Seguimos con las crónicas del Ròmbic 2026, el Festival de Titelles para Adultos de Barcelona, que organiza la Associació Titellaires de Roquetes, el Ateneu 9 Barrios, el Teatre La Puntual y la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal. Un festival que este año ha alcanzado su 12ª edición con un programa que, tal como comentábamos en nuestro anterior artículo, es más que excelente, con títulos todos ellos memorables y de una gran calidad.
En esta segunda crónica hablaremos de Entresol 1era, de la compañía catalana La Dona Calba, con dirección de María Castillo; y de Trigedias de Amor y Cuernos, a cargo de Iñaki Juárez, histórico titiritero del Teatro Arbolé de Zaragoza.
En la tercera y última crónica nos centraremos en Clàssicsdel marionetista catalán Jordi Bertran; y Manékine, de la compañía francesa La Pendue.
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Entresol 1era, de la cía. La Dona Calba
He aquí el estreno que el Ròmbic de este año nos ha ofrecido, el de la compañía catalana La Dona Calba, conformada por dos jóvenes titiriteras surgidas de los estudios de Teatro Visual del Institut del Teatre de Barcelona, pero que ya cuentan con un potente bagaje de trabajos y colaboraciones realizadas, y cuyo primer título ofrecido fue Caterina. Esta obra fue presentada en su fase aún inicial en el Ròmbic del año 2023, una propuesta que gustó mucho al público (ver aquí) y que ha girado por los escenarios del país con enorme éxito.

Foto Jesús M. Atienza
Son los artífices de La Dona Calba Ura Vidal y Joana Vulart, que en esta ocasión han trabajado bajo la dirección de escena de María Castillo y con un espacio sonoro de Matea Botella, dos colaboraciones que la compañía destaca como uno de los puntales básicos de la propuesta. A añadir la iluminación y escenografía a cargo de Celina Chavat, Berta Ribot como ayudante de dirección, más la productora Clàudia Lausin.
Y hay que decir que su trabajo sorprendió e impactó al ya fogueado público del Ròmbic muy positivamente, al tocar unas fibras sensibles del momento actual barcelonés, cual es el referente a la crisis de la vivienda, al fenómeno de la gentrificación, y al uso especulativo inmobiliario que se realiza con total descaro.

Foto Jesús M. Atienza
Pero que no se piense el público que nos encontramos ante un panfleto. Precisamente la gracia de la propuesta es que la dramaturgia propuesta no tiene nada de panfletario e incluso diría que, lejos de ello, la obra se articula a través de un lenguaje visual ágil, fresco, cambiante y muy divertido, de modo que para recordar al público que está frente a una obra supuestamente de denuncia, la obra tiene que acudir de vez en cuando a la presencia sonora de unas manifestaciones que los espectadores habitantes de Barcelona conocemos muy bien, con los habituales cantos de consignas al uso. Concesiones a la claridad expositiva de la denuncia que nos da la clave para situarnos más cómodamente en el desarrollo de la obra.

Foto Jesús M. Atienza
Importa aquí destacar este lenguaje visual antes mencionado, que sorprende y atrapa la atención del espectador, con unos personajes magníficamente caracterizados sobre la base de distintos registros: títeres de guante absolutamente demenciales, que definen a las vecinas de las cuatro ventanas que vemos del edificio, y que hasta el final no sabemos exactamente qué son, pero que funcionan la mar de bien, ágiles, frescos y divertidos, como antes dijimos. Personajes que, al cambiar la perspectiva y ver la casa por el lado contrario, se convierten en anónimas mujeres que aun así muestran una fuerte personalidad.
Vemos aquí la finura de la dirección de escena, que utiliza una gramática visual muy sofisticada, y que cuenta con el imprescindible apoyo sonoro creado por Matea Botella, lleno de matices y sorprendentes efectos, lo que junto al ritmo escénico, los cambios de la escenografía y el juego luminotécnico, da una riqueza perceptiva extraordinaria a la obra.

