(Tres de los cinco Lambe-Lambe en acción. Foto de Manuel Silva)

El Festival Titiriberia 2026 ha puesta una especial atención a la modalidad teatral en miniatura del llamado Lambe-Lambe, como por otra parte viene haciendo en su afán de promover un teatro popular de proximidad, algo que las cajas escénicas para una, dos o tres personas, garantizan por definición. Este año ha sido espléndido el muestrario ofrecido de creaciones, casi todos ellos estrenos y dotados de unos altos niveles de calidad visual y de contenidos.

Es por ello que vamos a dedicar una crónica a este apartado del Titiriberia, que poco a poco ha encontrado un público que acude fiel al Campo de Arriba, situado sobre la céntrica Plaza Castelao de la localidad, donde se encuentra el mismo Ayuntamiento, una preciosa plaza arbolada que en si misma constituye ya un perfecto espacio escénico para el teatro.

Hablaremos en concreto de las dos creaciones de Os Monicreques de Kukas: Sós o mar o Barco e máis nos, de Isabel Rey, y Divertimentum Musicum, de Marcelino de Santiago ‘Kukas’; Retratos de Verán, de Mirari Urruzola, de Títeres Babaluva; Memorias Materiales, de María Dobronich, de Diáspora Teatro; y I Believe I can fly, de Rosa Encinas Morsa.

Os Monicreques de Kukas

Esta formación gallega, que tiene en su haber buena parte de las mayores y más aparatosas producciones que se hayan hecho en Galicia con títeres, hace años que decidió embarcarse en la aventura del Lambe-Lambe, tomándoselo, eso sí, con el mismo rigor y compromiso artístico que suele poner en todas sus producciones.

Vimos en anteriores Ttiriberias dos creaciones de Kukas e Isabel Rey, Guernica y SOS (ver aquí), que nos sorprendió por las magníficas realizaciones plásticas de lo que se veía en las diminutas cajas.

Isabel Rey y Kukas en el Titiriberia de 2025, con S.O.S. y Gernika. Foto Manuel Silva

En esta ocasión, se han presentado con dos títulos y proyectos diferentes: Sós, o mar, o Barco e máis nos, a cargo de Isabel Rey, un poema visual sobre textos del poeta Manuel Antonio, y Divertimentum Musicum, de Marcelino de Santiago ‘Kukas’. Dos creaciones de un gran nivel, ambas coproducidas por el Festival Titiriberia.

Sós o mar o Barco e máis nos, de Isabel Rey

Frente a las creaciones en formato Lambe-Lambe, a la hora de escribir sobre ellas nos vemos obligados a acercarnos con la prudencia del que ‘mira sin mirar’ o, dicho de otra manera, con la parte trasera del ojo que cita lo visto sin desvelar nada o lo mínimo, pues al ser un teatro precisamente de ‘mínimos’, en un sentido cuantitativo, decir demasiado no solo sería un burdo spoiler, sino una traición a la obra, al invadir los terrenos que deben ser solo para el que mira por los agujeros de la caja.

Pues buena parte de la experiencia perceptiva del Lambe-Lambe, al ser privada y exclusivamente para un solo voyeur o vidente, debe permanecer en la esfera de lo privado, solo compartida por el autor, con el que generalmente suelen establecerse diálogos que muchas veces se enredan por los vericuetos de lo íntimo y de lo personal.

Isabel Rey en plena acción. Foto Manuel Silva

Sería interesante que alguno de los artistas de Lambe-Lambe explicara las revelaciones y los secretos compartidos con el público uno a uno, sin dar nombres y desde esta ‘parte trasera del ojo’, la que suele usar la metáfora y la analogía a modo de velos y trucos para expresar la privacidad oculta.

Aunque también es verdad que el espectador, por muy individual que sea, tiene todo el derecho a explicar lo visto desde su particular punto de vista, que por regla general y según he podido comprobar, suele diferir bastante no solo de las opiniones de los demás sino de las propias interpretaciones del autor.

Foto T.R.

Y quizás sea este el mayor interés del Lambe-Lambe, un teatro que no requiere ni anda a la caza del consenso del público, afín de afianzarse colectivamente, sino que va directamente a la percepción del espectador uno a uno.

