(Foto compañía)

Dentro de la programación del Festival Internacional de Teresetes de Mallorca, la Sala Petita del Teatre Principal de Palma acogió Being Don Quichotte, de la compañía eslovena Teatro Matita, una propuesta escénica difícil de clasificar y precisamente por ello profundamente reveladora. Uno acudía quizá esperando encontrarse con una nueva relectura teatral del personaje cervantino, como tantas otras —algunas tan estimulantes—que el teatro contemporáneo y la literatura han producido durante las últimas décadas: se me viene a la cabeza El retablo de Maese Pedro—adaptado por Manuel de Falla a partir del clásico de Cervantes—, una ópera para marionetas donde el manco de Lepanto aparece filtrado por la fragmentación y el juego metateatral. También la narrativa moderna ha regresado una y otra vez al mito quijotesco: baste citar Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno, “Miguel de Cervantes, autor del Quijote”, relato de Jorge Luis Borges incluido en su libro Ficciones, o El verano de Cervantes, de Antonio Muñoz Molina. Sin embargo, más allá de cualquier semejanza con mis expectativas, lo que apareció en escena fue otra cosa mucho más singular y arriesgada que todo aquello que yo presuponía. Una auténtica locura.

Foto compañía

Being Don Quichotte no pretende representar a Don Quijote sino más bien situarse dentro de su vértigo creador. La sensación que provoca se acerca más al impulso creacionista de las vanguardias que a una adaptación literaria reconocible. Hay momentos en que la obra parece lanzarse al vacío escénico con la misma voluntad radical de ruptura que atraviesa Altazor: ese descenso donde el lenguaje abandona progresivamente la lógica estable para inventarse de nuevo en pleno vuelo. También aquí el espectáculo funciona como un salto permanente hacia territorios desconocidos, buscando formas nuevas de relación entre el cuerpo, los objetos, el espacio, la imaginación y la palabra.

Desde sus primeros minutos, la pieza recupera algo esencial de la tradición escénica popular. Sobre el escenario aparecen dos intérpretes que actúan como antiguos cómicos ambulantes: narradores, manipuladores y creadores de imágenes efímeras capaces de levantar mundos enteros con el pequeño vuelo de un objeto y una intensa—y precisa— presencia corporal. Hay en su trabajo ecos de los juglares y bufones que recorrían plazas y caminos, donde el teatro nacía directamente del cuerpo, de la exageración, del artificio visible y del pacto inmediato de presencia con el público.

En ese territorio, la sinrazón ocupa un lugar central. No aparece como desviación trágica, sino como una forma de conocimiento y como el mecanismo que hace posible la propia existencia del teatro. Don Quijote inventa aquello que necesita ver para soportar la realidad, y los intérpretes hacen exactamente lo mismo durante toda la función: transformar objetos insignificantes en criaturas, paisajes o amenazas mediante la pura convicción escénica, mediante la metáfora visionaria solidificada como punta de lanza, como pacto de ficción irrenunciable y necesario.

Uno de los momentos que parece atravesar toda la propuesta es el episodio de los molinos de viento. No tanto por su representación literal, sino por lo que contiene de parábola sobre la mirada. Allí donde los demás solo ven estructuras inmóviles, Don Quijote identifica gigantes desafiantes. Esa decisión de mirar el mundo de otra manera constituye también el núcleo del espectáculo. El teatro aparece entonces como el espacio donde esa visión imposible se vuelve momentáneamente real y compartida. El público acepta entrar en esa lógica porque entiende que toda escena nace precisamente de esa suspensión voluntaria de la realidad ordinaria.

Foto Anna Maria Cantallops

La Sala Petita favoreció especialmente esa relación de proximidad y fragilidad. Cada manipulación se percibía con claridad, cada transición ocurría ante los ojos del espectador sin ocultar nunca el mecanismo teatral. Lo inefable se podía ver. Lejos de debilitar la ilusión, esa transparencia reforzaba el juego escénico y convertía al público en cómplice directo de la invención.

El humor—generador de carcajadas catárticas— atravesó toda la función. La figura del bufón aparecía constantemente en esos personajes que provocan la risa mientras sostienen una verdad incómoda: la necesidad humana de imaginar otros mundos posibles incluso cuando la realidad insiste en desmentirlos. En ese sentido, Being Don Quichotte no habla únicamente del personaje de Cervantes, sino también del propio teatro y de quienes continúan practicándolo como un acto de fe precario y obstinado.

Dentro del Festival de Teresetes, la propuesta de Teatro Matita destacó por reivindicar la dimensión más artesanal y esencial del teatro de objetos. En definitiva, Being Don Quixotte es un artefacto poético donde el delirio, el juego y la imaginación abren grietas que nos distancian la realidad cotidiana. Como si durante algo más de una hora el escenario hubiera recuperado aquella vieja aspiración de las vanguardias: no representar el mundo, sino volver a inventarlo.

Antonio Miguel Morales

Licenciado en Filología Hispánica, docente, investigador y dramaturgo. Su proyecto de investigación aborda el tratamiento de la memoria histórica en la dramaturgia española contemporánea. Colabora con publicaciones especializadas en teatro, como “Primer Acto”.

Artículo publicado en uepmallorca