La victoria de los hilos

Por fin pudimos ver una representación del nuevo espectáculo de Carles Cañellas y Susanna Rodríguez, de la compañía Rocamora Teatre, Identidades, en el Teatre de Ponent de Granollers, no lejos de Barcelona, un reto como una catedral que los dos titiriteros, instalados en la localidad de Calders , se propusieron para abrir este nuevo ciclo de su vida profesional. Vi las primeras pruebas, durante la presentación que hicieron del proyecto en San Sebastián durante el Congreso de UNIMA 2016 el mes de mayo (ver aquí), y conocía la endiablada dificultad que se había propuesto Carles. Y lo primero que debemos decir, una vez vista la representación, es que los de Rocamora se han salido con la suya y con una nota muy alta.

En efecto, salir al escenario con una sola marioneta cargada de hilos (90 cm de altura y 27 hilos) y poco más, si descontamos seis máscaras, un par de bolsas y una caja de cartón, con el obligado acompañamiento sonoro y visual del vídeo y de la música electrónica, funcional ésta y de buena factura, es ya de por sí una temeridad considerable. Un espectáculo que se anuncia de danza contemporánea, y que es interpretado, evidentemente, por una sola marioneta de hilo. ¿Cómo conseguirá hacer bailar la marioneta durante una hora?

Creo que el secreto del espectáculo, lo que lo convierte en una especie de prueba iniciática para el titiritero, para la marioneta y para los espectadores, es la lucha titánica que se establece entre los dos a la vista del público, entre dos seres independientes, uno de madera, el otro de carne viva, unidos y al mismo tiempo separados por los hilos que cuelgan del control en un extremo, y que se cosen al cuerpo del títere en el otro extremo. Casi se podría decir que los verdaderos protagonistas del espectáculo son los hilos, que el público no ve o sólo ve en parte, pero que sabemos que existen, como una sustancia sutil que junta lo que está separado, que permite el movimiento y la vida, pero que también los niega.

Marioneta y titiritero luchan cada uno por su lado contra esta sustancia hecha de algodón deshilachado, nada dócil, empeñada en complicar la vida al manipulador, a detener la vida del títere, a elevar el cuerpo y los miembros de la marioneta, pero a la vez dejándolos caer muertos a merced de la gravedad. Los hilos se convierten así en una paradoja viva, real y palpable, invisible porque los hilos no se dejan ver cuando son negros y el suelo y el fondo también son oscuros, pero que siempre están presentes. Una sustancia que se deja tocar, o más bien, que exige ser tocada, como si su trabajo de juntar dos opuestos necesitara un mimo de las manos del manipulador, y una paciencia de la marioneta para dejarse mover, saltar y bailar.

La tensión de esta batalla metafísica es el alma de este espectáculo, que se escapa de las exhibiciones de virtuosismo en que recurren muy a menudo las marionetas, para focalizarse en la centralidad de los hilos, ese espacio vacío que separa y une, base de la manipulación. Es como si la paradoja cogiera vida y centrara toda la atención del público, imponiendo la lucha de las manos, del cuerpo, de la madera, de las articulaciones, a través de los obstáculos escondidos en la esencia contradictoria del despliegue de hilos que cuelgan del imponente control.

Las máscaras que el titiritero va extrayendo de su zurrón y de la caja de madera, no son más que nuevos retos que se va imponiendo el titiritero, a fin de que la sustancia mediadora de la paradoja pueda expresar toda su carga de tensión. Estorbos que exigen al manipulador, muy bien conducido por la coreografía de Susanna Rodríguez, crear los movimientos adecuados a la expresión de cada máscara, siempre luchando con la misma hilacha, con el control y la distancia que separa las manos del títere, una distancia corta que obliga a una constante revisión de los hilos, que parece dotados de vida propia, provistos de una lógica que nadie es capaz de entender, al tratarse de una lógica hecha de contradicción aleatoria.

Y mientras avanza el espectáculo, vamos viendo como el reto principal del titiritero no es otro que conseguir llegar vivo al final, vivo él y viva la marioneta, ambos manteniendo la dignidad de una presencia que debe encajar la contradicción de la paradoja. Uno podría pensar que el resultado es la victoria del titiritero. En cierto modo sí que lo es, por supuesto, pero quién gana de verdad son los hilos, los cuales obligan al titiritero a dar fin a la obra, y a la marioneta a meterse dentro de su bolsa.

Una tensión mágica, la que recorre toda la duración del espectáculo, ya que la sustancia que centra la obra y la atención del público es en realidad el vacío de toda esta hilacha invisible. Y mientras los hilos se imponen victoriosos desde su nada, los dos derrotados servidores de esta energía oscura salen a saludar, títere y titiritero, agotados por el esfuerzo de haber realizado un imposible.

Un espectáculo insólito y profundamente filosófico, de una filosofía que se expresa desde el vacío y el silencio de lo que separa y une. Un hallazgo esencialista que permite focalizar la atención donde normalmente las personas nunca miramos, acostumbrados como estamos a sólo ver y a identificarnos con los extremos. Aquí los extremos son vencidos y atrapados por el misterio de lo que pide el sometimiento de unas exigencias esmeradísimas del oficio. Un oficio que los dos titiriteros de Rocamora Teatre demuestran tener en dosis muy altas.

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