Marcelino de Santiago ‘Kukas’ con lam áscara del abuelo. Foto Manuel Silva

Vamos a hablar en esta crónica de tres de los espectáculos del Titiriberia 2026 programados en el Auditorio de Rianxo: O carteiro de Ximaraos, de Carlos Labaña e interpretación de Marcelino de Santiago ‘Kukas’ e Isabel Rey; de La Rosa de Papel de Don Ramon del Valle-Inclan, interpretación de Borja Insúa, Eto Vázquez e Isa García; En la boca del Lobo, de los Titiriteros de Binéfar, con Paco Paricio y los músicos

O carteiro de Ximaraos, de Carlos Labaña

Nos encontramos ante una producción del Centro Dramático Galego en conjunción con la compañía Os Monicreques de Kukas, cuyos dos directores, Isabel Rey y Marcelino de Santiago ‘Kukas’ son también los intérpretes. Con dirección de Susana Villaverde que firma la dramaturgia con Ezequiel Rodríguez, O carteiro de Ximaraos (nombre de una población gallega imaginaria) recibió el XIII Premio Manuel María de Literatura Dramática Infantil. Firma la escenografía y creación de audiovisuales Maite Dubois, mientras que máscaras, títeres, vestuario e iluminación han sido a cargo de Amelia Poyato.

Foto Manuel Silva

Como se indica en el programa, la obra mezcla magistralmente realidad y fantasía para abordar dos temáticas de gran relevancia: el impacto emocional del alzhéimer en las familias y el papel de la memoria ligada al correo postal como hilo conductor de las relaciones humanas. La obra se centra en la relación entre un abuelo, antiguo cartero de la villa de Ximaraos, y su nieto, que descubre en la saca del abuelo un tesoro de cartas olvidadas. A través de esta conexión, el espectáculo reflexiona sobre como las historias, las memorias compartidas y los pequeños rituales familiares pueden enfrentarse al olvido.

Una temática pues de mucha actualidad, que no es fácil plantear a los jóvenes (la obra se anuncia para mayores de 8 años) y que, por lo que contaron los actores, ha sido muy bien recibida por el público escolar que acudió a las representaciones en el Centro Dramático Galego.

Foto Manuel Silva

Uno de los principales aciertos de la propuesta es haber encargado a Marcelino de Santiago ‘Kukas’ el rol de encarnar a todos los personajes, valiéndose tan solo de los cambios de voz y de registro, más el uso de unos títeres y de una máscara para el anciano abuelo que ha ido perdiendo la memoria de sus cosas. De hecho, podríamos hablar de monólogo, una papeleta nada fácil para ese actor titiritero que es Kukas, pero que precisamente gracias a la gran ductilidad mostrada a lo largo de su carrera artística, ha podido enfrentarse a los constantes cambios de personaje, sea máscara, títere o persona. Más el sinfín de entradas rápidas y salidas indispensables para crear la ilusión de ser varios en uno.

Foto Manuel Silva

¿Pero acaso el oficio de titiritero no consiste en eso, en ser muchos en uno? Aunque es verdad que Kukas constituye un caso especial de artista al que podríamos llamar de corte renacentista, en el sentido de que domina todas las artes de la escena, desde la escenografía, la fotografía, la pintura, la construcción de marionetas de todo tipo, el diseño de carteles y decorados, el trabajo de escritura y dramaturgia, más la interpretación a solas como actor con muñecos en la mano o sin ellos. Sin olvidarnos que todo ello ha sido posible porque, como dice el clásico ‘cherchez la femme’, ha tenido a su lado a Isabel Rey, excelente dramaturga y directora amén de productora, es decir la inteligencia práctica de los posibles, siempre presta a intervenir y a poner las cosas en su sitio.

La obra de Carlos Labaña no solo plantea el tema de la memoria, sino que reivindica viejas usanzas hoy taponadas por la emergencia digital: las postales, la escritura de cartas, el correo que requiere la mediación de un cartero y sistemas de transporte clásicos y lentos (barcos, aviones, carruajes, motocicletas…), cuando hoy la correspondencia se manda y se recibe al acto. Tiempo…

Foto Manuel Silva

La desmemoria del abuelo cartero obliga a su nieto y protagonista, pero también al público que asiste al espectáculo, a dejarse sumergir por duraciones diferentes. Para recordar, los ancianos necesitan ritmos lentos con sus recursos e ilaciones que permiten pescar en el pasado. Como la pesca, recordar exige tiempo, pausa, no hacer nada y mirar las musarañas, colgarse de las nubes que pasan a su aire. Algo que las prisas modernas no permiten.

