Pelegrín, el conocido héroe polichinesco de Aragón, que Iñaki Juárez, de la compañía Arbolé, sacó un 23 de abril de 1983 a la luz del día, ha cumplido este año su treinta aniversario. Se celebró en abril como Dios manda en Zaragoza, en el flamante teatro que Arbolé tiene en la capital de Aragón, con una exposición que le hizo honores, y ahora nos llega a Barcelona el personaje, bien servido por dos de sus humildes manipuladores, el mismo Iñaki Juárez y Pablito Girón. Lo pudimos saludar y felicitar el domingo pasado, durante las Fiestas de la Mercè, en La Puntual de Eugenio Navarro.

Iñaki Juárez y Pelegrín
Iñaki Juárez y Pelegrín

Treinta abriles no los cumplen todos los personajes titiriteros. Hace falta para ello que el agraciado tenga fuste de Polichinela, que sus fieles servidores tengan las cualidades del tesón, y que la suerte les acompañe a todos. Tras la función que vi en La Puntual, con un pletórico Iñaki Juárez que con los años parece haber encontrado este punto dulce que da la madurez de la experiencia, el amor por su arte y unas dosis fuertes de tozudez maña, supe, charlando con el titiritero, que Pelegrín no salió de la nada sin  más, sino que su origen se halla envuelto entre nieblas de leyenda, concretamente las que habitan en el Valle de Carrión, en el Pirineo Navarro. Por lo visto, fue en este escenario montaraz, en el que se cruzan los Caminos de Santiago que vienen de Francia y de Aragón, donde los de Arbolé pescaron al vuelo de unas charlas entre viejos lugareños, el nombre de Pelegrín. ¿Antiguos titiriteros de la legua que tras recorrer los Caminos de Europa recalaron y se establecieron en estas tierras regadas por el Esca?… Quizás. Otros hablan de orígenes más lejanos y misteriosos, mientras lanzan discretas miradas de reojo al Dolmen de Arrako y al cromlech que lo rodea, en las campas de Belagua o las de Roizu… Algunos viejos murmuran de vez en cuando su nombre, con pícara sonrisa en los labios, como si les recordara hazañas díscolas de la juventud…

Arbolé

Sea como sea, Arbolé se hizo cargo de este oscuro legado que les llegaba de la nada, y lo convirtieron en el Pelegrín que todos conocemos. ¿Su característica principal? La ambigüedad, contesta sin pestañear Iñaki Juárez. Por eso es tan querido, porque nos representa en nuestras virtudes y en nuestros defectos. En unas ocasiones es valiente como un héroe de los de antes, en otras, cobarde como un villano de los de hoy. Es bravucón pero tiembla a la primera. Llora y ríe, es el más refinado de los caballeros pero a su vez el más rudo de los hombres de la calle. Feo y guapo. Fiel amante y bellaco Don juan. Es, en definitiva, un perfecto antihéroe.

Le pregunto sobre el repertorio de sus aventuras, y me contesta Iñaki que es extenso, quizás más de treinta obras (tantas como abriles, pienso). Destacan algunos títulos, como la Olla y el Diablo, Pelegrín y el Dragón, La Calle de los Fantasmas (esta és la obra que vi en La Puntual, basada en la hermosa obrita de Javier Villafañe), el Paseo de Pelegrín, Las Tres Pruebas. De Pablito Girón es El Caballero Negro.

Iñaki Juárez y Pelegrín
Pelegrín con su amigo Guignol, que en la obra de Arbolé ejerce de presentador.

En la época del Franquismo, cuando Cristobita desapareció misteriosamente del mapa (se dice por ahí que los derechos de autor del Don Cristóbal Polichinela se los quedó el mismísimo Dictador, ansioso de tener el monopolio cachiporrero del país) y nuevos héroes lo substituyeron por las aldeas y las ciudades de Aragón -el Gorgorito de Maese Villarejo, Chupagrifos o Pedrito Garrote-, Pelegrín vino a insuflar nueva savia a los héroes tradicionales. Iñaki juárez, su compañera Carmen, y los demás tiririteros que estuvieron en el Arbolé de aquellos años primerizos, pertenecen ya a una generación que mamó de las revueltas de finales de los sesenta y de los setenta en Europa, con lo que Pelegrín  pronto se contaminó del espíritu ácrata y rebelde de sus humildes manipuladores. Nuevas energías que son las que lo han lanzado al pleno siglo XXI, donde al parecer sigue con muchas ganas de dar guerra.

Cuenta Iñaki que manejando a Pelegrín aprendió no pocos secretos del arte de los títeres. En concreto, relata como el fenómeno de la relación con el público es a todas luces parejo al mismo arte del toreo. Su teoría está basada en los tres principios tauromáquicos por excelencia:

– parar
– templar
– mandar

Es decir, 1- parar a los niños (al toro) para que no se desboquen y se impongan al diestro o maestro titiritero, 2- templar que significa engatusar al público para que no descubra el engaño, y 3- dirigir a los niños, es decir al astado, hacia donde queremos llevarlo. Un arte que Iñaki borda por lo general, siempre y cuando tenga un buen público en la sala -como ocurre con los toros, que no siempre las ganaderías son buenas. En las funciones de La Puntual, podemos decir que el titiritero mereció llevarse unas cuantas orejas y más de un rabo, que le fueron entregados indirectamente a través de los aplausos del público, cálidos y entusiastas, pues en Barcelona el toreo está prohibido, pero no los títeres, a Dios gracias.

Iñaki Juárez y Pelegrín
Pelegrín con María.

Desde Titeresante queremos felicitar a Pelegrín e insuflarle ánimos en su empeño polichinesco, con la ilusión puesta en el siglo XXI que empezamos: al ser un siglo tan dramáticamente anubarrado, es lógico pensar que surjan del mismo nuevos héroes con ganas de pelea, o se mantengan los viejos que hayan sabido adaptarse a las nuevas tensiones y descalabros civilizacionales. Seguiremos pues atentos a sus pasos afín de dar testimonio de sus hazañas y donaires, si los hubiere, que los habrá. ¡Larga vida a Don Pelegrín!

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