(Enkarni Genua y Manolo Gómez, de Txotxongillo Tadea. Foto de Iñigo Royo)

Acabamos con esta crónica el reportaje sobre el Festival Titirijai 2019, Se hablará en ella de la instalación interactiva ‘Monta Títeres’ de Galiot Teatre, y los espectáculos ‘Piccoli Circo de hilo’, de Antonella D’Ascenzi, y ‘Erreka Mari’, de Txotxongillo Taldea.

‘Monta Títeres’, de Galiot Teatre.

Jordi Monserdà es el artífice de esta atractiva propuesta interactiva que se suma a la larga labor que lleva desarrollando Galiot Teatre en este tipo de instalaciones. En efecto, son varios los proyectos desarrollados por esta compañía de Mollet del Vallès (Barcelona) en los que padres y niños pueden participar con muy diferentes propuestas lúdicas. Son algunos títulos ‘Can Titella’, la ‘Carpa Món Titella’ y ahora ‘Munta Titelles’.

Fotografía de Iñigo Royo.

En ‘Carpa Món Titella’, el ingenio de Jordi Monserdà le llevó a inventarse una instalación poliédrica situada en el interior de una carpa donde se ofrecía a los visitantes un recorrido visual por algunas de las principales técnicas y tradiciones titiriteras del mundo, a modo de pequeño museo portátil, en la línea de lo que podríamos encontrar en las ferias de antaño. Todo ello elaborado con madera, hierros y artilugios varios reciclados, con una atractiva estética de inventor excéntrico pero en la que todo funcionaba sin tacha alguna. Igualmente fue una ocasión muy lograda de la compañía para mostrar algunas de las marionetas de su colección privada, que por lo visto podría llenar un verdadero museo local.

Fotografía de Iñigo Royo.
Fotografía de Iñigo Royo.

En ‘Monta Títeres’, el objetivo es que los niños acompañados de sus padres puedan deleitarse en construir una marioneta articulada con nobles materiales siempre reciclados de madera y hierro. Con el mismo Jordi Monserdà en el papel de animador y guía, bien armado con un micrófono a modo de bocina altoparlante que le servía para dar instrucciones a los participantes, la instalación se situó justo al lado de la entrada del TOPIC, bajo los pórticos tan característicos de la plaza Euskal Herria.

Fotografía de Iñigo Royo.

No tardó en crearse una cola que avanzaba con bastante rapidez, pues la propuesta está constituida por 7 mesas grandes sobre las que se pueden llegar a montar 14 títeres, siendo el tiempo otorgado a cada ‘constructor’ 15 minutos.

Fotografía de Iñigo Royo.
Fotografía de Iñigo Royo.

La gracia de ‘Monta Títeres’ es que ofrece una práctica de construcción inmediata -las piezas están pensadas para que encajen tornillos y agujeros para así unir las articulaciones de los muñecos con facilidad- como una ejercicio festivo de calle, propia de una actividad de feria, en la que el juego busca convivir con una sencilla iniciación al mundo de los títeres. Y lo hace con gusto, mediante unos materiales de noble y elegante factura.

Fotografía de Iñigo Royo.

El público de Tolosa apreció con ganas y alegre participación, la propuesta del emprendedor y creativo titiritero de Mollet del Vallès.

‘Piccoli Circo de hilo’, de Antonella D’Ascenzi.

Ya conocía una primera versión de este espectáculo que la bailarina italiana Antonella D’Ascenzi, instalada en Barcelona, presentó en el Ateneu 9 Barris de la Ciudad Condal hace un par de años. Una propuesta en la que la artista de Roma se propuso juntar la danza con su amor por la marioneta de hilo, un arte que ha aprendido en el Taller del Parc de Jordi Bertran.

Fotografía de Iñigo Royo.

Un empeño nada fácil, pues se juntan en él dos lenguajes técnicos bien diferentes, al basarse la danza en los movimientos del cuerpo del actuante que gusta desplegar toda su capacidad gestual y expresiva, para lo que necesita un buen escenario para extenderse en el espacio, mientras que la marioneta de hilo necesita todo lo contrario, un lugar más bien reducido donde la inmovilidad del cuerpo del manipulador debe concentrarse en la disciplina de manejar los hilos con simples y escuetos movimientos de las manos. A la horizontalidad de la danza, se opone la verticalidad de la marioneta.

Fotografía de Iñigo Royo.

Y es buscando este cruce que D’Ascenzi instaló, en el amplio escenario del Teatro Leidor de Tolosa, una configuración de hilos que bajaban de los telares, afín de conseguir en el espacio de la danza la verticalidad de la marioneta. Fue interesante presenciar la lucha de los dos lenguajes, que la bailarina de Roma buscó aunar vistiendo ella misma a modo de bailarina de caja de música, siendo como era el doble de la marioneta que al final de la obra sale de una maleta.

Fotografía de Iñigo Royo.