Dicho lo cual, cabe decir que la propuesta de Isabel Rey se adentra por el terreno de una poesía que no huye de la escritura, sino que, por el contrario, transforma lo visual, el sonido, la acción, los personajes y los decorados en una sustancia que podríamos definir ‘de escritura’. Y nos lo indica la misma fachada escénica de la caja: una portada de esos cuadernos antiguos de tapa azul que fueron muy comunes en Portugal y en toda Europa, hechos a mano, hoy muy buscados por los coleccionistas, y que creo se venden de nuevo con precios de altura, cuando antes eran los más baratos.

Foto Manuel Silva

Creo que Isabel Rey ha conseguido crear un discurso escénico donde la Poesía manda, centrada en la figura de este entrañable poeta que fue Manuel Antonio. Es fácil decirlo, pero ‘escribir’ poesía con palabras y la suma de imágenes y sonidos es lo que todos los buenos creadores escénicos buscan con ahínco. Isabel Rey nos lo dice a su manera, nos susurra que eso es posible, aunque para ello haya que refinar mucho el trabajo, para que oigamos sin oír el silencioso chirriar de la pluma o del lápiz sobre el papel metafórico del cuaderno azul, ese que cada uno debe inventarse para que esta poesía que se escribe sin escribirse, fluya y añada al mundo sensibilidad, belleza y un mirar doble y agudo de lo que vemos sin ver.

Y eso es lo que consigue Isabel Rey con su propuesta, que no duda en combinar múltiples lenguajes artísticos y técnicos, en una mezcolanza que nunca pierde de vista lo importante: la poesía de Manuel Antonio, transmutada en percepción sensible a través de los ojos y los oídos sin abandonar el sonido metafórica de la pluma o la vieja máquina de escribir sobre el papel.

Una creación exquisita que para ser gozada de verdad, la mejor y única forma de hacerlo es acudir al Campo de Arriba o allí donde estos poetas de lo imposible suelen plantar sus pequeñas barracas de Lambe-Lambe.

Divertimentum Musicum, de Marcelino de Santiago ‘Kukas’

Podríamos decir que aquí la poesía se transforma en Divertimentum, una manera diferente de definir la diversión, pues sin rehuir la risa, parte fundamental del asunto, la neolatinización de la palabra, que proviene del latín diversio (del verbo divertere), gira el sentido hacia una caricaturización culta de la palabra, que es lo que creo ha buscado el autor. Caricatura culta que se caricaturiza a sí misma, pues el adjetivo Musicum se sube por las paredes y se descuelga sobre el sustantivo para pintar el conjunto con un tinte de caricatura extra.

Kukas en plena acción. Foto Manuel Silva

Cuidado, nos encontramos antes unos músicos que interpretan a un grande de la música, Mozart, ese compositor que no solo sabía reírse de si mismo, sino que era capaz de mofarse de cantantes e intérpretes utilizando las notas musicales de la partitura, que en alemán son letras, aunque luego pongan bolitas en el pentagrama. Es decir, y tal como me explicó Kukas, gustaba el compositor austríaco jugar con el doble significado de las notas que son letras, creando palabras obscenas o divertidas que solo entendía el músico o cantante, con lo que los conciertos se convertían en divertimentos con significados ocultos solo para músicos, transmutados pues en divertimentus, utilizando el léxico de Don Marcelino de Santiago.

El teclado que mueve la orquesta creado por Kukas. Foto Manuel Silva

Kukas, que es músico de oportunidad, como tantos titiriteros (los que tocan aquellos instrumentos que aparecen de improviso en sus manos, palabra que me regaló Pico de Orjais), ha jugado él también a los dobles sentidos, que los títeres tan bien permiten como es sabido. Dobles sentidos ‘ocultos’ durante la función, pero que luego vemos cuando visitamos el teatrín por detrás.

Kukas tocando su piano mecánico de movimientos. Foto T.R.

¿Cuál es este doble sentido? Creo que aquí vale la pena desvelar el secreto, simplemente porque el mismo autor lo exhibe a cuantos miran desde afuera: crear los títeres de los maestros de la orquesta con muchos movimientos sorpresa, los cuales son movidos mediante unos mecanismos que recuerdan el teclado de un piano. En efecto, la función para Kukas es una especie de concierto de piano que, en vez de notas, genera movimientos en los títeres -con sus ruiditos mecánicos correspondientes- mientras los dos espectadores ‘videntes’ que miran por los dos agujeros del teatrín escuchan con auriculares músicas de Mozart, piezas seleccionadas del famoso compositor adaptadas al espíritu caricaturesco del Divertimentum.

