Cuando el calendario llega a noviembre, la imaginación de los que vivimos en el área occidental del mundo se llena de sombras y de claroscuros, y en los intersticios que se abren entre la luz y la oscuridad, se cuelan los muertos, ávidos de ser atendidos, venerados o recordados por los vivos. Para celebrarlo, la Iglesia Católica convoca a sus fieles en el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre, y el Día de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre. En Centroamérica, por otra parte, se celebra el Día de los Muertos los días 1 y 2 del mismo mes, fiesta popular que recoge antiguas tradiciones de culto a los muertos de la época precolombina.

Desfile Día de los Muertos, México
Altar de Muertos en el desfile del Día de los Muertos en Ciudad de México. Foto Excelsior.

Elemento fundamental de la fiesta en México es el ‘altar de muertos‘, también conocido como ‘ofrenda del día de muertos’, pequeñas instalaciones de objetos muy diversos bajo forma de altares domésticos en honor a los muertos de la familia, en los que se ofrendan alimentos, velas, flores, puros (sabido es que a los muertos les gusta mucho fumar puros) y objetos cotidianos del o de los difuntos recordados. Surgen así preciosas composiciones que siempre han intrigado a los interesados por el mundo de los objetos cuando estos se asocian en contextos que no tienen nada que ver con sus utilidades y significados habituales. Magia, poesía y arte se dan de la mano en estas interrupciones de lo cotidiano, abriendo unos espacios de carácter ritual que buscan escapar a la tiranía del tiempo, sobre la base de mirar cara a cara a la Pálida Señora, la expresión más dramática con la que el Tiempo se hace presente en los humanos.

Figura del desfile Día de los Muertos, México
Calavera del desfile del Día de los Muertos, Ciudad de México. Foto Excelsior.

De ahí la necesidad de continuar con estas fiestas antiguas, que la Modernidad no ha conseguido eliminar, al responder a necesidades ocultas pero reales de las personas. Es en este contexto que cabe explicar la aparición de esta nueva celebración llamada Halloween, conocida también como Noche de Brujas o Día de Brujas, celebrada básicamente en el mundo anglosajón, y que ha sido potenciada por nuestras sociedades de consumo y muy bien recibida por las descreídas juventudes occidentales, ávidas de gozar y de enfrentarse a los misterios de la muerte.

Monumental cabalgata de calaveras en Ciudad de México.

Una noticia ha sorprendido al mundo de las figuras animados: la celebración de una imponente cabalgata de gigantescas calaveras en Ciudad de México para celebrar el Día de los Muertos. Tuvo lugar el día 29 de octubre, con un recorrido que fue de la Glorieta del Ángel de la Independencia al Zócalo Capitalino.

El acicate que ha llevado a este singular acontecimiento ha sido el impacto que produjo las escenas de calle con calaveras gigantes en la última película de James Bond 007, titulada Spectre. Se les ocurrió a los responsables municipales de la ciudad reproducir el evento, para convertirlo en una nueva cita festiva en la celebración del Día de los Muertos. Una fiesta para las familias, pero también y sobre todo para los turistas, que acuden intrigados por estas antiguas celebraciones que siguen tan vivas.

Por lo visto, el desfile, en el que participaron más de mil voluntarios, 40 danzantes tradicionales, acróbatas y seis grupos musicales, se organizó según tres ejes temáticos: el primero se llamó “Viaje al Mictlán”, donde se pasa revista a esta tradición en el mundo prehispánico, presidido por Mictlantecuhtli, el Dios del inframundo.

El segundo bloque lo integraron “La Muerte Niña”, que retrata una tradición que se arraigó en México en los siglos XVIII y XIX, y que consistía en tomar fotografías de los niños muertos, ricamente ataviados para entrar al cielo como almas puras.

El tercer segmento se titula “Pal’ Panteón”, inspirado en las imágenes de José Guadalupe Posada, en particular en “La Catrina”.

Una fiesta cuya fuerza icónica sorprendió a propios y extraños, y que refleja el interés que despierta en todo el mundo este tipo de representaciones callejeras con muñecos y marionetas gigantes. Un lenguaje común a tantas tradiciones populares del mundo, y que un buen número de compañías profesionales han situado a unos niveles de gran impacto y espectacularidad (Royal de Luxe, Comediants, La Fura dels Baus…).

