(San La Muerte con Luciano Mansur, en el rol de Víctor Frankeinstein. Foto Jesús M. Atienza)

Iniciamos con esta entrada las crónicas del Ròmbic 2026, el Festival de Titelles para Adultos de Barcelona, organizado por la Associació Titellaires de Roquetes, el Ateneu 9 Barrios, el Teatre La Puntual y la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal. Un festival que este año llega a su 12ª edición con un programa más que excelente, pues todos los títulos presentados han sido memorables y de una muy alta categoría.

En esta primera crónica hablaremos de la exposición de fotografías Dones i Mans de Jesús M. Atienza, y del primero de los espectáculos vistos el viernes 10 de abril: Proyecto Frankenstein, a cargo de Luciano Mansur con dirección de Román Lamas.

En una segunda crónica, trataremos los siguientes títulos: Entresol 1era, de la compañía catalana La Dona Calba, con dirección de María Castillo; y Trigedias de Amor y Cuernos, a cargo de Iñaki Juárez, histórico titiritero del Teatro Arbolé de Zaragoza.

En la tercera crónica nos centraremos en Clàssics del marionetista catalán Jordi Bertran; y Manékine, de la compañía francesa La Pendue.

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Exposición de fotografías de Jesús M. Atienza

Ya es una tradición que Jesús M. Atienza, el también llamado fotógrafo de los títeres, presente una exposición en los espacios de entrada y en este caso también en la gran sala donde se encuentra el bar del Ateneu 9 Barris y donde se suelen realizar actuaciones (como la que nos ocupa en esta crónica).

Primera foto de grupo de ‘Dones i Mans’. expuesta en la Sala Fènix en noviembre de 2016

En esta ocasión, Atienza ha colgado la colección entera de su exposición Dones i Mans (Mujeres y Manos) cedidas por el autor a la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal, que es quién las gestiona. Una muestra excepcional de todas las mujeres titiriteras que hay y ha habido en Cataluña en las últimas décadas, que son muchas.

Fotografías de ‘Dones i Mans’ de Jesús M. Atienza expuestas en la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal en noviembre de 2025. Foto Atienza

Una exposición condenada a ir creciendo año tras año, dado el aluvión femenino que está ocupando los primeros lugares del oficio titiritero en estos lares. Lo hemos podido comprobar en esta edición del Ròmbic, cuando la joven compañía catalana que ha estrenado espectáculo, La Dona Calba, está compuesta por dos jóvenes titiriteras, Ura Vidal y Joana Vulart, con dirección de escena de María Castillo y espacio sonoro de Matea Botella.

Fotografía de Mariona Masgrau en la exposición de la Sala Fènix en 2016. Foto T.R.

Como podemos ver, la presencia femenina, antes excepcional, hoy se impone por toda la geografía titiritera del país y de Europa, con un protagonismo cada vez más acentuado.

Atienza ha estado presente en este Ròmbic y serán sus imágenes las que acompañarán las tres crónicas del Festival.

Proyecto Frankenstein

Abrió el Ròmbic este espectáculo llegado de La Argentina que se sale de las casillas habituales de las obras al uso, al juntar un compendio de elementos que van desde el más puro y simple espectáculo de títeres de este género que podríamos llamar de desdoblamiento (Doble Interpretación Simultánea, la llama su artífice, el actor Luciano Mansur), pero que a su vez forma parte de un profundo estudio analítico y ejecutivo realizado por Mansur alrededor de la obra de Mary W. Shelley, como trabajo final de sus labores académicas en la Licenciatura de Artes Escénicas focalizadas en la especialidad de Teatro de Títeres y Objetos, de la Universidad Nacional de San Martin (UNSAM), en Buenos Aires, estudios que actualmente dirige el titiritero Javier Swedzky.

San La Muerte se impone a Víctor Frankenstein. Foto Jesús M. Atienza

Circunstancias que nos hablan, en primer lugar, del alto grado de las exigencias y del desarrollo de las enseñanzas titiriteras en Argentina, con un profesorado de alto nivel -con personas como el mismo Swedzky, Tito Lorefice, Ana Alvarado, Hernesto Mussano o Alejandro Bracchi, por solo citar a algunos-, estudios que no se limitan a la mirada hispanoamericana sino que mantienen constantes lazos con otros centros europeos, como es el caso del de Charleville-Mézières, además de invitar constantemente a profesionales del mundo entero.

