Desde Lleida, durante el fin de semana de la Fira de Teatre de Titelles, ya publicamos una noticia en la que subrayábamos la alta calidad de los espectáculos que se habían programado (ver también este sobre los encuentros profesionales). Y avisábamos: los varios jurados de los premios Drac d’Or, entregados la noche del domingo en el acto de clausura de la 23ª edición, no lo tenían fácil. Ayer se publicaron oficialmente las actas de los galardones que reconocen las distintas facetas del trabajo de creación de los artistas invitados. En conjunto, el espectáculo mejor valorado fue Poli Dégaine, de la compañía francesa La Pendue, que recibió el Drac d’Or al mejor espectáculo, el Drac d’Or de las Autonomías y una Mención Especial del premio internacional del certamen.

La Pendue

La Pendue pone en escena una versión cañera del Polichinela tradicional. Es decir, una recuperación de la transgresión original del títere, de su humor negro y de su absoluta irreductibilidad. Presentado con una estética posible dentro de lo punk, esta compañía actúa con un teatrín de madera y tela y se adapta perfectamente tanto a la vida nocturna de un café teatro como a la intemperie. Pero no sólo eso: los cuadros de la obra Poli Dégaine han sido ensayados y pulidos hasta el último detalle, cada escena es un baile de títeres milimetrado para mantener el ritmo, la tensión y la locura que hacen que la dramaturgia, inspirada en la tradicional, sea totalmente vigente hoy en día.

Non Nova

 

Otra obra que ha acumulado varios galardones ha sido L’après-midi d’un foehn Version 1, de la compañía Non Nova, también franceses. Drac d’Or internacional y Drac d’Or a la propuesta más innovadora, el jurado ha valorado sobre todo “la manipulación sin intervención directa del titiritero”, lo que permite poner en escena una obra sobre la fragilidad de lo que anima la existencia. Y hay que decirlo con estas palabras, ya que se trata de una obra intencionadamente trascendente, pero en absoluto inasequible. Tiene el gran mérito de seducir al espectador operando un pequeño ritual mágico: en una pista circular, alrededor de la cual se sienta el público, unas sencillas bolsas de plástico retocadas a base de tijeras y celo para darles forma humana, toman vida y bailan, primero a ras de suelo y luego despegando y volviendo a bajar lánguidamente al centro de la pista. La intensidad del baile y la forma de los giros, la manipulación de estos objetos tan ligeros, es controlada por un actor desde detrás de una mesa a través de potenciómetros que regulan la velocidad de los ventiladores que rodean la pista. Sencillo pero muy efectivo.

El Drac d’Or de escenografía fue para la compañía de Castilla y León Baychimo Teatro. Debo reconocer que, por razones de horario, no pude ver la obra Todos sus patitos, pero la escenografía y la evocación de la música de  este vídeo me dan ganas de cara a futuros festivales. Según la compañía, con este espectáculo quieren compartir un material que sirva de experiencia común a partir de las vivencias de todas las personas que se encuentran en la sala, tanto los actores manipuladores como el público. El bosque como elemento compartido deviene abstracto para tomar la misma distancia con todos y, así, convertirse en un espacio inventado para jugar y crear un momento nuevo, presente, a partir de los sonidos y las imágenes.

Para mi desgracia, tampoco llegué a ver That’s the story of my life, de la compañía Macarena Recuerda Shepherd, que fue galardonado con el Drac d’Or de dramaturgia. Curiosamente, durante la Feria, me llegaron pocas voces de él; en cualquier caso, tendremos la oportunidad de ver la última producción de esta compañía de vanguardia, Greenwich Art Show, en el Festival NEO, que comienza hoy mismo.