El Día de los Muertos en Barcelona.

No existen en estas latitudes mediterráneas fiestas como las que se celebran en México, de tan extrema vistosidad, pero tal como ocurre en toda Europa, existe la costumbre de ir a visitar a los muertos en los cementerios, aportando flores y limpiando tumbas y nichos. En otro países europeos, este culto a los muertos presenta variantes muy distintas, como es lógico que ocurra en este mosaico de culturas variopintas y a veces tan endiabladamente contradictorias como es Europa.

Cementerio del Poble Nou de Barcelona
‘El Beso de la Muerte’, escultura de Jaume Barba (1930) en el Cementerio del Poble Nou de Barcelona. Foto Wikipedia.

En Barcelona, además de los Altares de Muertos puestos por los mexicanos que habitan en ella, que son muchos (por ejemplo, en la BiblioMusiCineTeca, donde cada principio de noviembre se celebra la Fiesta de los Muertos, ver aquí), y además de las muchas fiestas de Hallowéen que se hacen en discotecas y guateques, públicos y privados, también las marionetas tienen su especial cita con la Muerte.

El encuentro tiene lugar en la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal, este sitio tan especial donde el titiritero de Albacete fallecido en 2007 desarrolló una muy peculiar relación con la Señora de la Guadaña, como se adivina en seguida que uno pisa el poco sacrosanto lugar. Un espacio repleto de sorpresas nada más entrar, pues a la que indagas qué es lo que hay dentro del confesionario que se encuentra junto a la puerta de entrada, el incauto observador tropieza con una calavera de cuerpo entero, vestida de cura esperando los cuchicheos de los pecadores visitantes. Una presencia, la de la muerte, que se encuentra en todas partes, en los pomos de las puertas, en la cadena del WC, en los adornos del bar, en los carteles que cubren las paredes, o en los estantes del taller. Por doquier asoman calaveras, huesos y mandíbulas descarnadas que parecen reírse de sí mismas y del mundo entero.

Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal
Estantería en la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal. Foto T.R.

No es de extrañar que los que ahora cuidan de este espacio emblemático de la ciudad quisieran dedicar uno de sus cabarets al tema mortuorio, como si fuera la Fiesta Mayor del Taller, tal es la identificación que todos sienten por la señera temática. Hay que recordar que una de las primeras lecciones de Pepe cuando acudía alguien a aprender, era enseñarle a construir una marioneta esqueleto, un clásico del oficio. Costumbre que él adquirió de su maestro Tozer, quien obligaba a sus alumnos durante el primer año de clase a tallar uno por uno los huesos para componer al cabo el cuerpo entero de la esquelética figura.

El Cabaret Mortuorio del Taller de Marionetas de Pepe Otal.

Ya antes de empezar el espectáculo, los asiduos residentes del Taller recibieron al público con tremendos disfraces de ultratumba: fiambres famélicos, mujeres zombis anémicas, novias de la muerte con los corazones rotos y sangre en los labios… Al ser todas ellas personas que aman el teatro, los atuendos y las actitudes eran asaz convincentes, y a más de algún espectador se le puso la piel de gallina, aunque la sonrisa que busca la complicidad del diablo fue lo que más abundó.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Mau con su gato Camilo. Foto de Jesús Atienza.

Rompió el hielo el actor titiritero Mauricio Javier Riobó Araya, más conocido como Mau, acompañado de su gato Camilo, ambos salidos del averno, con rostros embadurnados de la suciedad que suele acumularse en las tumbas. Mau arrancó las primeras carcajadas de la noche, pues el juego que se lleva con su compadre felino es de una comicidad tan contundente como refinada e inteligente. Situó el tema de la sesión en términos más que evidentes y dio paso al primer número.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Bruno Valls y el Abuelo. Foto de Jesús Atienza.

Salió Bruno Valls con el abuelo, personaje aún vivo, pero evidenciando el impecable paso del tiempo que conlleva la vejez: decadencia y poesía de última hora. Un trabajo pulcro que huye de la brocha gorda y que se centra en la gestualidad mínima que se satisface con la expresión sutil. Un trabajo que Valls ha llevado ya por muchas ciudades de Europa.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
César y Oto, en el número del Zombi y el desenterrador de cadáveres. Foto de Jesús Atienza.

