(Foto compañía)
En el Teatre Maruja Alfaro Mar i Terra, como clausura de una nueva edición del Festival Internacional de Teresetes 2026, la compañía Minúcia Teatre despliega sobre escena un pequeño universo simbólico construido en torno a la disposición de un puñado de maletas sobre el tablado. Y pocas metáforas resultan tan fértiles teatralmente como una maleta, que puede contener en su interior todo aquello que el espectador imagine: una despedida, un regreso, una huida, una promesa o un quien sabe si un tesoro, Algunas pesan por lo que guardan; otras, por todo aquello que ya no pueden recuperar. Desde ahí, desde la aparente sencillez de un objeto cotidiano, la propuesta articula una dramaturgia poética y visual que convierte el equipaje en mapa emocional, en territorio de juego y en promesa.

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La pieza avanza alrededor de una búsqueda: hallar la llave capaz de abrir la jaula donde permanece escondido el secreto para vencer todos los miedos. Pero lo verdaderamente interesante no reside tanto en alcanzar esa meta como en el recorrido compartido que propone. Porque a medida que los personajes avanzan, tropiezan, se equivocan y vuelven a levantarse, la función va revelando algo profundamente humano: que quizá la única forma posible de atravesar ciertos miedos consista precisamente en compartirlos. Ahí la escena deja de ser mero entretenimiento familiar para convertirse en un delicado espacio de reconocimiento colectivo, en un refugio donde la fragilidad deja de esconderse para transformarse en ternura, en resistencia, en ganas de revelar—encontrando la llave que lo abra—el anhelado mapa del tesoro.
Minúcia Teatre apuesta por un lenguaje mestizo donde conviven clown, mimo, teatro de objetos, slapstick, música… Un cruce de códigos que construye una atmósfera lúdica atravesada constantemente por la ternura. Hay ecos de los viejos payasos televisivos, del humor físico más clásico y también de cierta melancolía contemporánea que nunca termina de verbalizarse del todo pero que permanece suspendida sobre la escena como un latido compartido entre los intérpretes y el público.
Y es precisamente en el uso del clown donde la propuesta encuentra sus momentos más loables. Porque el clown, cuando trasciende el simple gag, posee la extraña capacidad de desnudar la fragilidad humana desde la asunción de la torpeza, de la inocencia y del fracaso. Hay algo ancestral en esa figura que mira al público buscando complicidad mientras intenta sostener un mundo que se le desmorona entre las manos. La función entiende muy bien esa dimensión poética y la utiliza para acercarse, sin paternalismos ni solemnidad, a asuntos tan complejos como la pérdida o la muerte. Lo hace además desde una honestidad poco frecuente en determinados espectáculos familiares, reivindicando la necesidad de ofrecer a la infancia relatos capaces de dialogar también con la tristeza, con el miedo y con la ausencia.

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Y quizá ahí conecte también con el espíritu que durante años ha convertido al Festival de Teresetes en una cita imprescindible dentro del panorama cultural balear. Porque más allá de su programación familiar, el festival ha contribuido decisivamente a ensanchar la mirada sobre el teatro de objetos y de figuras, demostrando que las marionetas, el clown o el teatro visual pueden convertirse también en herramientas poéticas para hablar de memoria, vulnerabilidad, violencia, duelo o comunidad. En tiempos donde todavía persiste cierta mirada reduccionista hacia estos lenguajes escénicos, festivales como este recuerdan que el teatro de objetos sigue siendo un territorio profundamente contemporáneo, capaz de generar pensamiento, emoción y encuentro. Capaz en definitiva de captar a nuevos públicos, tan necesarios para nuestra escena.
Pero volvamos a La maleta.
La expresividad de los intérpretes sostiene buena parte del engranaje escénico. Basta una mirada, un silencio o un inocente guiño para activar la empatía inmediata del público. A todo ello se suma un eficiente trabajo con los objetos y una dramaturgia que sabe dosificar humor, emoción y juego sin subrayados innecesarios, reivindicando la poesía visual como mecanismo de comunicación y de búsqueda.
La obra avanza así como un viaje—no precisamente el viaje de un héroe— ligero y emotivo, lleno de humor amable, nostalgia y juegos escénicos que apelan a todas las audiencias. Y cuando llega el final, abandonamos la sala con la sensación de haber abierto durante un rato las maletas de otras personas para descubrir con asombro—¡oh milagro!— que en su interior también contenían algo de nosotros mismos.
Antonio Miguel Morales

















