Para terminar las crónicas sobre los espectáculos vistos en el FIMO 2018 (Festival Internacional de Marionetas de Ovar), vamos a concentrarnos en este artículo con los cuatro montajes que pudimos ver el domingo día 10 de junio.

‘El Peregrino / The Pilgrim’, de Astrid Méndez

Fue sin duda uno de los mejores momentos vividos en Ovar asistir a la primera parte (me perdí la segunda) de esta obrita de siete minutos de duración ejecutada para sólo dos espectadores. Lo podríamos llamar un ‘bombón’ por la exquisitez y la delicadeza de la propuesta que, como ocurre con los bombones, se come rápido pero se saborea durante largos períodos de tiempo.


Astrid Méndez es una chilena que se instaló en Australia y que actualmente vive a salto de mata llevando su pequeño espectáculo por todo el mundo, y muy en especial por Europa, continente que lleva recorriendo desde hace un par de años, si no me equivoco.  De ahí que la temática del montaje, titulado ‘The Pilgrim / El Peregrino’ encaje como anillo al dedo con el propio vivir de su autora. Pero lejos de ceder a la tentación del desgarro y del exhibicionismo impúdico de quién vive en carne propia una de las situaciones características del siglo XXI -la migración-, Astrid Méndez se distancia del mismo para situarse primero en el estado de ‘peregrino’, es decir, del que viaja porque quiere con un objetivo concreto, y segundo, mediante un sofisticado ejercicio de alejamiento y de síntesis poética. ¿Y qué otra cosa son la distancia y la síntesis poética, cuando se presentan juntas y bien trabadas, que la base del buen arte de los títeres?


Antiguamente, se peregrinaba a lugares concretos para encontrar en ellos algún tipo de bendición, revelación o absolución de los pecados, pues existían los lugares sagrados donde tales efectos eran posibles. Hoy, a pesar de que se mantienen algunos de estos espacios cargados aún de significación sacra (como La Meca o Santiago de Compostela, por citar dos ejemplos), la civilización occidental dominante ha substituido el peregrinaje de lo religioso por el turismo, que induce a desplazamientos masivos de población con finalidades de entretenimiento y relajo. Y sin embargo, es posible imaginar otro peregrinaje cuyos objetivos no sean tanto lo sacro ni el consumo de las distracciones, sino la sabiduría del conocer y el entender el mundo en sus infinitas variedades. Un peregrinaje que no se detiene en el tiempo sino que dura toda la vida.

Es a este otro tipo de peregrinaje al que nos conduce Astrid Méndez en su obra, una experiencia que es un viaje de conocimiento y que la titiritera chilena consigue destilar en una quintaesencia simbólica hecha de pequeños y misteriosos muñequitos, imágenes, objetos, mecanismos y artilugios que desfilan ante nuestros ojos mientras escuchamos una banda sonora que nos habla de viajes, trenes, vuelos, imágenes aéreas de sosiego…


Está prohibido desvelar ninguno de estos detalles, por pequeño sea, pues dada la duración del espectáculo, sería quitarle unos minutos preciosos de tiempo. Pero sí podemos indicar la delicadeza de lo que se presenta y se manipula, del gesto mimoso de la titiritera, la estética de ‘objet trouvé’ de la escenografía, y una especie de máscara-sombrero de inventor mágico, con lucecita incorporada, propio del investigador casero que a lo largo de su viaje diario, busca lo trascendente de lo anodino y lo simple.

Un ejercicio de destilación poética que se encara al Tiempo con el máximo respeto: sólo le pide que se pare siete minutos, suficientes para catar el sabor de lo que importa.

“Bzzzoira Moira” de Mandrágora

No conocía a esta compañía portuguesa, una de las más veteranas, profesionales y reconocidas del país, instalada en Espinho, muy cerca de Ovar. Y hay que decir que los presentes en el Festival quedamos sorprendidos y admirados por el alto nivel mostrado por Mandrágora, con un trabajo solista de gran empaque a cargo de Filipa Mesquita, uno de los puntales de la compañía.


