(Imagen de la compañía Zum Zum Teatre)

Continuamos con la crónica del Parque de las Marionetas de este año 2019, centrándonos en tres de los espectáculos vistos en los distintos escenarios de feria, para luego trasladarnos a la Plaza de los Sitios de Zaragoza, donde durante todos los días del Pilar, el Teatro Arbolé presenta sus clásicas funciones de títeres de cachiporra con Pelegrín de protagonista.

Cuentos de Pocas Luces, de A La Sombrita.

De Andalucía, concretamente de la ciudad de Écija, llegó la compañía A La Sombrita, constituida por José-Diego Ramírez y Mari Luz Riego, para instalarse en la barraca llamada Salón de los Sueños. Especializada como es sabido en el teatro de sombras, la compañía presentó parte de su espectáculo Cuentos de pocas luces, afín de adaptarse a los tiempos del Parque de las Marionetas, que no suelen sobrepasar los veinte y cinco minutos de duración.

Escogieron para ello una de sus más hermosas secuencias, la que cuenta la mismísima historia del mundo, de la vida y de nuestra civilización humana, con un simple juego de sombras que Ramírez ejecuta a la vista del público, sirviéndose de dos pantallas: una translúcida que permite yuxtaponer decorados corpóreos más las que actúan a modo de filtros de colores, y otra de tela blanca donde se proyectan las imágenes creadas por la primera. El manipulador, que también es el narrador y el demiurgo de toda la sesión, se instala frente al público y de espaldas a la pantalla de proyección.

Una técnica sencilla, pero a la vez compleja y sofisticada, que permite a los espectadores seguir el quehacer del teatro de sombras, pues todo se hace a la vista. El resultado es mágico, como todo lo que se suele proyectar en una pantalla de sombras, pero a la vez actúa el distanciamiento de ese estar viendo el cómo se hace de lo que sucede.

José-Diego Ramírez y Mari Luz Riego.

Es sin duda esta dicotomía lo más fascinante del espectáculo, que abre ricas miradas dobles y que permite pasar de la técnica a la magia, y de la magia a la técnica en un abrir y cerrar de ojos. Provista de un mensaje de corte ecologista, que ensalza las virtudes de la vida natural y la inocencia de la naturaleza, casi podría decirse que lo que menos importa aquí es el contenido de la obra, al ser la esencia verdadera del espectáculo ese making-of  en presente de lo que vemos y se hace.

La obra cautivó a los espectadores, atrapado por el candor y la potencia del teatro de sombras cuando es servido con rigor. Al acabar, el público atento y curioso, se acercó a los artistas para conocer de más cerca los misterios acontecidos.

Burbuja, de Títeres sin Cabeza.

Presentó la compañía de Zaragoza Títeres sin Cabeza, formada por Alicia Juárez y Fernando Martínez, una obra aún en proceso de creación dirigida a los niños más pequeños, incluso a bebés, como rezaba el programa. Su título, Burbuja, es muy adecuado al espectáculo, pues podríamos decir que es eso lo que busca, encerrar a los niños junto a sus padres en una burbuja hecha de imagen, luz y canciones.

Para ello, Títeres sin Cabeza recurre a un espectáculo servido por una única titiritera solista, Alicia Juárez, poseedora de unas dotes innegables fruto de haber mamado desde pequeña las artes de los títeres, no por nada es hija de Iñaki Juárez, director del Teatro Arbolé. Agraciada además por un bello porte acentuado por el logrado vestuario barroco que la cubría, Alicia nos deleitó con un verdadero despliegue de sus aptitudes vocales, capaz de cantar con una muy buena afición y, lo más interesante, con la posibilidad de saltar de un registro vocal a otro, del canto dulce y templado de una bonita voz femenina, al sonido más retorcido, pícaro y casquivano propio de la psicología titiritera.

Hemos hablado de vestuario y hay que decir que es fundamental en esta obra, pues es el impresionante traje-teatro donde se instala el cuerpo de la joven intérprete, creado por Virginia Allue, el centro mismo del espectáculo. Recurre Alicia a la idea de una gran falda que en realidad es un espacio vacío provisto de su propio telón y que en un determinado momento se abre para mostrar sus mundos interiores. Se utiliza aquí para mostrar un descenso a las profundidades del mar, siguiendo los hilos de una canción de barco, bien conocida por los niños y las familias.

Alicia Juárez.

Un recurso, el de la falda-teatro, que cuando está bien hecho, consigue unos resultados excelentes, como es el caso de Burbuja. Un trabajo aún en gestación, como dijimos al principio, que promete convertirse en un precioso deleite para las familias y los niños de corta edad.

La gallina de los huevos de oro, de Zum Zum Teatre.

Pudo verse en el escenario grande al aire libre del Parque de las Marionetas el espectáculo de la compañía leridana Zum Zum Teatre La gallina de los huevos de oro, una obra que deslumbró al público asistente por su impecable factura y la riqueza de sus recursos escénicos desplegados.