Creo que nos hallamos ante una propuesta de las que se llaman ‘work in progress’, llevada Antonella D’Ascenzi por el valiente y difícil empeño de trabajar dos mundos tan diferentes y a la vez tan complementarios, al tener simetrías tan fragantes en oposición. Dotada como está de una técnica consolidada y de un porte bello y elegante, su fascinación por el hilo busca encontrar esa ‘piedra filosofal’ capaz de unir sin unir, de resolver la paradoja de las oposiciones naturales a través de la emergencia de la línea intersección creativa del arte.

Fotografía de Iñigo Royo.

La labor de Antonella es la de encarnar a un ser atrapado y no atrapado por los hilos, en un espacio libre pero acotado por verticalidades controladoras, con el cuerpo que se mueve sin tapujos junto a la marioneta sujeta a las manos de quien la manipula, de ser el sujeto lleno de vida y a la vez convertirse en el objeto que ha entregado su vida al muñeco.

Fotografía de Iñigo Royo.

El espectáculo se configura así como una metáfora de la vida misma, en nuestra diaria disyuntiva de ser y no ser, de sentirse libre y atado, de ver cómo nos convertimos en muñecos manipulados vistos con angustia por nuestra mirada distanciada desde el mismo escenario de los hechos.

Fotografía de Iñigo Royo.

Antonella D’Ascenzi lo disfraza todo en clave de circo mediante bonitos efectos visuales y algunos personajes complementarios sacados de los propios objetos de una pista circense. Un trabajo que se va depurando con el paso del tiempo y en el que la dotada bailarina de Roma apunta lejos, atrapada en la intersección de esos dos mundos que adora: la danza y la marioneta.

‘Erreka Mari’, de Txotxongillo Taldea.

La actuación de la histórica compañía vasca Txotxongillo Taldea -constituida en 1971- fue el broche de oro del Titirijai de este año, al mostrar en el escenario del teatro del TOPIC una de las primeras obras con la que se inició la compañía, estrenada en 1978, una leyenda clásica en el teatro del País Vasco. Actuó la compañía en euskera, pues así nació y así se ha presentado a lo largo de los años, siendo una de las primeras por no decir la primera compañía de tìteres que se presentaba en esta lengua en Euskadi. La palabra Txotxongillo con la que se definió el grupo, rescatada de una sin uso que antiguamente significó marioneta, ha pasado a designar hoy el concepto de títere en lengua vasca.

Fotografía de Iñigo Royo.

Pero lo más asombroso fue ver la actualidad y frescura que mantiene la obra, interpretada por los dos titiriteros que la estrenaron, Enkarni Genua y Manolo Gómez, de edades avanzadas pero que actuaron como si el tiempo no hubiera pasado o simplemente les hubiera peinado un poco las vitalidades de la juventud. Y eso que Manolo actuó afónico, de modo que muchos pensamos que era un chico que lo substituía.

Fotografía de Iñigo Royo.

Mostró Enkarni una energía fuera de lo común, saliendo y entrando del retablo, con unos títeres-objetos que en su día deberían ser más que modernos, futuristas.

Gema Inés y Lara Mitxelena. Fotografía de Iñigo Royo.

Y mayor asombró causó el acompañamiento musical en directo con el que presentaron la obra: dos jóvenes intérpretes, Gema Inés y Lara Mitxelena, maravillaron al público con el sonido de la Txalaparta, este instrumento de percusión tradicional vasco que se toca a dúo -o a trío, como se ve en este video aquí– con dos simples palos para cada ejecutante y unos tablones sueltos puestos sobre dos caballetes.

Como explicaron al acabar la obra, se trata de una práctica que casi se perdió en su día y que hoy es muy ejercida en Euskadi, en la que los dos intérpretes nunca deben pisarse en el toque de sus palos respectivos. Es decir, deben dialogar ‘como dios manda’ entre sí, lo que produce un efecto sonoro de extraña y arcaica belleza, de una armonización rítmica desconcertante, llena de hermosura y abierta a la improvisación. Mantuvieron a lo largo del espectáculo el fondo sonoro de la obra, con todos los matices deseados, y acabaron tras los aplausos con una improvisación a modo de bis para deleite de los que escuchábamos y mirábamos con la boca abierta a las dos ejecutantes.

Enkarni Genua. Fotografía de Iñigo Royo.

Preciosa metáfora de lo que ha sido la historia de Txotxongillo fue la interpretación de las dos Txalapartistas, pues al igual que sus toques con la madera no pueden pisarse entre sí, de modo que su ejecución requiere una actitud de suma atención, respeto y empatía rítmica, al igual han debido tener una actitud semejante de ‘ejecución txalapartista’ los dos titiriteros Enkarni y Manolo en sus largos años de convivencia delante, detrás y fuera del retablo de los títeres. Una metáfora que, desde su percepción subliminal, creó en el teatro del TOPIC una poderosa ola de resonancias poéticas y emotivas entre el escenario, los intérpretes y el público.

El acompañamiento de la Txalaparta fue un lujo que los de Txotxongillo se permiten en sus espectáculos y que ofrecieron al público del TOPIC a modo de regalo fin de fiesta y final de la semana, demostrando que los dos veteranos titiriteros donostiarras están más activos y duchos en su arte como nunca lo habían estado. ¡Que los dioses vascos les continúen otorgando larga y dichosa vida!

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