Ponten Pie

El espectáculo Copacabana, de la compañía Ponten Pie, obtuvo el reconocimiento del jurado y fue galardonado con el Drac d’Or de interpretación. En efecto, Copacabana es el montaje en el que más protagonismo tienen los titiriteros de entre todos los programados en esta edición de la Feria (con la excepción, quizá y sólo quizá, de Clinc!, de Pep Bou). El espectáculo recrea un restaurante decadente al que, por sorpresa, llega el público. El estrés inicial de los tres restauradores no baja en ningún momento y es el hilo conductor de las peripecias que pasan para hacer comida para todos. Los elementos escenográficos, de Jordi Dorado, tienen una calidad estética y práctica incuestionable; el espacio del restaurante teatro es agradable a pesar de las estrecheces y las barras de bar y mesas convertibles en teatrillos para los títeres objeto —que actúan poco, para mi gusto— tienen una mecánica muy eficaz. Ahí se mezcla el lenguaje circense, evocado en la decoración del local como si los protagonistas fueran los descendientes de una familia que ya ha dejado atrás los tiempos de gloria artística. De hecho, los tres ejecutantes actúan mucho más como payasos que como titiriteros. Y en la función que vi —tengo que decirlo—, el lenguaje del trío de payasos no acabó de articularse: Sergi Ots, en la figura de carablanca histriónico, no daba pie a sus acompañantes para que concluyeran los gags; la vis cómica de Natalia Méndez, actuando como primer augusto, sonaba con sordina, y no quedaba casi nada para rematar para Emilie de Lemos, que, en aquel contexto, habría podido ser una contraaugusto hilarante.

Y un último premio, otorgado por la Asociación de Espectadores, al Mejor Espectáculo de calle, que recibió Roberto White por su Criaturas particulares. Aunque de este montaje ya hablé en su momento (clique  aquí para leerlo), no puedo dejar de subrayar la gracia en la manipulación, el uso de varias técnicas corporales y el “alma” que consigue dar a todos sus personajes. Según el escrito del jurado, precisamente, este fue un factor decisivo, y define como excelente la “caracterización conseguida con elementos sencillos”.

Centre de Titelles de Lleida

Decía al principio del artículo que la deliberación para entregar cada uno de los premios no debió ser fácil. Me reafirmo: Julieta Agustí y Joan Andreu Vallvé, responsables del Centre de Titelles de Lleida y de la programación de la Fira, conscientes del reclamo popular que tiene el evento y sensibles, por tanto, a la exigencia de calidad que de él se espera, apostaron por espectáculos de alto nivel estético, en el sentido más noble de la palabra. Y me imagino que podría justificarse fácilmente que cualquiera de los espectáculos que no recibieron ningún galardón, lo hubieran obtenido.

Empezando por la reposición de Gúlliver al país de Lil·liput en el marco vigésimo quinto aniversario del Centre de Titelles de Lleida, que es una obra para público infantil elaborada con un estricto rigor en todos los aspectos: diseño de los muñecos, vestuario, música, coreografía, lengua, dramaturgia… Huelga decir que la personalidad propia y la solvencia del Centre de Titelles son valores que, con los años, la convierten en una compañía de referencia internacional.

Pep Bou

Algo parecido podríamos decir de Clinc!, de la Compañía Pep Bou, y de La música pintada, de Joan Baixas (este último, estrenado recientemente en La Mostra de Igualada). Fueron momentos álgidos de la programación de este año. En ambos casos, nos encontramos ante unas representaciones que condensan la carrera de dos de los creadores más grandes del país; en el caso de Pep Bou, en un espectáculo de formato medio en el que él no actuaba físicamente, y en de Joan Baixas, haciendo una síntesis magnífica de los cuentos para niños, la vanguardia y la pintura, capaz de cautivar a todos los públicos con una honestidad y una presencia que son muy de agradecer.

'La música pintada', de Joan Baixas.

Ymedio Teatro

El teatrín dentro de un remolque de Ymedio Teatro, en el que se representaban dos piezas breves con manipulación de objetos, una bolsa de plástico y dos cántaros, convertidos en entrañables ancianos.

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