Foto T.R.
Les riqueses invisibles, presentada en el Teatro Maruja Alfaro Mar i Terra por el grupo Teatres de la Llum, de Sagunt, Valencia, sitúa al espectador en una atmósfera marcada por la memoria histórica, los procesos migratorios y las experiencias humanas vinculadas al desarraigo y a la reconstrucción personal. Desde sus primeras escenas, la representación remite a una época en la que muchas mujeres españolas emprendieron viajes hacia destinos desconocidos, condicionadas por la pobreza, las restricciones sociales y las políticas migratorias desarrolladas durante el franquismo.
La obra reconstruye un contexto histórico que visualiza los movimientos migratorios de mujeres españolas durante la segunda mitad del siglo XX—centrándose en el desconocidísimo plan Marta—reflejando situaciones de separación familiar, adaptación a nuevos entornos—más hostiles de lo que imaginaban— y reconstrucción emocional en comunidades alejadas de su lugar de origen. La representación aborda estas experiencias desde una perspectiva íntima y humana, poniendo el foco en las emociones, en la soledad y en la necesidad de pertenencia.
La iluminación, las formas proyectadas y la utilización de contrastes crean una atmósfera que acompaña el relato y refuerza la dimensión emocional de la historia. La palabra y los silencios se integran de manera natural dentro de este lenguaje visual. El teatro de la luz, con todas sus sombras, es capaz de revelarnos las verdades ocultas de la historia en una sábana blanca donde las manchas del olvido destacan como infinitos de oquedad.

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El uso del teatro de luces y sombras aporta además una dimensión simbólica relacionada con la memoria y con aquellas historias personales que permanecieron durante años ocultas o silenciadas. Las siluetas proyectadas, las figuras en penumbra y la composición escénica permiten representar la fragilidad de los recuerdos, la separación familiar y el siempre inevitable paso del tiempo. Sin duda, fondo y forma en esta propuesta son una alianza perfecta: la representación plantea el teatro como un espacio destinado a despertar emociones y activar la memoria colectiva a través de imágenes visuales y recursos simbólicos. La obra utiliza su particular lenguaje escénico para sugerir experiencias relacionadas con la distancia, el silencio y la necesidad de conservar—como si fueran brújula quizás—todos los recuerdos compartidos.
Las formas proyectadas, las transiciones entre claridad y oscuridad y el uso de siluetas envolventes forjan un código que encabalga estampas relacionadas con la ausencia, la espera, la distancia y la reconstrucción de la memoria. Algunas veces uno tiene la sensación de vivir dentro de un collage funesto, como si todos los caminos de vuelta fuesen tan solo esas sombras prolongadas que se difuminan en el espacio simbólico del destierro.
La propuesta, en definitiva, deja clara su voluntad de recuperar historias invisibles y de reivindicar la memoria de quienes vivieron procesos de desplazamiento, adaptación y búsqueda de nuevas oportunidades lejos de su lugar de origen. Al mismo tiempo, subraya la importancia de la empatía y de los vínculos humanos como elementos esenciales para afrontar la soledad y construir comunidad. Porque la distancia es menor si la hoguera del recuerdo se alimenta con la narración de todos los exilios: y el teatro es un buen lugar para hacerlo.
Antonio Miguel Morales
Licenciado en Filología Hispánica, docente, investigador y dramaturgo. Su proyecto de investigación aborda el tratamiento de la memoria histórica en la dramaturgia española contemporánea. Colabora con publicaciones especializadas en teatro, como “Primer Acto”.
Artículo publicado en uepmallorca

