Foto Jesús M. Atienza
A su vez, el trabajo como actrices de las dos titiriteras cuando aparecen con sus trajes estirados de ‘personas de poder’ es excelente, refinado y sutil, sin caer en fáciles estereotipos gestuales, con unos números coreográficos de gran efecto, indicándonos la alta calidad de las dos actuantes.
El espectáculo termina despejando ya cualquier duda que pudieran tener los espectadores respecto a los contenidos tratados, al pasar de lo visual indirecto a lo directo explícito con lectura incluida de manifiesto, lo que despertó el entusiasmo del público joven de la sala, entregado a una temática que sufren en su propia carne y que llenó de cabo a rabo la sala del Ateneu 9 Barris.
Un éxito rotundo que muestra una vez más el buen savoir faire de estas dos excelentes titiriteras: Joana Vulart y Ura Vidal.
Trigedias de Amor y Cuernos, a cargo de Iñaki Juárez
El Ròmbic es un festival que suele sorprender a su público con propuestas cercanas al cabaret, sin asustarse por las incorrecciones de los artistas que gustan de ellas. Por regla general, tienen lugar en la gran sala de entrada donde se encuentra el bar, una especie de ancho vestíbulo que permite acoger mesas, una buena cantidad de espectadores y un escenario sin demasiado aparato técnico. Un ambiente informal pues, que incita a los retorcimientos diferenciales.

El Bululú servido por el titiritero David Laín. Foto Jesús M. Atienza
Para esta 12ª edición, se remató la primera jornada con la aparición de un bululú ciego armado de un bastón y unas potentes gafas negras que irrumpió por la parte trasera con una copa de vino en la mano, saltando de mesa en mesa mientras se deleitaba en recitar las suculentas Coplas al Vino del poeta chileno Nicanor Parra.
He aquí algunos de sus conocidos versos:
…
El vino tiene un poder
que admira y que desconcierta
transmuta la nieve en fuego
y al fuego lo vuelve piedra.
El vino es todo, es el mar
las botas de veinte leguas
la alfombra mágica, el sol
el loro de siete lenguas.
Algunos toman por sed
otros por olvidar deudas
y yo por ver lagartijas
y sapos en las estrellas.
…
Y como no podía ser de otro modo, el Bululú ciego predicaba con el ejemplo, vaciando varias veces el vaso de vino que los espectadores tenían que llenarle. Una oda a los efectos sanatorios y libertarios del vino recitada por uno de los más humildes personajes de nuestro Ruedo Ibérico: el titiritero.

Foto Jesús M. Atienza
Pero claro, este titiritero ambulante no salía de la nada. Venía en realidad de Zaragoza, del Teatro Arbolé más concretamente, siendo su nombre civil Iñaki Juárez, un maestro fabulador de mil cuentos y uno de los padres de Pelegrín, este nuevo polichinela ibérico que corre por las aldeas hispanas del Camino de Santiago.
La cuestión es que el titiritero vestido de Bululú alcanzó finalmente el pequeño escenario que le habían preparado y allí nos recreó con la escena de los títeres de la primera parte de Los Cuernos de Don Friolera, una de las obras donde mejor se define el esperpento inventado por Don Ramón del Valle-Inclán. En esta escena, que tiene a Don Manolito y a Don Estrafalario de espectadores, el Compadre Fidel, como lo llama la obra, pone al límite el drama melodramático de los celos del Teniente Friolera, que acaba en asesinato. El Bululú, al llevarlo a los extremos, fija una estética y un proceder que admira a aquellos dos intelectuales anarcoides y vagabundos que recorren las Españas, con ánimos de entender los espíritus que las habitan.

Foto Jesús M. Atienza
Una representación de tonos truculentos, con escenas salvajes, atroces y tremebundas, de esas que solo pueden presentarse con títeres y ante audiencias cómplices y que en cierto modo buscan lo mismo que buscaban Don Manoñlito y Don Estrafalario. O ante públicos culturales obligados a inclinarse ante nombres como Valle-Inclán o García Lorca.
Porque la siguiente obra que presentó Iñaki fue el Retablo de Don Cristóbal de Federico García Lorca, en su versión más truculenta y disparatada, con las maldades y la picardía de los personajes elevadas a sus máximas potencias.

Foto Jesús M. Atienza
Todo ello lo hizo el Bululú sin renegar de su Oda al Vino, es decir, sin dejar de beber el caldo rojo salido de las uvas del país, ese que cuando se bebe con inspiración sincera, sólo puede compararse al beso de una doncella…, según palabras de Don Nicanor Parra.

Foto Jesús M. Atienza
El público del Ròmbic, preparado por definición a las incorrecciones propias de los escenarios alternativos, sufrió el impacto de este nuevo tipo de incorrección desvergonzada que podríamos llamar popular-dicharachera, que el de Zaragoza no se privó de retorcer a sus extremos más dionisíacos y retóricos, en la dirección marcada por la estética valle-inclanesca propia del Bululú que es el esperpento.
Una sesión, pues, que colmó las ansias de más del respetable y que deleitó a los que gustan de las salidas de tono puestas en un escenario. Los responsables del Festival sonreían satisfechos.