Un espectáculo inspirado en leyendas populares de pozos misteriosos, moras encantadas y tesoros escondidos, y que se levanta sobre dos pilares básicos: una preciosa escenografía de madera que junta la simplicidad formal con el recreo de los detalles y de la miniatura, llena de trucos mecánicos y con aires de máquina alquimista de los inventos; y la interpretación de una poderosa actriz, Filipa Mesquita, con un dominio extraordinario de la voz, y que sabe conectar de inmediato con el público al estar dotada de una gracia popular llena de frescura y de humor.


Los muñecos, pequeñas marionetas de hilo también de madera y otras de mano sobre mesa, manipuladas sobre el armatoste de la escenografía, son de factura preciosista bien incrustadas en la historia. Se nota el enorme cuidado que ha puesto la compañía en la realización plástica del espectáculo, cuya escenografía constituye por sí sola una obra de arte digna de ser vista.

El desparpajo y la gracia de Filipa Mesquita me sugirió el estilo popular de una vendedora en un mercado, que en vez de vender mercancías vende historias, cuentos y leyendas, bien instalada tras el carro donde se mueven los personajes y sucede la historia. Un estilo directo que, como hemos dicho antes, conecta sin cortapisa alguna con el público.


El respetable, atrapado por el humor y la frescura de la obra, se entregó a la misma con fervorosos aplausos.

‘Circo de Madera’, de Karromato

Ya había visto esta obra de Karromato, un clásico de la reconocida compañía de Praga, formada por la checa Pavla Srncovà y el canario Kiko Montoto, y debo decir que sigue tan fresca y vigente como nunca, como lo demostró haber recibido el Premio del Público del Festival de Ovar (ver aquí).


Un espectáculo que tiene su columna vertebral en la inmensa calidad plástica de sus marionetas, de hilo y provistas de una factura clásica, en un país, Chequia, donde las tradiciones del teatro de marionetas, de hilo y de vara, son tan importantes. Quizás fue bajo un impulso iniciático a la cultura local de las marionetas que los dos titiriteros de Karromato decidieron, al plantearse este espectáculo, ser fieles al estilo propio de la tradición centroeuropea. Uno diría que sus marionetas han salido de un museo ideal, donde se conservan en perfecto estado de funcionamiento piezas de gran valor y calidad.

Y sin embargo, el ‘Circo de Madera’ de Karromato está hecho con marionetas nuevas, construidas por un escultor húngaro según el minucioso diseño previo de Kiko y Pavla. Un trabajo en apariencia de arqueología histórica que sin embargo no lo es, al ser todo una creación de nueva factura.


Gusta Kiko Montoto, que ejerce las funciones de presentador del Circo, usar un estilo de titiritero de feria, que es donde se realizaban antaño estos espectáculos, lo que consigue dar a la representación un tono popular de fresco desparpajo, idóneo para conectar con el público.

Pavla Srncovà brilla en algunos momentos de difícil manipulación, como es el caso de la equilibrista que se columpia en un aro, una marioneta que se sujeta sólo por seis hilos y que consigue realizar unas volteretas y unos números que se diría son imposibles de hacer con hilos.


Hay humor, números técnicamente muy logrados, y la atmósfera general del espectáculo es la propia de un circo de marionetas de otros tiempos, lo que sin duda seduce al público. Y algo aún más importante, los animalistas tienen que callarse ante el uso de los animales en la pista, pues de momento todavía no se ha puesto veto a los que son de madera.

De impacto es el león, una marioneta logradísima, así como los bomberos del último número, figuras con un sencillo sistema de manipulación muy usado en las tradiciones antiguas del teatro de feria. Pero se hace difícil distinguir entre las marionetas, dada la gran calidad artística de todas ellas. Como decíamos al principio, un ‘clásico’ de Karromato y del teatro de marionetas de toda la vida.

