Acabamos con esta última crónica nuestro recorrido por el Ròmbic 2026, el Festival de Titelles para Adultos de Barcelona, que organiza la Associació Titellaires de Roquetes, el Ateneu 9 Barrios, el Teatre La Puntual y la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal.
Como ya hemos manifestado en cada una de las sucesivas crónicas, el festival, que este año llega a su 12ª edición, ha presentado un programa excelente, con títulos y compañías de mucho empaque, unas nuevas y otras más veteranas.
En esta tercera hablaremos de Clàssics,del marionetista catalán Jordi Bertran; y de La Manékine, de la compañía francesa La Pendue.
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Clàssics, de Jordi Bertran
Fue un verdadero gustazo para el público del Ròmbic que llenó de cabo a rabo la sala del Ateneu 9 Barris, asistir a una representación de este ‘clásico’ y veterano marionetista actuando con sus marionetas de hilo, regresando de algún modo a sus inicios, en una especie de selección-depuración de sus números más queridos y admirados bajo este título genérico de Clàssics.
Pero lo curioso del caso es que, aun conociendo bien su trayectoria y sus espectáculos, Jordi Bertran tiene la extraña virtud de sorprenderte siempre como si fuera la primera vez que asistes a un espectáculo suyo. Como lo conozco bien, he llegado a la conclusión que el motivo de esta frescura radica en sus peculiares condiciones de persona echada palante, en su virtuosa naturalidad frente al público y en una vena de cómico que se ha paseado por todos o casi todos los escenarios del país y de tantos lugares del mundo mundial. Sea lo que fuere, la cuestión es que el espectador, esté curtido o no en su trabajo, cae bajo un hechizo hecho de llana espontaneidad más unas sofisticadas dosis de envidiable campechanía.

Jordi Bertarn. Foto Jesús M. Atienza
En esta ocasión, hubo sorpresa inicial, cuando el titiritero se plantó delante del público y explicó, con palabras francas y sencillas sus inicios en las artes de Talía.
Jordi Bertran nos contó de dónde venía y cómo se había iniciado en el mundo de los títeres. Nos detalló cómo sus padres regentaban una tienda de prêt-à-porter en las galerías Gondal, situadas en una de las calles que conducen a la calle Nou de la Rambla (antes Conde del Asalto) de Barcelona, en pleno barrio Chino (ahora el Raval). Su madre confeccionaba, cosía y arreglaba la ropa de quienes acudían a la tienda, y su padre, con una gran maleta, actuaba como representante de las prendas confeccionadas por la casa. Una pequeña tienda que daba trabajo a muchas costureras del barrio. A medida que fue creciendo, Jordi acompañaba a su padre en sus visitas y viajes, con las maletas llenas de ropa para vender. Incluso habló de unos clientes que tenían su tienda en el Verdum, muy cerca de donde se encuentra ahora el Ateneu 9 Barris.
Hasta que un día se topó en la calle con el titiritero Pepe Otal y su Grupo Taller de Marionetas. Como si se tratara de una revelación, lo dejó todo y se unió a esta compañía de artistas más bien desharrapados que actuaban en plazas y calles de la ciudad y pasaban el sombrero.

Foto Jesús M. Atienza
Con el paso de los años, la tienda cerró y la situación se invirtió: en lugar de ser él quien ayudaba a sus padres, fueron ellos quienes le ayudaron a él: su madre confeccionaba el vestuario de los títeres y su padre, que era un excelente contable, llevaba las cuentas de la empresa de su hijo. Por eso explicó que este espectáculo, titulado Clásicos y realizado con algunas de sus primeras marionetas de hilo, era un homenaje a sus padres.
Este relato cautivó al joven público del Ateneu, que se entregó de inmediato a la franca personalidad del marionetista. Un regalo que no todos los artistas del escenario otorgan a sus espectadores.

Foto Jesús M. Atienza
Empezó con el número de Louis Armstrong con la trompeta, uno de sus títeres más exitosos, que cobra vida con movimientos sutiles y sencillos. Continuó con el viejo cantante punk-roquero, siempre pasado de rosca, el cual, a pesar de su edad y de su artritis, sigue en plena forma, loco y divertidísimo. A continuación basculó el espectáculo hacia una sinuosidad más lírica con sus dos Damas del Universo que bailan las transiciones entre el día y la noche, entre el ying y el yang. Regresó la comicidad con el atribulado pero decidido Faquir que se clava agujas en el cuerpo para luego partirse en dos.
Regresó la poesía con uno de sus mayores éxitos, la marioneta de Pep Bou, el hombre de las burbujas, número estrella de Bertran, que maravilló a los espectadores que ya lo conocían, pues uno no se cansa nunca de verlo, y a los que no lo conocían, mayoritario al estar lleno de juventud.

Foto Jesús M. Atienza
Y para terminar, nos deleitó con uno de sus números más exitosos, su famosa Muerte que se levanta del sarcófago al oír una música que la hace bailar. Se trata del conocido esqueleto que se disloca, que aprendió de Pepe Otal, quien a su vez lo aprendió de Tozer, siguiendo esta tradición que casi se ha convertido en un sello distintivo de los titiriteros catalanes, que siempre incluyen a la Muerte, ya sea en hilo, en guante o en varilla, como uno de sus personajes emblemáticos.