Por no hablar de otras realidades no académicas pero igual o aún más importantes, como es el legado dejado por los hermanos Héctor y Eduardo Di Mauro, y titiriteros de la talla de Javier Villafañe, Ariel Bufano, Roberto Espina, Guaira Castillo, los Chon-Chon o Quique di Mauro, que con sus publicaciones ha recogido buena parte de este legado.

Una realidad que, a pesar de las dificultades económicas y políticas actuales de la Argentina, mantiene en pie su prestigio de ser un país teatral por excelencia, como el mismo espectáculo comentado nos ilustra.

La adaptación

Pero vayamos al grano y centrémonos en Proyecto Frankenstein. Por de pronto, lo acertado y oportuno de tratar semejante tema. Un caso esencialmente marionetístico y actualísimo, al plantear Shelley un drama que se anticipó en más de un siglo al mundo de hoy, manifestando esta pulsión esencial de los humanos en desdoblarnos en figuras y seres diferentes que nos representen y nos sirvan para el desarrollo de nuestros imaginarios o simplemente para las faenas prácticas de la vida moderna, como pretende la juguetería robótica en curso.

Con el Ciego y el ‘engendro’. Foto Jesús M. Atienza

Algo que los titiriteros venimos haciendo desde hace siglos y milenios: servirnos de los múltiples despojos y materiales que nos rodean para crear figuras animadas con nuestras manos o, en el caso de los autómatas, por maquinarias más o menos complicadas. Pero Shelley da un paso más y su personaje, Víctor Frankenstein, hijo de los delirios de nuestra época, ya no se contenta con simples materiales de desecho, sino que, tras cruzar esa frontera ética que otorgaba sacro respeto a los difuntos, se hace eco de la deshumanización galopante que las grandes guerras del siglo XIX provocaron, con millones de muertos esparcidos por toda Europa, que aprovecha para recoger múltiples despojos humanos con el fin de crear a un ser nuevo de carne y hueso, hecho de partes del cuerpo de los muertos, para insuflar en ellos vida.

Una faena que el titiritero Víctor Frankenstein realiza bajo el amparo del pretexto científico, recorriendo los cementerios y los campos de batalla abandonados para hacerse con cuerpos que mutila y recompone a su gusto y capricho.

El ‘engendro’ y el Ciego. Foto Jesús M. Atienza

A todo ello es fiel la propuesta de Mansur y Lamas, aunque lo sitúa en el contexto sudamericano, al introducir otro elemento también profundamente marionetístico, como es la efigie de San La Muerte, ese santo popular venerado en algunas regiones de la Argentina, de Uruguay y otros países del cono sur: la mismísima Muerte. Figura de culto no aceptada por la Iglesia pero que cada día goza de mayores fieles y cuya devoción se extiende por toda América.

Víctor Frankenstein le pide a San La Muerte que insufle el aliento de vida a su monstruosa criatura, a su títere hecho de carne humana apedazada, figura grotesca que lleva consigo en su huida hacia los delirios de la creación aberrante de vida. Frankenstein da por supuesta aquí esa íntima comunión entre Vida y Muerte, pues el aliento de Vida solo puede venir de su fuente, la Muerte -cara doble de la Vida-. Una unión de los opuestos que garantiza la inmortalidad al nuevo ser así engendrado, según nos dice la misma Shelley en su novela.

Una contextualización argentina de la novela de Shelley, la de San La Muerte, que se complementa mediante el lenguaje empleado, lleno de localismos y de juegos de palabras y referencias a realidades del país.

El monstruo frente al ‘pequeño William’. Foto Jesús M. Atienza

Y aquí empezamos a ver la propuesta titiritera de Luciano Mansur, cuando la efigie de San La Muerte cobra vida, fundiéndose su cuerpo con el de Víctor, en esta técnica de manipulación del ‘teatro desdoblado’, o de la Doble Interpretación Simultánea, que maestros como Neville Tranter pusieron en las mesas de la creación teatral en los años 80 y 90 del siglo pasado, o el mismo Duda Paiva, discípulo de Neville, que ha llevado aún más lejos la técnica de fundir en uno los cuerpos de las dos figuras puestas en comunión: la humana y la material.