Dirigida por Ramón Molins e interpretada por Begonya Ferrer y Albert García, la obra cuenta con una preciosa escenografía realizada por Joan Pena muy bien combinada con el vestuario, firmado por Olga Cuito, que sirve para el doble juego actoral y titiritero por el que Zum Zum Teatre apuesta. Y lo hace sabiendo que cuenta con unos magníficos actores, pues ambos se pusieron al público en el bolsillo a los pocos minutos de empezar el espectáculo: buena dicción, voces estupendas, simpatía a chorro, y una presencia de enorme dignidad, sin jamás ofender la sensibilidad del público.

Y eso que actuaron con luz de día, lo que amortiguó los ricos efectos lumínicos que sin duda la obra posee, buscando el realce de la escenografía, con sus sutilezas y sus preciosos detalles. Pero aun así o quizás por ello, la interpretación, el ritmo, el perfecto dominio de los tiempos escénicos y el trabajo impecable de los intérpretes consiguió suplir el escaso uso de la iluminación.   

Quizás lo mejor sea la frescura con la que se trata este conocido cuento de la gallina que pone huevos de oro y que despierta la avidez de quien tiene la suerte -o la mala suerte- de tropezar con ella. Es fácil a veces dejarse llevar por los excesos del sentimentalismo, un recurso hoy muy al alza en los escenarios del teatro infantil, que casi siempre estropea los resultados, por muy trabajados que estén. Zum Zum Teatre los evita con una puesta en escena que combina el dinamismo con pequeños recursos de distanciación, desde los constantes cambios de registro de los actores, hasta el uso de las letras que actúan al modo de unos discretos carteles brechtianos íntimamente asociados al espacio escénico, a la música y a la interpretación. Dicho en otras palabras, gracias a una impecable e inteligente dirección que sabe crear un lenguaje escénico en el que todo encaja y se mueve a la perfección.

El público de Zaragoza, deslumbrado por el espectáculo y tras agasajar a los actores con fuertes y prolongados aplausos, acudió emocionado al escenario para felicitar a los intérpretes.

Sobre este espectáculo, vean el artículo que le dedica Irma Borges en Titeresante aquí.

Pelegrín, con Pablo Girón y Alicia Juárez.

Es una costumbre arraigada que el Teatro Arbolé se instale, durante las Fiestas del Pilar, en la Plaza de los Sitios de Zaragoza para representar, en sesiones continuas de mañana y tarde, los mil distintos episodios del héroe polichinesco Pelegrín (ver aquí http://www.titeresante.es/tag/pelegrin/).

Al ser tantas las funciones que se realizan, los titiriteros que sirven al personaje deben repartirse las sesiones, para sobrevivir al empeño. Por regla general, suelen actuar Iñaki Juárez, Pablo Girón, Javier Aranda, Julia Juárez y Alicia Juárez. En esta ocasión, tuve la oportunidad de ver una parte de la obra ‘Pelegrín y el Fantasma’, a cargo de Pablo Girón, y ‘Pelegrín y el Dragón, a cargo de Alicia Juárez.

Pablo Girón con Pelegrín.

Fue una delicia ver el dominio de los juegos titiriteros que demostró tener Pablo Girón con el juego clásico del Fantasma, al que consigue sacarle un enorme partido. Provisto de una voz rotunda y una gran seguridad en la manipulación, tuvo a los niños agarrados a la escena y al garrote de Pelegrín desde el principio hasta el fin.

No había visto nunca a Alicia Juárez, que en esta ocasión estrenó una nueva versión de Pelegrín y el Dragón, en la que en realidad desplazó al protagonista: en vez de ser el famoso Pelegrín, quiso la titiritera adaptarse a los nuevos tiempos que corren y convertir a Magdalena, el títere que representa a la Princesa, en protagonista.

Cuando Pelegrín llega vestido de caballero montado en su caballo, la Princesa lo despide desdeñosa de sus servicios, harta de representar año tras año el mismo papel sumiso de la princesita salvada por el galán caballero. Y cuando ella misma, con la ayuda de una hada madrina, vence al Dragón y éste se convierte en el bello Príncipe Azul de los cuentos, enamorado y dispuesto a casarse con la Princesa, ésta lo manda al quinto pino, aún más harta de acabar siempre con el guaperas de turno. Al final, poseída por el mensaje feminista y la euforia que da la práctica titiritera de la cachiporra, salió Alicia misma en persona por la boca del escenario con el puño alzado clamando consignas de liberación femenina.

Alicia Juárez con la princesa Magdalena.

Sin duda ha abierto aquí Alicia un melón lleno de sorpresas que le puede deparar bonitas líneas de actuación. Un trabajo aún en estado bruto que requerirá las finas artes de la depuración estilística. Las grandes dotes vocales y manipuladoras de la afortunada titiritera sin duda le tienen reservados bellos y nuevos mundos a explorar.

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