(Títeres de El Alguacil Buñuelo, de Yolanda Navas, Cía. Titiritainas, Ecuador)

Tuvo lugar el viernes día 2 de noviembre de 2018 un programa compuesto de tres espectáculos que bien podríamos llamar Maratón Titiritera, en el Museo de Historias de Zaragoza, un activo centro de arte contemporáneo ubicado en el antiguo convento-cuartel de San Agustín. Un lugar para exposiciones, con una bonita sala de actos y, lo todavía más curioso, con un Museo-Escuela dedicado a la cocotología u Origami en el piso superior.

Fachada del Museo de Historias.

En estos días, se presenta allí una exposición  dedicada a la historia de las Fiestas del Pilar, comisionada por quién fue el artífice de los festejos de Zaragoza durante tantísimos años tras la llegada de la Democracia: César Falo. Hablaremos de ella en un próximo artículo.

Tres fueron las compañías que se sucedieron en el escenario de la Sala de Actos: Chachakun Teatro y Pizzicatto, ambas de Argentina, y Titirijaina, de Ecuador. De esta última, también comentaremos la representación efectuada en el Teatro Arbolé de la obra ‘El alguacil Buñuelo’.

‘Un secreto increíble’, de Chachakun Teatro

Laura Ferro es la titiritera solista que representó a esta compañía de Córdoba, Argentina, con un espectáculo de guante recién estrenado y aún en fase de rodaje que se centra en dos personajes principales, Amed y su perro Colmillo.

En seguida notamos que Laura Ferro es una titiritera versada en el guante, con un gran dominio de la voz y del gesto, básico para salir airosa en este tipo de espectáculo, que se sustenta en la manipulación y en el juego escénico de los equívocos y de las entradas y salidas de los títeres.


A la acción se suma un gato y la presencia elíptica de la madre, en escenas de tipo doméstico que permiten centrar la atención de los más chicos, que se sienten como quién dice ‘en casa’. Sin embargo, la propuesta eleva sus contenidos con el viaje imaginario del protagonista a través de un libro de astronomía sobre los astros del Sistema Solar. Un libro que contiene en efecto increíbles secretos: los misterios cosmológicos de vivir en un planeta llamado Tierra con una Luna que da vueltas alrededor nuestro y las demás dignidades planetarias con las que compartimos estrella: el Sol.


Una temática que la obra apunta y que hizo volar la imaginación de los mayores, ansiosos siempre, al menos en mi caso, de comprender y visualizar estas realidades que relativizan de un modo tan radical la importancia de nuestras vidas y nuestros vulgares anhelos terrestres.

Una vía por la que la obra parece querer dirigirse, y que el minutaje de la propuesta, condicionado por la temporalidad escueta del marco maratoniano en el que se presentaba, impidió ir a más.

Laura Ferro c0n dos de sus títeres.

Dejó el gusto en la boca de los ‘secretos’ anunciados y el buen sabor de una manipulación experta que tuvo a chicos y mayores atrapados por el pescuezo. El público aplaudió con ganas a la titiritera, ayudada técnicamente en el interior del retablo por Carolina Vaca Narvaja.

‘El Caballero sin caballo’, de Teatro Pizzicatto

He aquí una veterana compañía oriunda de Argentina, concretamente de La Plata, que residió durante años en España (en Sabadell, Valencia y Madrid) para regresar de nuevo a su lugar de origen, la ciudad de La Plata. Una compañía en la que se esconde uno de los grandes titiriteros de guante del país de la Pampa, Gerardo Óscar Capobianco, titiritero de los que saben conjugar el verbo con la manipulación.


Está rápido dicho pero no es fácil dominar los dos lenguajes, bien hilvanados en este caso por un humor fresco e inteligente, que capta a los niños pero muy en especial a los mayores, con tintes de comedia del absurdo.

Se centra Pizzicatto en un clásico retablo de títere de guante, con un simple decorado de fondo que da pie a crear tres espacios distintos, a los que añade dos más en el propio escenario de la acción: arriba y abajo. Es decir, sólo con los movimientos de los títeres y nuestra imaginación, Capobianco consigue ampliar el retablo en cinco espacios distintos, lo que da un juego extraordinario a los personajes.


Historia de corte medieval, con un Rey, una Princesa y un Caballero rubio deseado que debe salvar a la Princesa. El malo es un brujo, habitante de las mazmorras y otros lugares oscuros y tenebrosos del Palacio, que comparte habitáculo con un duende y otro ser de las tinieblas. Dos centinelas vigilan que nada ocurra a la Princesa.