A modo de interludio para cubrir el cambio de escenario, salió delante del escenario César en el papel de desenterrador, con su pala al hombro. Este actor, habitual de la casa, tiene la virtud de actuar sin impostación teatral alguna, lo que le da un aire de mucha frescura y verdad, a pesar del tono desasido que le caracteriza, clave para dar esta impresión. Le acompañó un convincente e inquietante Oto en el papel de Zombi que disputa al desenterrador los trofeos de su profanación.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Oto exhuma el cadáver del payaso. Foto de Jesús Atienza.

A continuación el titiritero Oto se quitó su máscara de zombi y subió al escenario, con su característica gorra y el rostro sombrío, para manipular a su marioneta, un payaso que sale de la tumba de un cementerio. Con músicas muy bien escogidas, Oto realiza su número de exhumación dotándolo de una muy buena carga poética, haciendo volar a su personaje por los paisajes invisibles de la imaginación.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Las Rodríguez Sísters. Foto de Jesús Atienza.

Las Rodríguez Sisters, una habituales de la casa, deleitaron al respetable con sus temas que van de los boleros a los tangos, de las músicas ligeras de los años cincuenta y aún anteriores a las puras parodias musicales, con gags y enredos deliciosos en la relación que se llevan entre ellas. Dotadas de un finísimo humor, un porte bello y elegante, y una inventiva audaz, aguda y dicharachera, actuaron desde los laterales con una guitarra y también en el escenario, con un número hilarante de enana de feria de los que se hacen a cuatro manos (dos para las manos, dos para los pies). Su actuación, que llenó no pocos huecos de la velada, fue de las más aplaudidas de la noche.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Las Rodríguez Sísters en el número de la enana. Foto de Jesús Atienza.

En la segunda parte, actuaron los titiriteros Alexander De Santis y Lluc Renzanigo, veteranos asiduos del taller, con un número ya clásico de la pareja, lleno de humor negro con un personaje hecho de cuerda y una silla en el escenario. Una actuación dotada de mucha fuerza y verdad que conquistó al público, entregado a la comicidad y a las ocurrencias siempre jocosas de los dos cómicos.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Alexander De Santis y Lluc Renzanigo en plena actuació. Foto de Jesús Atienza.

Hizo de interludio entre los números la titiritera Laura Cortés con un número escalofriante, dotado de un realismo tremebundo. Se sirvió para ello del maniquí que en su día usó Pepe Otal para hacer la autopsia de Don Giovanni, un maniquí de látex destripado en el que ponía las entrañas de un cadáver de puerco, cuyos contenidos corporales son los que más se parecen a los humanos. Laura también puso entrañas, no sé de qué animal, pero sacadas sin duda de alguna carnicería del mercado. Ejecutó entonces un número macabro de zombi en pleno festín, disfrutando de una merendola de carne cruda mientras se servía de un cuchillo de carnicero para ir abriendo y hurgando los interiores del cuerpo abierto en canal. Lo hizo con gracia chistosa de refinado cocinero de la tele, salido, eso sí, de la infame ultratumba. Los espectadores aplaudieron el atrevimiento de la actriz, capaz de emular la morbosa tropelía del de Albacete.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Laura Cortés en pleno ágape cadavérico. Foto de Jesús Atienza.

Subieron luego al escenario dos titiriteras de la casa que quisieron sumarse a la celebración mortuoria de la noche: Raquel Batet y Marieta Rojo. Lo hicieron sin sus marionetas, a palo seco y con muchas ganas de hacer reír al respetable. Y a fe mía que lo consiguieron, con una alocada Raquel en el papel de invocadora de los muertos, y una no menos desmadrada, aunque quizás más contenida, Marieta en el papel de fiambre al que su vieja compañera se ha empeñado en hacer regresar a la vida. Un número casquivano de payasas ubicado en el camposanto de nuestra cruda realidad mundial.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Raquel Batet y Marieta Rojo en el número del muerto resucitado. Foto de Jesús Atienza.

