visita al Centro de Interpretación de la Prehistoria de Taverga pregunté al guía que nos atendió por el idioma que estos pobladores podían hablar. Me contestaron que no se sabía, aunque, efectivamente, estaban dotados para la fonación.

Para acercarnos a buscar un poco de luz sobre la cuestión del lenguaje es necesario recordar cómo era el ser humano en esta zona y en aquellos años, es decir hace unos 40.000 años. Es en ese momento cuando, desde oriente medio, se inicia una migración del Hombre de Cromagnon que cubrió Europa entera hasta su parte más septentrional, la zona que estamos estudiando.

Esta migración se encontró con otra cultura, la del Hombre de Neanderthal, de menor envergadura física, con menor expectativa de vida y con un cerebro algo menos evolucionado. El Cromagnon había sufrido una pequeña transformación en el cerebro que le permitía algo nuevo: razonar. También había tenido una pequeña mutación en el sistema de fonación que le permitía emitir una mayor cantidad de sonidos.

En esa época y en esta zona los Cromagnon desplazaron a los Neanderthal que habían ocupado estas cuevas y en las que, por dataciones recientes, sabemos que también realizaron pinturas y grabados en las mismas. Las características de la nueva especie humana que las habitó nos hacen intuir que las ceremonias de las que antes hablábamos debían estar acompañadas de sonidos seguramente rítmicos y con algún lenguaje. Tengamos en cuenta que aquellos humanos tenían un aspecto igual al nuestro y una inteligencia similar.

¿Hablaban algún idioma aquellas poblaciones nómadas? ¿Si la respuesta fuera positiva cuál podía ser? Ciertamente es poco lo que se sabe, pero hay dos científicos que han presentados estudios muy solventes tanto desde el punto de vista del lenguaje como desde el genético. El primero de ellos, Kalevi Wik, Profesor Emérito de Fonética en la Universidad de Turku, en Finlandia, mantiene una teoría según la cual, tras la última glaciación, en buena parte del territorio europeo, en la zona donde se cazaban animales de gran tamaño, se hablaba el protoeuskera. Esto sucedía según él, entre 23.000 y 8.000 años antes de nuestra era. Con el paso del tiempo, tras la superación de la glaciación, este idioma fue cediendo terreno a otros, especialmente a los indoeuropeos que llegaron con las tribus que introdujeron la agricultura en Europa. Todavía entre 5.000 y 3.000 años antes de Cristo el protoeuskera ocupaba un espacio muy superior al actual País Vasco.

Según Theo Vennemann, Profesor de Lingüística de la Universidad de Munich, ya jubilado pero que sigue investigando sobre los idiomas de la Europa prehistórica, con motivo de la última glaciación la vida humana quedó reducida a la zona del Golfo de Bizkaia, precisamente por la elevación de la temperatura que se produce cuando los vientos fríos suben por la cima de los montes y bajan por la otra ladera, posibilitando así reductos para la vida en aquellas condiciones tan difíciles.

La teoría de Theo Vennemann de la extensión del protovasco por buena parte de Europa, dando nombre sobre todo a los ríos, es coincidente con la de Kalevi Wiik, pero sucede que además es corroborada por los estudios de genética realizados recientemente por diversas universidades europeas. En ellos se han analizado los indicadores genéticos de la antigüedad humana, mostrando que estos son más comunes en la Europa occidental y especialmente en el Arco Atlántico, dándose la mayor concentración en la actual Euskal Herria donde alcanza el 80%.

Sucede además que la mayor concentración de restos del paleolítico, cuevas con pinturas y dólmenes, principalmente, se encuentra con una abrumadora mayoría en las vertientes norte y sur de los Pirineos, extendiéndose gradualmente hacia el territorio de los íberos y hacia Aquitania. Es en esta región francesa donde se encuentra otro gran número de cuevas, entre las que destaca la de Lascaux, considerada la Capilla Sixtina del arte paleolítico, dado el gran número, el tamaño y la calidad de las pinturas de animales que presenta. Más allá de estos territorios su presencia se torna anecdótica.

Pînturas de la cueva de Lascaux.

El indicador genético que anteriormente se ha señalado viene a confirmar el hecho de que, tras el deshielo de la última glaciación, el homo sapiens o Cromañón se extendió desde el Golfo de Bizkaia hacia el resto de Europa, así como hacia la Península Ibérica llegando hasta el norte de África. Aquellos humanos de hace unos 15.000 años llevaron consigo la cultura magdaleniense, propia de esa época del paleolítico, que habían desarrollado en las cavernas cantabro-pirenaicas y seguramente aquel idioma conocido como el protovasco que posiblemente les acompañó ya en el viaje de ida, en la ya citada migración  que se inició hace 45.000 años desde Oriente Medio.

Varios miles de años después, ya en el medievo, los murales de las catedrales y el teatro de títeres servirían para enseñar la historia sagrada, en una época en la que ya existía la escritura pero en la que eran muy pocos los que podían leerla. Volvamos al paleolítico, en el que no existía la escritura y en el que los chamanes utilizaban las pinturas de las cuevas, auténticos templos iniciáticos, junto con sus narraciones,  sus bailes y sus ritmos para transmitir los mitos y el conocimiento, sobre todo en el campo de la caza, que aquella civilización iba generando. Impresiona imaginar el sonido del ritual y el movimiento de las imágines pintadas provocado por las llamas de las hogueras o de las lámparas de tuétano.

Sirva este sencillo trabajo para dar algo más de luz sobre el arte, la vida, las costumbres, así como las ceremonias rituales que nos acercan a los orígenes del teatro de figura y de sombras practicadas por los pobladores de las cuevas del Arco Atlántico, así como el posible lenguaje que utilizaron.

Felipe Garduño Hernández
Consejero Internacional de la UNIMA
(Unión Internacional de la Marioneta)
Miembro de la Comisión de Patrimonio (Heritage Commission)
Septiembre de 2016