Con lo dicho, creo que el lector habrá adivinado que nos encontramos ante otra obra de Lambe-Lambe única y memorable, como es propio ya en el recorrido estético de Os Monicreques de Kukas, que tantas muestras han dado de originalidad creativa en todos los aspectos del asunto.

Retratos de Verán, de Mirari Urruzola, de Títeres Babaluva

Con coproducción del Festival Titiriberia, Mirari Urruzola, de la compañía Babaluva, estrenó Retratos de Verán, una obra de formato Lambe-Lambe en la que todo ocurre en una pequeña maleta que, al abrirse, centra la atención del espectador bien provisto de unos auriculares que lo guían por los oídos.

Mirari Urruzola preparando la función. Foto Manuel Silva

Dos elementos son fundamentales en lo que también podríamos definir como ‘poema visual’ de Babaluva: la arena y el tiempo. Dos ejes básicos, espacio y tiempo, que aparecen aquí tratados metafóricamente y que delimitan el contenido poético de la propuesta: la arena que de algún modo ha llenado las playas del mundo como si este fuera un inmenso reloj de arena que ha ido dejando sus granitos de tiempo a lo largo de siglos y milenios, playas que nosotros vemos en las dimensiones cortas de los días, los meses y los años, que son los que importan a nuestras vidas.

A lo que hay que añadir el paso del tiempo, marcado por los relojes de la música y de sus canciones, de la edad, de los cambios de estación, de las familias que nacen, crecen y mueren, de los que van y vienen, de los vestidos que marcan las épocas y las modas, de las maletas que contienen lo indispensable cuando cambiamos de lugar y de hogar, de los trajes de baño que tapan más o menos, de los peinados que cambian o se repiten. Granos de arena que una vez caídos, se juntan en lo indistinto.

Foto Manuel Silva

Frente a estos dos ejes fundamentales, las variables somos nosotros, los humanos provistos de conciencia, seres que gustamos de la diferencia, capaces de sorprendernos incluso a nosotros mismos, aun sabiendo que la vida es efímera y que, por consiguiente, todo es cambiante. El niño que convive con el viejo, que será a su vez viejo y abuelo de otros niños que tendrán la misma vitalidad que tenía él en aquel entonces. Los entonces se suceden, envejecen y se mueren.

Y como en todo buen poema, los significados de lo que vemos en esta maleta del tiempo y del espacio hecho arena, pueden ser múltiples, gracias a esta esencialidad de los elementos puestos en juego, que se concretan en cosas diferentes según cada cual. ¿Una familia que crece? ¿Gente que va y viene? ¿Migrantes? ¿Turistas?…

Una maleta llena de arena, qué imagen más potente…

También aquí tenemos prohibido explicar más de lo indispensable. Cada espectador sacará su conclusión, y todas serán válidas y buenas. Pues tal es el secreto de la poesía y del Lambe-Lambe. Un trabajo precioso de Mirari Urruzolo, tan sencillo en sus elementos como valioso en sus contenidos.

Memorias Materiales, de María Dobronich, de Diáspora Teatro

Conocía ya esta propuesta de María Dobronich, nacida en Argentina pero galleguizada hasta la médula, pues son muchos los años que ha vivido aquí. Pero por fidelidad a mis propias palabras, de que los verdaderos Lambe-Lambe son algo así como ‘poemas visuales’ que en consecuencia están abiertos siempre a diferentes lecturas y apreciaciones, quise verlo y gozarlo de nuevo, sobre todo sabiendo que la temática aquí se centraba en el concepto Tiempo. Así lo indica su mismo título, mientras que el espacio, el otro eje que también apareció en el trabajo de Mirari, es aquí de algún modo el mismo planeta Tierra en el que vivimos.

María Dobronich frente a su caja. Foto Manuel Silva

Tiempo y Espacio se funden en esas Memorias Materiales, son sustantivo y adjetivo a la vez. Los recuerdos aparecen asociados a los objetos, especialmente a esos que duran y se guardan en los cajones de las cómodas, o en viejas cajas metálicas de galletas o de otros ingredientes dulces que el tiempo puede haber hecho amargos o todavía más dulces.

