(Vista exterior de la Cárcel de Segovia)

Con lo que pareció una sincera presentación de la Concejala de Cutura del Ayuntamiento de Segovia, Dña. Mª Fernanda Santiago Bolaños,  que manifestó el entusiasmo y la entrega de la ciudad hacia el arte de los títeres, con un recuerdo de quien fue su director hasta su muerte hace dos años, Julio Michel -el acto se celebró en la Sala Julio Michel del C.C. La Cárcel-, se dio inicio ayer viernes 9 de noviembre de 2018 al XVIII Congreso de Unima Federación España. Una presentación importante, al afirmar con rotundidad la voluntad del Ayuntamiento de convertir Segovia en una ciudad relevante en el concierto de las ciudades titiriteras del mundo. Y una muestra de la afición que tienen los segovianos por los títeres fue el lleno que se pudo ver con la sala repleta de público, gran parte de él titiriteros llegados de todo el país, pero también muchos ciudadanos autóctonos, ansiosos de catar ‘fuera de temporada’ un poco del espíritu que se vive en la ciudad durante los Titirimundi.

Tras la Concejala, habló el asturiano Joaquín Hernández, miembro de la Junta Directiva de Unima, con acertadas y medidas palabras de bienvenida a los congresistas y demás asistentes interesados en los eventos programados el fin de semana. Explicó esta voluntad de convertir los congresos en pequeños encuentros de convivencia con un programa de espectáculos y de charlas a cargo de especialistas que puedan ayudar a los profesionales del títere.

En este caso, las personas invitadas han sido: Patxi Larrañaga, director del programa Platea, del INAEM (Ministerio de Cultua) y José Luís Melendo, profesor y especialista en gestión cultural, y personaje histórico del teatro en Aragón. También Ana Sala, de la empresa Ikebanah, importante distribuidora teatral de Valencia. De estas intervenciones se hablará en un próximo artículo.

‘Fauno, lo bello y lo monstruoso’, de María Cruiz Planchuelo

Fue muy interesante presenciar este hermoso trabajo de la bailarina María Cruz Planchuelo, con dirección de Sonia Muñoz, en su incursión en el mundo de las marionetas con un difícil ejercicio de desdoblamiento, uno de los desafíos que el teatro de figuras contemporáneo gusta plantear a actores y especialistas de la danza y el gesto.

Todo un acierto -y un reto- partir de la figura mitológica del Fauno, que la historia establece como divinidad doble: espíritu del bosque, por un lado, asociado al Pan griego, semidiós de pastores y rebaños, y también como divinidad oracular y profética, para los romanos.

Aunque la propuesta de Planchuelo parece inclinarse más por la versión griega del mito, no es desdeñable su rol profético por el que revelaba a los humanos afectados por su aliento el futuro a través de sueños y voces desconocidas. En ambos casos, Fauno provoca una catarsis reveladora mediante el trance, a la vez que despierta en el sujeto poseído un desmesurado apetito sexual que lo conduce a perseguir a ninfas y a muchachas por el bosque.


Tal es lo que le sucede al personaje representado por Planchuelo, cuando se halla modelando una cabeza de barro que representa la cabeza de un Fauno. El poder y la fuerza fetichista del muñeco o más bien de la cabeza del dios, se apodera de la imaginación de la atrevida joven para convertirse en un doble suyo, su lado masculino cargado de poderes extraordinarios que lucha para imponerse sobre la frágil muchacha. Tal es el argumento de la obra, que como bien indica el título, oscila entre lo bello y lo monstruoso, encarnando de algún modo ese otro viejo mito de ‘la Bella y la Bestia’ en un único cuerpo.

La mujer poseída y controlada por su doble masculino, que surge con el poderoso aliento del mito para arrastrarla a los confines arcaicos de nuestras esencias animales, se ve obligada a luchar consigo mismo para liberarse del yugo que ella ha invocado con las manos. Una bonita metáfora de una parte de la lucha feminista, que además de luchar contra el machismo exterior de los hombres , necesita dominar aquel que lleva dentro, voraz alter ego inconsciente de dominio y feroz depredación sexual que las embriagadoras flautas del dios Pan despiertan.

Todo ello está presente en el espectáculo de Planchuelo: las flautas, las ninfas que bailan embriagadas y perseguidas por el dios, el poder erótico del Fauno en sus ansias de poseer a la presa, sus anhelos jadeantes y sus artimañas de seducción. Y cuando la posesión parece concluida, quizás acabado el delirio sexual del coito consigo misma, de pronto el alma libre y rebelde de la joven poseída despierta, consciente de la atrocidad del monstruo que la tiene esclavizada.

Se inicia así la tremenda lucha por liberarse, que conforma la última parte del espectáculo, lucha convulsa y dramática como pocas, pues lo que intenta vencer se halla íntimamente pegado a su ser. Lo consigue sin duda, y la joven que jugó a ser ninfa de los bosques consigue arrancarse la máscara creada por ella misma.

El final nos deja con una duda: ¿volverá a las andadas? ¿La llevará su apego a la catarsis posesiva asociada al juego teatral con la máscara, a repetir la experiencia día tras día, quizás podríamos decir,  ‘escenario tras escenario’? ¿Acaso la capacidad de ser ‘dos’ donde normalmente sólo hay ‘uno’ no es un veneno suficientemente atractivo como para dejarse llevar por su reveladora y en cierto modo ‘liberadora’ catarsis?