Importa destacar aquí la excelente labor interpretativa de Kukas, con la contención necesaria para equilibrar su tendencia natural a la vivacidad por un lado y la mitigación propia del personaje del abuelo y la temática que irradia, por el otro lado. No debe ser fácil para un actor como Kukas someterse a un texto complejo como es este, con sus vaivenes emotivos y sus cambios constantes de registro y personaje. Unas dificultades que para el titiritero de Os Monicreques no debe haber sido pan comido alguno. Un reto afrontado con éxito de principio a fin, manteniendo el tono adecuado en cada momento.

Foto Manuel Silva

Uno de los recursos, que también es una bella metáfora del tiempo, son las postales. Se mandan desde lejos con imágenes del lugar, a modo de recordatorio para quien la recibe, indicando: ¡Ei, recuerda, estoy aquí, de viaje, y mira lo que hay…! De hecho, el mundo de las postales constituye uno de los principales núcleos dramatúrgicos de la obra, centrando la temática del recuerdo, del olvido, de la lejanía y finalmente de la memoria. Para el desmemoriado, todo está lejos, aparece nublado, ya no se reconocen los contornos. Las postales, en este caso, son los anzuelos del abuelo en sus angustiosos esfuerzos para pescar en el fondo de la memoria los recuerdos que se alejan y se confunden. Hasta que callan para siempre. Entonces se convierten en testimonio de vivencias ajenas. Van al cajón de los viejos recuerdos de familia o directamente al rastro o baratillo más cercano.

Foto Manuel Silva

Nos hemos extendido en hablar de las postales porque eso es lo que busca el espectáculo, hacer ver al público que hay varios tipos de velocidades, no solo esta ilusión de la inmediatez que es lo digital. Una obra, la de Carlos Labaña, triste, con la melancolía (morriña podríamos llamar en este caso) como carga emotiva del paso del tiempo cuando las vidas de las personas llegan a su ocaso sin las anclas del pasado. Pero alegre si tenemos en cuenta que lo que importa en esta vida es la conciencia de las cosas, de lo fácil y de lo difícil.

Sin duda O carteiro de Ximaraos, gracias a las buenas artes de sus autores e intérpretes, habrá cumplido con creces sus intenciones de poner luz a la oscuridad, de iluminar zonas opacas y desconocidas, pero tan recurrentes en la vida de las personas.

La Rosa de Papel, de Don Ramon del Valle-Inclan

Palabras mayores son a las que ha querido enfrentarse Borja Insúa, de la compañía Alakrán, junto a sus cómplices en el proyecto, Isa García y Ero Vázquez, de la compañía Trécola. Ardua cosa es abordar el esperpento de Valle-Inclán en una de sus obras más duras, que parecen puñetazos a la sensibilidad del espectador, que apareció publicada en el conjunto Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, con los siguientes títulos:  Ligazón, La rosa de papel, El embrujado, La cabeza del Bautista y Sacrilegio.

Foto Manuel Silva

Y hay que decir que los adalides del proyecto han salido muy airosos de él, al conseguir no solo unas marionetas de impacto, muy adecuadas para el texto del de Vilanova de Arousa, sino y quizás lo más importante, el tono general de la puesta en escena magníficamente logrado, oscuro, tremendista y claustrofóbico: el más indicado para dar cabida a este esperpento.

Subtitulada Melodrama para Marionetas (cómo también los es La cabeza del Bautista), se entiende que La Rosa de Papel haya tentado a los titiriteros ansiosos de asumir el reto de poner en escena a Valle-Inclán, algo que en las escuelas de títeres debería ser habitual o incluso obligatorio. Un clásico que sin embargo escala por las faldas más abruptas del esperpento, mostrando la realidad reflejada en un espejo no solo cóncavo sino retorcido a más no poder. De ahí que el autor pensara siempre que más que actores, deberían ser marionetas las que representasen la obra, proclives a ir directamente a los extremos más envilecidos de las tipologías humanas, rozando el símbolo, la alegoría o directamente el sacrilegio.

Foto Manuel Silva

El mencionado tono grave logrado por el equipo se basa no solo en los títeres, manejados con alambres e hilos a la manera de los pupi desde un puente de marionetas, y por una escenografía fija de un interior de casa pobre y rústica, bien iluminada de tonos rojizos tirando a oscuros, sino sobre todo por las voces, que los actores titiriteros bordan para los diferentes personajes. Julepe, el marido de corte odioso y borrachín, brilla oscuramente interpretado por un Borja Insúa pletórico de facultades. Igualmente, los de Trécola bordan las voces de los demás personajes, con una hosca Disa de voz grave, escueta y profunda a cargo de Ero Vázquez, y las de la Musa y la propia Encamada dichas con telúrica fuerza por Isa García.

