(Mercè Framis en ‘Compadre Lobo, Comadre Cerda’. Foto compañía)
Un cuento que sigue vivo
Hay cuentos que parecen resistirse al paso del tiempo. Cambian de generación, de idioma, de escenario e incluso de técnica, pero continúan encontrando nuevos públicos. El Compadre Lobo, Comadre Cerda pertenece a esa familia de relatos tradicionales catalanes que siguen vivos porque alguien decide volver a contarlos.
Mercè Framis recupera esta historia popular para convertirla en un espectáculo de teatro de sombras donde el humor, el ritmo y la interpretación sostienen toda la función. Así lo pudimos ver en L’Autèntica, un espacio abierto en el barrio de Gràcia de Barcelona, en la calle Sant Martí 18.
La historia es sencilla. Un lobo hambriento quiere comerse a uno de los cerditos de la madre cerda. Ella, mucho más astuta que él, le promete entregárselo solo si antes consigue una vela de cumpleaños. A partir de ese momento comienza una sucesión de pruebas y enredos donde el lobo, víctima de su propia ingenuidad, acaba complicándose la vida una y otra vez.

Foto compañía
El humor funciona porque nunca pretende ser sofisticado. El lobo se tira sonoros pedos, tropieza constantemente y se deja engañar con una ingenuidad desarmante. La platea responde exactamente como cabría esperar: con carcajadas constantes. Frente a él, la cerda mantiene siempre la calma y demuestra que la inteligencia suele ser mucho más eficaz que la fuerza. Como decimos en Colombia, vale más maña que fuerza.
No es una historia compleja. Tampoco lo necesita. Su eficacia reside precisamente en la claridad del conflicto y en un ritmo que no concede respiro ni al protagonista ni al público.
El juego de las sombras
Las siluetas cuidadosamente diseñadas, los escenarios llenos de color, la música interpretada en directo y el trabajo de transición entre escenas construyen una narración continua donde la ilusión nunca se rompe. El espectador apenas percibe cuándo termina un paisaje y comienza el siguiente. Todo sucede con una naturalidad que hace que la historia avance con la misma fluidez con la que se pasan las páginas de un cuento.
Quizá uno de los aspectos más logrados de la puesta en escena sea precisamente esa continuidad. No hay interrupciones ni momentos muertos. Cada aparición del lobo, cada cambio de escenario y cada desplazamiento de las figuras forman parte de una misma coreografía cuidadosamente sincronizada. El resultado es un espectáculo ligero, dinámico y muy eficaz para mantener la atención del público durante toda la función.

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Hubo, sin embargo, una imagen que siguió acompañándome al salir del teatro: el agua. Representar un lobo mediante una silueta parece casi evidente. Representar el agua ya no lo es tanto. En una técnica construida a partir de luz y sombras, ¿cómo se representa un elemento cuya naturaleza es precisamente la transparencia?
La obra encuentra una solución tan sencilla como ingeniosa. En algunos momentos el agua aparece convertida en silueta; en otros, la pantalla se llena de un azul en movimiento gracias a un recipiente transparente colocado sobre el retroproyector, donde el agua teñida dibuja ondas y reflejos que transforman por completo la imagen. El efecto es de una enorme belleza. Durante unos segundos dejamos de pensar en el dispositivo técnico y simplemente vemos agua. Más tarde, al descubrir cómo estaba construido ese instante, la admiración no disminuye. Al contrario: crece. Porque detrás de una imagen aparentemente sencilla hay una pequeña invención escénica.
Cuando una magia termina
Como sucede tantas veces en el teatro de títeres, cuando una magia termina, empieza otra.
Tras la representación, Mercè Framis tuvo la generosidad de invitarnos a mirar detrás de la pantalla. Allí apareció un segundo espectáculo, completamente distinto al que acabábamos de presenciar.
El bosque, la montaña y el cielo desaparecieron para dar paso a un retroproyector cuidadosamente adaptado, decenas de siluetas clasificadas por escenas, mecanismos de iluminación, soportes y pequeñas piezas de papel y acetato organizadas con un orden casi milimétrico.

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Lo verdaderamente sorprendente es descubrir que todo aquel universo cabe detrás de una pantalla y está sostenido por una única intérprete.
Mientras el público contempla una historia que avanza sin sobresaltos, ella canta en directo, interpreta todas las voces, mueve los personajes, sustituye escenarios, controla la iluminación y prepara el siguiente cambio antes de terminar el anterior.
En Compare Lobo, Comadre Cerda, la maquinaria escénica permanece deliberadamente fuera de la mirada del público. No pensamos en quién mueve las figuras ni en cómo se producen las transformaciones; simplemente seguimos la historia. Solo cuando la pantalla deja de ser un límite y se convierte en una ventana hacia el proceso aparece una segunda admiración: comprender que todo ese universo ha sido construido por una sola persona.
Y ocurre algo curioso; lejos de romper el hechizo, descubrir el mecanismo lo hace todavía más fascinante: la magia simplemente cambia de lugar.
El oficio invisible
La formación teatral de Mercè Framis se percibe desde el primer momento. Basta una variación en la voz, un pequeño cambio de ritmo o un gesto apenas perceptible para que el lobo resulte desternillante o la cerda transmita esa inteligencia tranquila que sostiene toda la historia. El humor no nace únicamente del texto; nace, sobre todo, de la interpretación.
Pero quizá lo que más impresiona no sea la destreza técnica, sino la manera en que entiende su oficio.
Sin ningún gesto de solemnidad, abre su pequeño «cajón de ilusiones» y comparte con el público aquello que normalmente permanece oculto. Enseña las siluetas, explica el funcionamiento de las luces, responde preguntas y habla del espectáculo con la sencillez de quien disfruta tanto construyéndolo como compartiéndolo.
También sorprende la naturalidad con la que habita ese reducido espacio de creación. Allí, donde apenas caben un retroproyector, unas cuantas siluetas y una pantalla, canta, interpreta, mueve personajes, controla la luz y piensa constantemente en el siguiente cambio. Todo sucede con una agilidad que desde la platea resulta completamente invisible.
Porque, al final, la primera magia consiste en creer que un lobo y una cerda existen. La segunda, quizá aún más fascinante, consiste en la capacidad para recordarnos que el teatro puede expandir lo pequeño hasta volverlo infinito.

















