Voy a avisar de entrada que éste no es un artículo fácil. Tampoco lo fue el Ciclo M 1 [Marioneta Um]: M 1.1 e M 1.2, una reflexión sobre los límites del títere y la objetivación que opera el titiritero con su trabajo. La compañía portuguesa Teatro de Ferro, bajo la dirección de Teja Reba y Loup Abramovici y con la interpretación de Igor Gandra y Carla Veloso, presentaron esta interesante puesta en escena metateatral en el marco del Festival Internacional de Marionetas e Formas Animadas de Lisboa – FIMFA Lx 2012. Otro espectáculo que merece la máxima atención, ya que se desenvuelve en un terreno fronterizo de pura experimentación, como todos los que hemos podido ver en el FIMFA.

teatro de ferro

'M 1.1'. Inicio de la obra.

Ciclo M 1 [Marioneta Um]: M 1.1 e M 1.2 es fascinante y complejo, una obra seria sobre cuestiones fundamentales del teatro de objetos. De manera que, como ocurre con los grandes pensamientos, no le queda otra que adentrarse en el territorio de lo paradójico, y de ahí la serie de acciones que componen la dramaturgia.

El títere, al igual que las personas, se ve limitado por su propio cuerpo. A pesar de ello, las limitaciones de los fantoches y los humanos son distintas. Como investigación de los límites comunes en ambos, la primera parte del espectáculo escenifica la creación del títere, sus piernas y su cabeza, a partir del cuerpo de la titiritera. Al principio la actriz está arropada por una túnica que diluye las formas corporales, sugiere la creación, el origen primario del ser. Y el nacimiento del títere no se debe a una idea: no es intelectual sino material.

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En un segundo movimiento, simbólicamente, actriz y maniquí evolucionan juntos, mostrando su forma definitiva pero encapuchados, sin rostro. El muñeco es de madera y está articulado, pero todavía no consigue codificar sus gestos. El lenguaje de la danza abre las posibilidades escénicas de esta primera aproximación al volumen y el movimiento del maniquí.

Es gracias a los brazos, las piernas y el tronco de la titiritera que el muñeco adquiere su primer cuerpo capaz de gesticular. Durante este proceso, la manipuladora se acerca a los malabares buscando el encaje entre las cabezas de muñeco y su propio movimiento.

Esta interacción rompe el límite entre objeto y sujeto en el momento en que ambos consiguen moverse como un único cuerpo. Explícitamente, la proyección del titiritero en el personaje va también en sentido inverso.

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'M 1.2'.

¿Los títeres mueren?

La segunda parte, M 1.2, es una especulación sobre la masa corporal del muñeco, su voluntad de movimiento y, en consecuencia, su capacidad de imaginar. Empieza con un títere del mismo tipo que en M 1.1, pero ahora está vestido y lleva la cabeza descubierta. Se ha humanizado, comparte espacio con su manipulador y, al contrario, es él quien descubre su cuerpo quitándose la camiseta. El muñeco ya es un personaje sobre el escenario, ya no necesita investigar cuáles son sus formas ni sus movimientos, y sin embargo…

Teatro de Ferro lo pone a prueba. Esto sucede en una tabla vertical de la que salen bastones en perpendicular, formando una especie de circuito por el que se deja caer el muñeco. En esta escena, de una indiscutible belleza plástica, no es el manipulador el que mueve el fantoche, sino que éste se mueve sólo al ir cambiando los puntos de apoyo (el titiritero retira los bastones y empuja con ellos desde detrás de la tabla), hasta caerse al suelo, inerme.

La imaginación del títere, que en M 1.2 se desarrolla a través del sueño, tiene que realizarse necesariamente a través de su manipulador. Entonces, ¿es posible que un muñeco tenga sueños humanos? ¿Puede tener pesadillas, soñar su propia muerte? Éstas son las preguntas que Teatro de Ferro lleva a escena, con un elemento dramático que genera una tensión poco frecuente en el teatro de títeres: ¿qué pasaría si el titiritero no accediera a satisfacer la voluntad del fantoche y, por el contrario, se convirtiera en una especie de verdugo que quiere hacerle mal, torturarlo?

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La respuesta es el desenlace del propio espectáculo. Un espectáculo de pura experimentación que, mezclando sabiamente lenguajes escénicos y códigos visuales, consigue llegar más allá de la reflexión: acaricia lo bello. A veces cruel, quizás bizarro, pero en todo momento profundamente auténtico.

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