Foto Jesús M. Atienza
Un número que Bertrán bordó, demostrando ser uno de los mejores manipuladores de hilo que existen en nuestros lares.
El público se levantó en pie para premiar a este clásico marionetista catalán maestro del hilo.
La Manékine, de La Pendue
Sin duda la presentación del último espectáculo de esta conocida compañía francesa fue el broche de oro con el que acabó el Ròmbic de este año 2026. Una obra de ‘palabras mayores’ como ya nos tiene acostumbrada Estelle Charlier actuando junto al músico y performer Martin Kaspar Orkestar, con dirección de la misma Estelle y Romuald Collinet.

Foto La Pendue
No es fácil para una compañía que ha alcanzado enormes éxitos en sus dos primeros espectáculos, Poli Dégaine (2004) y Tria Fata (2015), conseguir igualar sino superarse en el tercer título estrenado en 2024, La Manékine. Y es que La Pendue es de estas compañías que en vez de adaptarse al mercado ha conseguido que sea el mercado el que se adapte a ella. Es decir, cocinar sus espectáculos con el tiempo, las energías, las colaboraciones y el aliento necesarios para conseguir, con la indispensable finezza, lo que se está buscando.
El punto de partida -y de llegada- es el cuento, truculento a más no poder, de los Hermanos Grimm titulado La Doncella sin manos. En él, un molinero, acosado por el Diablo, se ve obligado a cortar las manos de su hija para salvarse él de caer en las garras del infierno. Un argumento tremendo, nada fácil de dejarse situar en un escenario. En esta historia, las posiciones morales están definidas de antemano y de un modo muy claro. ¿Cómo tratarlo entonces?

Foto La Pendue
Creo que La Pendue opta por explorar y encontrar lo que podríamos llamar una actitud de ‘sensibilidad moral’ que no tiene más remedio que partir del cero, de la nada más absoluta, para desarrollar desde aquí caminos de vida sin dejarse vencer por el desaliento. ¿Acaso privar a alguien de las manos, los instrumentos básicos del ‘hacer’ de los humanos, no es lo que más se parece a una muerte en vida, a la impotencia más absoluta, al carecer de lo que nos ha hecho humanos? Pero lo hace La Pendue desde la sensibilidad y la delicadeza más absolutas, sin renunciar al dolor ni a la desolación, pero desarrollando un sexto sentido vital que permite a la Manékine (así se llama la niña sin manos) saber en quién puede confiar, a no rendirse en su deseo de vivir, a aceptarse en sus radicales carencias. Unos dones que nunca vienen regalados sino por los que debes pelear a vida y muerte. Especialmente cuando a su recorrido vital se le suma la maternidad.

Foto La Pendue
El mismo cuento da con la metáfora perfecta al otorgar a la Manékine dos manos de plata, el premio simbólico a no haber desfallecido en su terrible afirmación de vida.
Como también ocurría en Tria Fata, donde el personaje principal se enfrentaba a la Muerte y le exigía un tiempo para poder ‘terminar sus cosas’, la Manékine se enfrenta todavía a algo peor, esta muerte en vida de carecer del poder de las manos, vapuleada por el Mal simbolizado por el Diablo, y condenada a un estado de ‘no hacer’ que sin embargo debe sustituirse por un tipo de ‘hacer’ que se apoya sobre la base de su imposibilidad de hacer nada con las manos. Un estado constante de vida-muerte, de acción-inacción, una paradoja esencial que debe resolver para seguir viviendo, sin perder la dignidad.

Foto La Pendue
Y es aquí donde brilla la interpretación de Estelle Charlier, capaz de encarnar este estado de ánimo tan difícil y especial, esta ‘sensibilidad moral’ que sabe mantener la dignidad en la desdicha. Lo consigue mediante sus imponentes dotes de actriz titiritera, que sabe sacar todo el jugo a los sutiles juegos teatrales del desdoblamiento visual, más la ayuda del músico y ‘actor camuflado’ Martin Kaspar, que crea los ambientes sonoros necesarios para que fluya el cuento, junto a los juegos de luz y de las imágenes proyectadas.

Foto La Pendue
Un trabajo exquisito, lleno de imágenes impactantes, matices y silencios, y que tuvo a los espectadores atrapados en un estado cargado de emoción, la cual estalló al acabar la obra en una cascada de bravos y aplausos.
Como dice la misma Estelle Charlier en su programa: Ser las manos de este drama en el que se juega la conquista de la libertad de actuar y de amar me parece un reto artístico apasionante. Un reto del que La Pendue puede sin duda honrarse.
La Martin Kaspar Orkestar
En el bar del Ateneu, subió a su pequeño escenario Martin Kaspar armado con sus instrumentos de hombre orquesta, una de las especialidades con las que se ha prodigado este músico polifacético en sus viajes por el mundo.

Foto Jesús M. Atienza
Lo pudimos ver aquí desatado de sus dependencias teatrales, en una faceta de animador musical que hizo las delicias del público el cual, tras la emotiva representación de La Manékine, se relajaba con una cerveza o una copa de vino mientras comentaban la velada.

Foto Jesús M. Atienza
Martin llenó el amplio hall de ritmos y melodías festivas, tocando con las manos un clarinete, o un saxo soprano, mientras su cuerpo, mediante una sincronizada acción de brazos, piernas y giros de cabeza, se entretenía con esta curiosa batería adosada que son sus instrumentos de percusión, que le permite moverse y desplazarse con ella.
Un final perfecto de fiesta y festival de este Ròmbic 2026.