Quizás para ello sería interesante desarrollar algunos de los aspectos míticos antes apuntados, por ejemplo, su capacidad oracular y profética de ver el futuro. Entonces, el ejercicio pasaría de un contexto de gozosa experiencia y ‘vicio’ individual, propio de un planteamiento de tipo narcisista,  a una experiencia verdaderamente reveladora, en un sentido más amplio de aventura de conocimiento con una mayor amplitud referencial, es decir, capaz de trascender el mero ámbito individual.

Posibilidades que el arriesgado ejercicio de Planchuelo plantea para futuros trabajos de la actriz.

‘Náufragos’, con Tomás Pombero, de Desguace Teatro

Tras una cena a modo de ‘vino español’, con profusión de bebidas y exquisitos manjares servidos sobre una mesa y por amables camareros, en la línea generosa del Titirimundi -que ha acogido con ganas el Congreso- de agasajar siempre a los titiriteros, y que su actual directora, Marián Palma, mantiene a rajatabla, tocó el turno de ver el brillante espectáculo del sevillano Tomás Pombero, ‘Náufragos’, que desde su estreno no ha cesado de entusiasmar a públicos locales y foráneos (ver aquí).

Tomás Pombero. Foto de Jesús Atienza.

Ya conocía la obra pero fue un placer volver a gozarla, pues me había olvidado de uno de sus aspectos esenciales, la segunda parte que sucede al ejercicio alucinatorio con teatro de objetos de alguien que pasa la Navidad solo, tras ser abandonado por su par aquella misma noche.

Brilla la actuación de Pombero en el rol del beodo que necesita escapar de su absoluto naufragio vital y que lo hace a través del delirio creativo de los objetos, que le permiten expresar parte de lo que ocurre en su interior. Es así como la tragedia rebaja sus tintes más sombríos y los pasa por el filtro siempre liberador de la comedia, esa que gusta jugar desde la ingenuidad inocua.

Pero, como antes avancé, me había olvidado de la segunda parte, esencial pues en ella el actor pone un espejo frente a lo que acaba de representar y efectúa un precioso ejercicio de auto-observación y análisis, desde la ironía y con la gracia sevillana del charlatán callejero que se atreve con todo. Vemos así todo el drama ferozmente representado, con sus chiquillerías delirantes plagadas de objetos, fruto del trance alcohólico, lo vemos desmitificado pero a la vez cargado de un dramatismo todavía mayor, pues lo que antes podíamos tachar de juego escénico o de actuación teatral, de pronto baja al nivel de la realidad sin salir del escenario.

Foto de Jesús Atienza.

Los espectadores nos vemos confrontados a la realidad no sólo de los dramas humanos sino también a las miserias del oficio titiritero. Es decir, el ejercicio de auto-observación alcanza la obra representada en la primera parte y la misma condición escénica del actor que la ejecuta.

¿Y qué más podemos pedir hoy a los creadores que no sea hacer de espejos sinceros y analíticos de la realidad, sea la cotidiana o sea la teatral, con la que se nos engaña día sí y día también?

El público, consciente del gran logro conseguido por Pombero y a pesar del frío que surgía de la galería de la cárcel donde se desarrollaba la representación, premió al actor con entusiastas salvas de aplausos.

La Cárcel

Toca hablar aquí del espacio donde se desarrollan las actuaciones, los encuentros y las reuniones del Congreso de Unima Federación España: La Cárcel.

En efecto, la antigua cárcel de Segovia, con su impresionante e intacta estructura panóptica, propia de los centros penitenciarios antiguos, tras su cierre a finales del siglo XX, ha sido convertida en un Centro Cultural dedicado a la Creación. Pero lo bueno es que se ha decidido respetar el edificio original con toda su tramoya carcelaria, rejas, puertas metálicas, galerías con las típicas escaleras colgantes, y los centros de observación que son la razón de su estructura panóptica.

Entrada de La Cárcel.

El Ayuntamiento ha convertido este espacio en un centro de creación cultural, donde se ubica, entre otras entidades, la organización del Titirimundi. Sus oficinas, que pude visitar acompañado por Marián Palma, están donde se encontraban las que gestionaban los permisos de salida de los presos. Es impresionante pasearse por las galerías  del primer piso donde todavía se conservan las celdas tal como eran usadas en su tiempo.

Y sorprenden los magníficos espacios que se conservan donde antes había talleres, cocinas, almacenes y otras actividades colectivas.

Vista de una de las galerías.

La estructura panóptica nos habla de una época caduca pero actual, pues lo que antes se hacía desde el centro panóptico para vigilar y controlar a un grupo numeroso de personas -trabajadores en las fábricas, presos en las cárceles-, hoy lo realizan las grandes redes digitales que desde la nueva tecnología del Big Data, controlan a las masas estén donde estén, sin necesidad de tenerlos físicamente a la vista. De ahí que veamos las cárceles de hace apenas diez y veinte años como edificaciones de control casi de juguete, cuya simplicidad no oculta su atroz dramatismo, muy cercano al espíritu de las viejas mazmorras de épocas más lejanas.

Convertirlo en un lugar dedicado a la creación artística y cultural es sin duda la mejor manera de aprovechar un espacio de singular interés arquitectónico y antropológico sin negar el drama de sus realidades pasadas. Un acierto y un espacio de gran interés que la ciudad se regala a sí misma.

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