Por cierto, en España tuvimos la experiencia de Miquel Gallardo, siempre bajo la dirección de María Castillo, que alcanzó altísimos niveles en sus trabajos en esta técnica, con montajes antológicos como Don Juan o Hamlet, unos trabajos que han quedado como una de las cumbres de la historia titiritera tanto europea como barcelonesa.

Foto Jesús M. Atienza

En el trabajo de Mansur y Lamas, la ejecución de la técnica del DIS (Doble Interpretación Simultánea, siguiendo la terminología aplicada por Mansur) se junta como anillo al dedo a la temática de la obra de Shelley, de modo que el personaje principal, el científico Víctor Frankenstein, se funde impecablemente tanto con San La Muerte como con el monstruo de los despojos humanos dotado de vida que exige a su creador sus deberes de ‘padre de la criatura’. A los dos personajes ‘exteriores’, el Ciego que enseña a hablar al engendro, y a William, el hermanito de Víctor que sacrifica aquél como venganza de su abandono, los autores los han creado como marionetas, que participan del registro grotesco de la obra, especialmente el hermanito, brutalmente descoyuntado por el ser apedazado que le ha dado muerte.

Como podemos ver, una obra centrada en la dualidad Vida/Muerte, cuando ambos estados se funden en la invivible paradoja de ser las dos cosas al mismo tiempo. Algo consubstancial a la propia condición humana, pues desde que nacemos ya tenemos inscrito el día y la hora de nuestra muerte, una realidad que olvidamos desde la cuna. Y que también es consubstancial a la condición titiritera, un trozo de materia inerte, madera muerta de un árbol caído, a la que damos vida mediante la figuración, la voz y el movimiento.

Luciano Mansur posa junto al maniquí prestado por la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal para encarnar al personaje de Elisabeth, la prometida de Frankenstein. Foto Jesús M. Atienza

Y es la confluencia de estas dos paradojas esenciales lo que hace tan interesante y profundo el trabajo de Mansur y Lamas. Profundo y difícil de digerir, pues no hay paradoja más inquietante que aceptar esta dualidad ontológica de ser los dos opuestos más radicales del Ser Humano a la vez: el nacer y el morir, la Vida y la Muerte. Y por ello mismo, tan útil, insurrecto y provocador, cuando bien sabido es que los públicos en general solo aceptan que el espejo del teatro les muestre imágenes dulces o al menos benignas o supuestamente edificantes, con alternativas claras ‘entre lo uno y lo otro’, entre ‘lo bueno y lo malo’, sin que los opuestos se solapen, y no las brutales paradojas de las oposiciones esenciales de nuestra condición humana en íntima comunión simultánea.

Hay que decir que el público del Ròmbic, tradicionalmente abierto a las propuesta más radicales e innovadoras del género, acogió con fervor la obra, que siguió en un silencio casi sacro, algo estupefacto por las dimensiones profundas y desconocidas de lo que se estaba planteando, para irrumpir finalmente en unos emotivos aplausos, entregados a la labor, la entrega y el buen hacer de Luciano Mansur.

Portada del libro de Luciano Mansur

Se entiende también que la enjundia de la propuesta haya derivado en un libro editado por Funda/mental Ediciones, en el que se publican las opiniones de los autores, Luciano Mansur y Román Lamas, el texto entero de la obra, los comentarios de algunas personas que han seguido el trabajo, como Ana Alvarado, Analía Fedra García o Javier Swedzky, más el estudio entero realizado por Luciano Mansur. A destacar el ingente trabajo de autorreflexión y de desarrollo teórico realizado por Mansur en este estudio, donde discurre con lenguaje a la vez académico y titiritero, sobre el proyecto realizado con detallados análisis y explicaciones sobre la técnica del teatro de desdoblamiento o de Doble Interpretación Simultánea utilizada.

Si, en efecto, una propuesta que justifica plenamente el título del espectáculo: Proyecto Frankenstein.