Foto Manuel Silva

Por lo visto, y tal como dijeron los actores titiriteros al terminar la función, tuvieron muy pocos ensayos, insuficientes para la complejidad de una obra de tal calibre. Si tenemos en cuenta esta circunstancia más el hecho de que la representación fue el estreno absoluto de la producción, podemos decir que el éxito fue tremendo, cuando es bien sabido que proyectos de esta envergadura requieren no solo más ensayos, sino un mínimo de 10 o 15 representaciones con público (20 consideraba obligatorias el maestro de la marioneta de hilo Harry V.Tozer).

Borja Insua enseña las marionetas. Foto Manuel Silva

La complejidad de la obra de Valle-Inclán, aun siendo de corta duración y ocurriendo toda ella en un mismo lugar, exige muchas maniobras de manipulación, como el cambio de vestido de la Encamada una vez difunta, que debe hacerse a la vista del público, la irrupción de los niños del trágico matrimonio, la llegada de los vecinos y del cura, etc. Una complejidad que pide más tiempo de cocción para conseguir la fluidez del mejunje esperpéntico de la farsa valle-inclanesca.

Foto Manuel Silva

Como dice el programa de mano, la cachiporra transita aquí hacia el esperpento, esa deformación grotesca de la realidad, mostrando las lacras más horrendas de la avaricia y la lujuria cuando ambas convergen en la muerte.

Un resultado espectacular a cargo de dos de las compañías más inquietas de Galicia.

En la boca del Lobo, de los Titiriteros de Binéfar, con Paco Paricio y los músicos Faustino Cortés y Quiri Aquilué

Remató el Titiriberia 2026, el domingo 23 por la tarde en el Auditorio de Rianxo, Paco Paricio, de los Titititeros de Binéfar, con la obra En la boca del Lobo, con el acompañamiento musical de Faustino Cortés en el acordeón y Quiri Aquilué en las percusiones y la voz.

Foto Manuel Silva

Un clásico del gran cómico-titiritero de Binéfar que en realidad es un receptáculo escénico-musical en el que este gran artista del escenario incorpora algunos de sus temas favoritos, arropado por esos dos grandes músicos que le acompañan.

Foto Manuel Silva

Toca decir aquí que Paco Paricio se encuentra hoy en el más dulce momento de su carrera artística. Haga lo que haga y se halle donde se halle, su arte aflora sin cortapisa alguna. No tiene nada que demostrar, pues a lo largo de sus años de experiencia lo ha dado todo y aún más, y canciones, poesías, dichos, juegos de palabra, adivinanzas o greguerías, fluyen de su boca sin artificio alguno. Lo vimos el día anterior cuando presentó su libro ‘Juegos y Recursos de un Titiritero’ en el Campo de Arriba (hablaremos de ello en otra crónica) y de nuevo lo pudimos constatar, aquí bajo los focos del teatro, en el Auditorio con ‘En la boca del Lobo’.

Temas como las Canciones del Gato, de Don Melitón y del Ratón que te pilla el gato, y luego con títeres de silueta la conocida canción del Señor Don Gato. O la Bruja que se convierte en gallina, en rana y en ogra…

Faustino Cortés. Foto Manuel Silva

También ofreció un fragmento de su clásico El Bandido Cucaracha, con la música del viejo romance que lo canta. Y el sermón jocoso de origen medieval de la Fiesta de los Locos.

Quiri Aquilué. Foto Manuel Silva

La sección de adivinanzas se centró en los animales, para acabar con su versión sui generis de Caperucita Roja, y el juego del Traga Bolas con participación de algunas hadas del público (mujeres sensibles y con puntería que saca de voluntarias).

Paco Paricio con las ‘Hadas’. Foto Manuel Silva

Un alarde de gracia, musicalidad, domino del lenguaje, conocimiento sobrado de la tradición oral en lengua española, capacidad de improvisación siempre ocurrente… Paco Paricio deslumbró al público del Titiriberia, dejando un hermoso sabor de boca a los presentes.

Xoan Carlos Riobó y Paco Paricio. Foto T.R.

Un titiritero que con los años nos gana a todos en ilusión y ganas de sacar lo mejor de si mismo, ya sea actuando en un escenario o escribiendo libros, como últimamente hace. Alguien tocado por los Dioses que le han dado inspiración y enardecimiento en sus sueños y proyectos. ¡Que continúe la Fiesta!

Tras la función, la últma foto de familia del Festival frente al Museo dos Horrores, de Tanxarina. Foto Manuel Silva