Asistí el miércoles 3 de octubre a una de las micro-representaciones que Belén Rubira ha dado en el bar El Tribal, situado en el número 29 de la peatonal calle Blai del Poble Sec de Barcelona. Un bar entrañable para los titiriteros, pues con los años se ha convertido en un lugar de encuentro de gente de la profesión, debido al interés de sus propios dueños en que así sea: decoración del espacio a base de marionetas, exposiciones de temática titiritera de vez en cuando, representaciones puntuales y un hecho decisivo: una de los gerentes del bar es ella misma titiritera.

Belén Rubira

Foto Jesús M.Atienza.

Me avisaron de la presentación de Belén en Barcelona la titiritera mejicana Alicia Muñoz y el fotógrafo Jesús Atienza, ambos muy entusiasmados con el trabajo de Rubira. Y debo decir que mereció la pena acercarme al Tribal y asistir a una de sus representaciones, la primera de la noche, que duró cinco minutos y que únicamente se realiza para dos espectadores. Siempre me han fascinado estas experiencias de forzar al límite el género hacia lo diminuto y la intimidad del cara a cara o del tú a tú, algo que el teatro de marionetas permite gracias a sus posibilidades de miniaturización. Crear un mundo en una caja cerrada para que un par de ojos vean en privado lo que sucede dentro es un proceder tan lleno de posibilidades como de seducción.

Belén Rubira

Belén Rubira. Foto Jesús M.Atienza.

Belén Rubira parte de una maleta transformada en una caja misteriosa que recuerda a veces una de esas viejas gramolas de las primeras radios aún de madera, sobre todo al estar embebida de música, pues los dos espectadores deben ponerse unos cascos para escuchar la banda sonora de la representación, de modo que podría decirse que la música sale de la misma maleta-radio-escenario, y uno piensa si no es la imaginación de los ojos y de los oídos la que ha creado el decorado y a los personajes en el interior de esta caja-radio de la que sale música…

Una canción de cabaret alemana define ya de entrada la atmósfera: de viejo boudoir –aunque la escena representa un restaurante–, una habitación cocina forrada de cortinajes rojo-oscuros y provista de una decoración decadente y rococó. Desde luego, tanto si es una cocina como si es un restaurante –es en realidad ambas cosas–, todo parece indicar que también es otra cosa… Pero no hay que contar la historia. Sólo diré que hay dos personajes, uno de naturaleza debilucha y alargada, oronda y exagerada la del otro. Diríase que uno va con mucho hambre y el otro con hambre poca, aunque bien ansioso de ser comido… De hecho, el título de la obra que se representa es “Hambre come”. De hambres y de naturalezas distintas va pues la cosa. Dejemos que el espectador descubra el meollo: desvelarlo en una pieza de cinco minutos sería traicionar la obra.

Belén Rubira

Foto Jesús M.Atienza.

En este tipo de experiencias, es importante ir al grano y conseguir una esencialidad básica en el desarrollo de la historia y en los personajes. Es decir, dejar Kao al espectador en cinco minutos. Algo muy difícil, por supuesto, pero que Belén Rubira consigue en un buen grado, siendo además su primera incursión en el género de lo “diminuto”. El entorno aterciopelado de la caja-teatrillo y de la manipuladora, ataviada e negro y provista de una belleza clásica e intrigante –la intriga de quién posee las llaves de lo privado que se deja entrever durante cinco escasos minutos–, consiguen introducir al espectador en el clima adecuado: el del “Voyeur” que espera ver algo fuera de lo común. Una incursión en los interiores privados del inconsciente, para descubrir dimensiones ocultas de la vida y de los espacios huecos y cerrados…

Un camino, el emprendido por Rubira, de altos vuelos creativos: convertir el cero de una maleta vacía en una “caja de sueños” es un camino para navegantes briosos, de los que requieren arrojo y coraje. Ansiosos esperamos el despliegue de nuevos vacíos, sutil ejercicio en el que la madrileña Belén parece sentirse muy cómoda.

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