Tocó el turno a otra pareja titiritera, que en esta ocasión sí salieron con sus personajes: los de Fills de Fusta, Vicente Martínez Andreu i Laura Cortés, excelentes manipuladores de hilo. Representaron la escena que los ha hecho famosos y por la que han ganado el primer premio de teatro de calle en el Festival Mundial de San Sebastián: el viejo café con su piano, y los personajes del camarero, el pianista y la cantante. Se entregaron a su labor y el público se divirtió a carcajada limpia con la decadencia de los personajes, que sin hablar de la muerte sí lo hicieron sobre el paso del tiempo y sobre la decadencia elegante de los viejos cabarets de antaño, una de las expresiones más refinadas de como la muerte se cierne sobre los humanos con la lentitud de las arañas de cristal que tejen sus hilos melancólicos para irnos envolviendo en los capullos mortuorios del Tiempo.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Vicente Martínez Andreu i Laura Cortés en plena actuación. Foto de Jesús Atienza.

Remató el Cabaret de la Muerte la brillante intervención de María Planes, esta titiritera catalana recién salida del horno -acababa de debutar en la Sala Fènix la semana anterior, ver artículo aquí en Putxinel·li– con su pequeña obra ‘Ilusión’. Un fresco bajo forma de clase académica a cargo del Profesor Pajarita, empeñado en explicar a sus alumnos, el público, qué es el capitalismo. Lo consigue a través de una impresionante manipulación del muñeco, con una voz segura y precisa, un humor delicioso y desde la ingenuidad pedagógica que sólo un muñeco podría permitirse. El resultado es demoledor -para el capitalismo- y para el planeta Tierra, como bien nos explica el Profesor con contundencia: la bola del mundo, bien representada en escena, acaba embadurnada de tinta, petróleo, fuego y cenizas, indicándonos la muerte segura de nuestra civilización si seguimos en la senda de nuestro actual sistema de vida.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
María Planes y el Profesor Pajaritas anunciando la muerte del mundo. Foto de Jesús Atienza.

El público aplaudió con ganas la actuación, dejando paso al momento siempre esperado de los saludos y del Rascayú, una de las costumbres de la casa que instauró en su día el inefable Pepe Otal: mientras saludan todos los artistas subidos en el escenario, los más valientes se van desprendiendo de sus ropas hasta acabar en pelota viva. Así lo hicieron algunos de ellos y ellas, para deleite del público, agradecido de estas muestras de espontánea sinceridad física y de jocosidad corporal, dando a entender que los humanos, como las marionetas, somos cuerpos manipulados, unos por hilos visibles, y los otros, por los hilos invisibles de la locura, el arte, la poesía y el tiempo que no perdona.

Actuación nocturna del marionetista Daniel Loeza.

Una sorpresa nos tenía aún reservada la noche en el Taller de Marionetas de Pepe Otal. Cuando ya se había servido la cena y los artistas y espectadores que se habían quedado disfrutaban de la comida y de una buena copa de vino, apareció en escena el conocido -aunque misterioso, pues pocos conocían su paradero- titiritero mexicano Daniel Loeza, que quiso sumarse a la noche de los muertos con su rana pianista.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos
Daniel Loeza montando su piano. Foto de Jesús Atienza.

Vestido de negro y armado con las correas que aguantan el sofisticado mando con el que da vida a su marioneta, Loeza impresionó a los presentes con el número que ha encandilado a tantos barceloneses, turistas y visitantes de la ciudad, el de la rana pianista, al verlo actuar durante muchos años en las Ramblas, y ahora en el Passeig Lluís Companys. Fue una sorpresa para muchos, pues pocos sabían que aún se hallaba en Barcelona, al ser escasas sus apariciones y por actuar muy a menudo en el Retiro de Madrid.

Cabaret del Taller de Marionetas de Pepe Otal, Día de los Muertos, Daniel Loeza
La Rana de Daniel Loeza. Foto de Jesús Atienza.

Loeza interpretó varias piezas del repertorio pianístico clásico y, con la humildad que le caracteriza, saludó agradecido, dando así punto final escénico a la noche mágica de los muertos en el taller del finado Otal, que revivió como hace cada noche cuando en la que fue su casa-taller se le invoca con el ritual del Cabaret.

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