‘Kumulunimbu’ de La Ortiga

Tenía mucho interés en ver esta obra que ganó varios premios en la Fira de Titelles de Lleida, y que en Ovar se ha llevado el premio principal del FIMO 2018 (ver aquí). Una obra que allí donde pasa, maravilla al público, que se deshace en elogios ante el trabajo de los catalanes de La Ortiga, dirigidos por Guillem Geronès.

Y comprendí, al verlo, el porqué de esta fama que le precede: ‘Kumulunimbu’ es una propuesta honesta y en apariencia sencilla, que sabe jugar muy bien con los diferentes registros usados, y que se sustenta en un sólido y complejo trabajo de actor, máscaras y marionetas muy bien hilado por su director artístico.


Interpretado por Marc Selles y el propio Guillem Geronès, con asistencia técnica de Andreu Fàbregas, ‘Kumulunimbu’ tiene la gran virtud de explicar una historia de gran detallismo técnico y visual, mientras a la vez escamotea los trazos que normalmente dan consistencia a un relato. Es decir, de la mujer que protagoniza la obra sabemos que vive en un lugar de poca agua, que mantiene una relación personal con este elemento a través de una nube, que usa el agua para regar sus plantas, que son algo fundamental para ella, pero nada se nos dice de cómo se llama, si tiene parentela, donde vive, qué piensa, hacia adonde quiere ir o qué quiere hacer. Con ello se consigue algo muy importante: universalizar la historia y desconectarla de los contextos locales, conflictivos y por lo tanto ideológicos, pero dejando pistas a modo de pinceladas para que cada uno se sitúe donde quiera, y sin que perdamos la empatía emocional hacia unos actos que tienen que ver con lo fundamental: el agua, la dificultad de trasladarse, la libertad de entrar en otro lugar habitable, el abuso y el robo de algo elemental como es el agua, la manipulación de este uso usurpado, la tozudez del que se empeña en no rendirse, etc.


Y creo que esta desnudez ideológica y contextual es lo que permite al público entregarse a la historia y al personaje, para entrar en ella sin los filtros de la historia y de las ideologías.

También la presencia de los dos magníficos actores sirve para crear el necesario contraste con el registro de las marionetas, bien enmarcadas en una clásica boca de teatro, marco indispensable para crear un espacio de síntesis y distanciamiento, por donde circula la historia con sus ingredientes antes descritos. El contraste entre el registro cómico de los actores –aunque mimoso hacia la historia de la mujer– y las verdades esenciales de la marioneta y su entorno, es la chispa que enciende el dramatismo de la obra, que luego se acentuará aún más con la irrupción de las dos máscaras de los Dueños del agua.


Un rico juego de contrastes es lo que presenta ‘Kumulunimbu’, propio de lo que se llama una dramaturgia bien trabada en el concepto general de la obra. Una línea de trabajo que enlaza con lo mejor del teatro catalán, que sabe muy bien cómo tratar con estas oposiciones, pero que aquí aparece tamizada por la sutileza de lo que quizás sea la influencia portuguesa fruto de una larga estancia de Geronès en Oporto, ciudad donde nació precisamente este proyecto: distancia, refinamiento en el detalle, negarse a la astracanada y a la risa fácil, gusto por la síntesis inteligente. Es decir, la dualidad catalana, siempre explosiva, pasada por el tamiz distanciador de la dualidad portuguesa, atenta a la mirada distante y a las lejanías del Ultramar.

No es de extrañar que ante semejante combinación de aciertos y sutilezas compositivas, ‘Kumulunimbu’ se haya convertido en uno de los grandes éxitos de la temporada titiritera de este año en la Península Ibérica. Unos éxitos que esperemos salten pronto más allá de los Pirineos y del Ultramar atlántico y mundial.

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