Un cuadro clásico de cuento medieval al que Capobianco da una vuelta de ciento ochenta grados para convertirlo en una historia hilarante y delirante de disparatados juegos de palabra y de acción titiritera muy de los Hermanos Marx. Palabra y acción se combinan con maestría, y aún tiene tiempo el titiritero de salir con una guitarrita o timple para cantar una canción y desarrollar con otro registro la historia del Rey, la Princesa, el Brujo y el Caballero.

Gerardo Óscar Capobianco con sus títeres.

Importante rol tiene el Caballo del Caballero, personaje que hay que poner en mayúscula y no sólo porque sale en el título, sino por el logrado juego que tiene en su relación con el dueño.

Capobianco ofreció al público una preciosa lección de buen titiritismo y un alarde de habla repleta de buenos hallazgos, riqueza de lenguaje y afinado sentido del humor. Una vez más la maestría de los titiriteros argentinos dotados del don de la lengua y del buen discurrir maravilló al público español, de Zaragoza en este caso, poco acostumbrado a semejante despliegue de facultades y gracia espontánea. El público supo valorar la labor de Capobianca con sonoras carcajadas y unos sentidos y prolongados aplausos finales.

‘Sopa de Ladrones’ y  ‘El alguacil Buñuelo’, de Titiritainas, Ecuador

De Quito llegó Yolanda Navas, la titiritera solista de la compañía Titiritainas, con dos obras que pudimos ver la primera en el Museo de Historias, en el marco de la Maratón titiritera del viernes 2 de noviembre, y la segunda en el Teatro Arbolé, el sábado 3.

Escena de ‘Sopa de Ladrones’.

Dos obras distintas pero que comparten el mismo tono de humor sutil y disparatado, y que se expresa a través de un lenguaje de extraordinaria concisión y casi diría precisión lingüística, pues muchos de los gags son verbales, con profusión de ocurrentes juegos de palabra que Yolanda Navas consigue hacer llegar al público con una gran claridad. Algo no siempre fácil, pues requiere este dominio del lenguaje que antes alabábamos en Capobianca y que la de Quito consigue igualmente desplegar con un extraordinario dominio del ritmo y del gesto, perfectamente asociados a la palabra.

Lo primero que habría que decir de las dos obras de Yolanda Navas es que no se arredra en desarrollar historias sencillas pero que a su vez se complican de inmediato con giros sutiles y rebuscados, capaz de crear un crescendo en el rifirrafe argumental de ambos espectáculos que va subiendo en espiral, con un perfecto control cómico-teatral del texto y de la acción, disparados hacia una explosión final de apoteosis enloquecida.

Yolanda Navas con los dos personajes principales de ‘Sopa de Ladrones’, tras la función.

La primera historia nos explica la divertida situación de un mujer que espera desesperada el milagro de su Santito Antonio para que le proporcione un hombre, y que se combina con la de un ladrón que queda atrapado en el armario de la casa de la mujer. Un situación típica de comedia de enredos que Yolanda Navas consigue desarrollar con enorme gracia mediante el lenguaje del títere sujeto a una precisa y estudiada manipulación.

En la segunda historia, nos presenta un lugar donde la ley está en manos de un alguacil recién nombrado que sin saber nada de su oficio, lo aprende a su aire a una velocidad de vértigo, al tener que lidiar con un ladrón bruto y algo corto de mollera -se llama Pocas Pulgas-, y con un comisario y un juez corruptos que sólo piensan en recuperar el dinero robado por Pocas Pulgas para escapar con el botín. También hay aquí una mujer deseosa de pescar a un hombre, al Alguacil Buñuelo, por supuesto. Y en ambos casos hay final feliz con escarmiento de los malos.

Final feliz pero disparatado, de los que enardece al público por la espiral de humor loco de la que hace gala Navas.

Sorprendió el trabajo de la ecuatoriana por la limpia delicadeza de su manipulación, con un ritmo veloz aunque pausado que impide que las escenas entren en confusión y que asegura su evolución cómica hacia los desenlaces de humor desmesurado, capaz de llegar al exceso sin perder jamás la claridad y el hilo argumental. Este dominio del lenguaje teatral del títere de guante muestra el profundo conocimiento que tiene la titiritera del mismo, basada en el estudio y en una práctica continuada que es lo que consolida y da poso al oficio.

Yolanda Navas con el Alguacil.

También cabe destacar la factura de los títeres, de talla de madera creados por la misma Yolanda Navas, muy  logrados y funcionales, con cabezas más bien pequeñas, especialmente las de algunos de los personajes, que otorgan al muñeco una gran expresividad en sus movimientos, impregnados siempre de una atractiva delicadeza.

El público, impresionado por la técnica, el humor, la inteligencia y la brillante y humilde sencillez de la titiritera, aplaudió a rabiar en ambas obras.

Titiriteros participantes en la Maratón del Museo de Historias, con Julia e Iñaki Juárez.

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