Debo confesar que uno de los motivos secretos por los que estaba tan contento de asistir al Festival de Pola de Siero, además de las funciones contratadas y de los espectáculos que podría ver, más el paisaje asturiano que en si ya vale todo un viaje, era poder visitar el Museo Taller que Joaquín Hernández, veterano titiritero de la compañía Tragaluz, acaba de abrir en una casa situada a pocos kilómetros de Pola. Y si me interesaba tanto, es porque se trata de uno de esos museos que responde más a la compulsión coleccionista que a la académico-científica, muy respetable ésta, pero no necesariamente menos interesante la otra.

Joaquin Hernández

Joaquín Hernández

Supe del mismo a través del último número de la revista Fantoche (de la que precisamenbte Joaquín Hernández es su Coordinador y principal adalid) por el magnífico artículo escrito por Fernando de Julián que tuvo la virtud de abrirme el apetito. Titulado “El Títere y su reflejo” y muy bien ilustrado con fotografías del mismo autor, el artículo sitúa perfectamente el carácter del proyecto de Joaquín, interesado sobretodo en dar salida al entusiasmo de toda una vida en pós de esta rara arte que es la marioneta, entendida en toda su más extensa amplitud. Mi modesto artículo sólo pretende insistir en más de lo mismo, animando de paso la lectura del de Fantoche.

Marionetas chinas

Marionetas chinas del Museo-Taller

Me encantan estos museos que recogen cosas aparentemente inútiles pero que son tan significativas de una época o de determinadas ocupaciones y manías. Pienso en el magnífico Museo Marés de Barcelona, famoso por su colección de escultura románica y gótica, pero que para mi brilla por las simpares colecciones del tercer y cuarto piso, dónde se exhiben las increíbles colecciones de cromos, de vitolas de puros, de tapas de cajetillas de cerillas, de paquetes de tabaco, de maquinillas de fabricar cigarrillos, de felicitaciones de navidad de serenos, vigilantes, carpinteros, guardias urbanos y otros mil oficios de los años anteriores a la modernidad urbana. Estos museos tienen la virtud de despertar no sólo el saber, sino la imaginación humana en sus aspectos más recónditos e insospechados, lejos de los lugares comunes y de las verdades consensuadas.

Cabeza china

La cabeza chna de cuatro caras

El Museo Taller de Joaquín Hernández va por estos derroteros. No rehuye la ortodoxia, y en sus colecciones figuran piezas importantes de todos los continentes del mundo, desde la marionerta africana hasta la china, pasando por las sombras de Indonesia, los títeres del Rajastán y otras tradiciones lejanas y cercanas. Pero lo interesante es que en ellas sobresalen algunas singularidades que otorgan rareza a la colección, como la cabeza china de cuatro caras, cuyo significado ignoramos pero que nos habla de la multiplicidad interior de la identidad, un asunto intrínseco a toda la temática marionetística.

En los muebles expositores existen dos niveles: el de arriba muestra las piezas importantes. Están a la altura de los ojos y nadie puede escapar de ellas. Se pueden tocar y así lo prefiere Joaquín, para poder mostrarlas a los visitantes, sean niños o mayores. En la parte inferior, ahora sí tapada con cristaleras, están esos otros enseres que ya no pueden tocarse y que responden a un impulso más oscuro y sinuoso: juegos de cartas con marionetas en sus caras y dorsos, cromos y otros soportes icónicos dedicados también a los títeres, juegos raros que tienen a los títeres por protagonistas, sellos, papeles de carta, y otros artilugios encontrados en algún rastro de ciudades remotas del mundo, allí dónde el oficio de titiritero suele llevar a sus practicantes.

Panel filatélico

Panel filatélico

Otros muebles contienen ya directamente sólo rarezas y objetos algunos absurdos, otros singulares y extraordinariamente interesantes, como la pareja de madera articulada que copula sin disimulo alguno, o los teatrillos miniatura de papel que reproducen los retablos del Punch inglés, el Kasperl alemán, el Pulcinella napolitano…

Bodegón

Bodegón titiritero

El Museo Taller, todavía en gestación, muestra tímidamente sus entrañas y parece muy decidido a ofrecerse a la ciudad de Pola de Siero, a sus niños y adultos, institucionalizando una atención que desde hace años se viene celebrando con el Festival de Títeres organizado por Luís Vigil y por la labor de las compañías que trabajan en la región. Una atención que esperamos sepa valorar el enorme esfuerzo vocacional de Joaquín Hernández y aprovecharse egoístamente de su extraordinaria aportación cultural. El trabajo invertido de toda una vida de abrirse camino a machetazo limpio donde no lo hay. Una inversión que bien vale el merecido reconocimiento y, lo que aun es más importante, los medios para asentarse, crecer y consolidarse.

Que los dioses y los duendecillos de los valles asturianos sean propicios a Joaquín Hernández y a su hermoso Taller-Museo en Pola de Siero.

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