Postales, cartas y mapas mandan en este mundo de las memorias materiales. Sus cargas subjetivas son muy potentes cuando pertenecen a algún ser vivo. Cuando este desaparece, siguen siendo interesantes, por ser imágenes y ser huellas, pero sin carga humana alguna, o en todo caso ajena. Los vemos en los rastros, baratillos y encantes del mundo, como restos caídos de sus usos, despojados de su sustancia, esperando que otras manos les den nuevos significados y utilidades, quizás escénicos, o museísticos, o históricos, o caprichos de coleccionistas caprichosos, o poéticos… O quizás un lambe-lambista los use para forrar paredes interiores, o para sugerir culturas y países lejanos, o para descifrar sus mundos interiores…

Mirada interior de la caja de María Dobronich. Foto Manuel Silva

María Dobronich sabe de estas cosas y le gusta trabajar con esos aparejos que tienen contenidos diferentes a sus usos, significados secretos, íntimos, particulares. Con ellos transforma en materia recuerdos y memoria, eso que no pesa en una balanza, pero por lo que muchos luchan, se matan entre sí, de deshacen en lágrimas o saltan de la risa que les da. Pues cuando la vida de una está marcada por los viajes y los cambios radicales en la geografía, los mapas y los recuerdos adquieren significados mucho más profundos y relevantes.

La fusión de memoria y objetos deriva en poesía, visual o material -o en guerra, cómo antes hemos insinuado-, que luego suele trasladarse al cuaderno, al libro, al teatro o a la cajita del voyeur, según los vicios de cada uno. De eso trata el Lambe-Lambe de María Dobronich. Un trabajo que nunca te cansas de ver.

I Believe I can fly, de Rosa Encinas Morsa

Intrigó y sorprendió muy gratamente la elaborada creación lambe-lambista llegada de Zamora a cargo de Rosa Encinas Morsa, titulada I Believe I can fly. La conocida canción de R. Kelly (que yo desconocía) que alcanzó grandes hitos en 1996 con la película Space Jam, dirigida por Joe Pytka, da nombre a la obra de Rosa Encinas y centra su contenido, al escenificar las peripecias vitales del saltador Vladimir, el protagonista de la obra.

La caja oculta de Rosa Encinas Morsa. Foto Manuel Silva

No es nuestra función explicar los argumentos de los espectáculos comentados, y menos todavía en el formato escénico del Lambe-Lambe, con obras dirigidas a un único espectador con una duración de pocos minutos. Por lo tanto, quien quiera saber lo que le sucede al saltador Vladimir, tendrá que ir a Zamora o a algún festival de Lambe-Lambe para verlo saltar allí.

Pero sí sabemos que es un sujeto que salta, o más bien que quiere volar, pues así nos lo indica la canción y el título. Respecto a lo que le impulsa a saltar, a los porqués del asunto y a sus desenlaces, hubo en Rianxo disparidad de opiniones. Algo que considero sumamente positivo, pues ver obras cerradas es lo que menos interesa al público. Lo bueno es alimentar las ambigüedades que ofrece el lenguaje poético, y ya nos pusimos de acuerdo antes que este tipo de teatro se justifica cuando hay poesía que lo sostiene, más los juegos de contrate y de dobleces que suele mostrar.

Rosa Encinas Morsa atiende a dos espectadores. Foto Manuel Silva

En la obra de Rosa Encinas, se superponen varios posibles desenlaces, y cada uno escoge el que tiene más proximidad con nuestras constantes o inconstancias vitales. También hay contrastes y dualidades: la canción de R. Kelly quizá nos levante los ánimos, pero el saltador Vladimir debe inclinarse ante la fuerza de la gravedad. Incluso los pajaritos que vuelan acaban todos al suelo.

Hay en la propuesta trazos de ensoñación idealista, de obsesión distópica, de desengaño, de tozudez vital, de narcisismo adolescente, toneladas de ironía, y unas cuantas pinceladas de humor negro. Y hay inteligencia compositiva, con unos muros espejo que parecen querer hablar al saltador, como diciendo ‘yo ya te lo había dicho’.

I beleve I can fly remató la excelente programación lambe-lambista del Titiriberia de este año, cinco títulos que dejaron sabrosos sabores de boca a quienes tuvimos la suerte de catarlos. Ojalá se repita siempre con este donaire y lujo de propuestas.