(Foto compañía)

La nueva propuesta de Sergi Ducet, estrenada en el Teatre La Gleva de Barcelona, dentro del Festival Grec 2026, espacio encuadrado en el polo teatral Teatres del Farró, convierte el cuerpo de Arnau Comas en el lugar donde confluyen la guerra, la memoria y la experiencia de estar vivo.

La guerra como punto de partida

Hay obras que hablan de la guerra. Otras hablan de la memoria. Rasa, la segunda producción de Sergi Ducet para el Teatre La Gleva, parece hablar de ambas cosas. Sin embargo, al salir de la sala, la sensación que permanece no tiene tanto que ver con un conflicto bélico concreto como con una pregunta mucho más íntima: ¿cuándo sentimos que estamos realmente vivos?

La historia arranca en uno de los escenarios más crueles que puede habitar un ser humano: la guerra. Un joven soldado, arrastrado a un conflicto que nunca eligió, intenta sobrevivir en medio del hambre, la sed y la arbitrariedad de un sistema donde incluso el agua se convierte en un privilegio. A partir de ese punto, la obra despliega un relato que atraviesa distintas generaciones y que encuentra en la memoria el hilo conductor de toda la narración.

No es una historia sobre héroes. Es una historia sobre personas que intentan seguir respirando un segundo más. Hay una escena especialmente poderosa en la que el protagonista huye cargando sobre sus hombros a un compañero herido mientras la muerte parece perseguirlo a pocos metros de distancia. Cada bocanada de aire parece un triunfo, cada paso un instante robado al destino. La guerra deja entonces de ser un contexto histórico para convertirse en una experiencia profundamente física.

Un escenario casi vacío

Uno de los grandes aciertos de Rasa reside en la sencillez de su puesta en escena. Con apenas unos balones de fútbol, unas botellas de agua y un uniforme deportivo, la obra consigue atravesar décadas de historia y construir múltiples espacios sin recurrir a grandes artificios escenográficos.

Esa austeridad obliga al espectador a completar constantemente aquello que no está presente. El vacío se convierte en un espacio fértil para la imaginación, mientras Arnau Comas sostiene prácticamente en solitario el peso de la narración.

Foto compañía

Su interpretación resulta especialmente destacable por la capacidad de transitar entre distintos personajes, edades y estados emocionales sin perder nunca la continuidad del relato. Durante cerca de dos horas de monólogo, el actor mantiene una energía física constante que termina convirtiendo el cuerpo en el principal recurso escénico de la obra.

La iluminación acompaña ese trabajo con enorme inteligencia. Más que señalar los cambios de escena, establece una relación continua con el público. La ruptura de la cuarta pared aparece una y otra vez, haciendo que el espectador no permanezca como un observador distante, sino como alguien que comparte el mismo espacio emocional que el intérprete. En una propuesta de estas características, este recurso aporta dinamismo y evita que el relato se convierta en una mera narración.

A ello se suma la música original de Meritxell Neddermann, que acompaña la función con delicadeza y contribuye a crear una atmósfera donde el predominio del azul termina impregnando toda la puesta en escena.

La herencia de estar vivo

Más allá de la guerra, Rasa parece preguntarse qué es aquello que realmente heredamos de quienes nos precedieron.

La obra establece un diálogo entre dos generaciones separadas por décadas. El abuelo descubre la intensidad de estar vivo mientras huye literalmente de la muerte. El nieto, criado en un contexto completamente distinto, experimenta una sensación parecida al marcar un gol en un partido de fútbol.

Entiendo que la propuesta no pretende equiparar ambas situaciones, sino explorar esa experiencia profundamente corporal en la que el presente adquiere una intensidad absoluta. Ese instante en el que el cuerpo, la respiración y la conciencia parecen alinearse por completo.

Sin embargo, fue precisamente ahí donde la obra me dejó una pregunta abierta.

Como espectadora, me costó establecer esa equivalencia emocional entre una experiencia atravesada por la violencia extrema y otra perteneciente al ámbito del juego. Comprendo la intención dramatúrgica de buscar un punto de encuentro entre ambas vivencias, pero personalmente esa relación me generó cierta resistencia. No tanto como una objeción a la obra, sino como una pregunta que continuó acompañándome al salir del teatro.

Y quizá ese sea uno de sus mayores logros: no ofrecer respuestas cerradas, sino provocar una reflexión que continúa mucho después de que termina la función.

Las preguntas que permanecen

Hay pequeños detalles que también forman parte de la experiencia del espectador. En mi caso, el uso del cigarrillo en escena me resultó algo invasivo en una sala pequeña y en una noche especialmente calurosa. Es un aspecto menor dentro del conjunto de la propuesta, pero forma parte de esa experiencia compartida que también construye una función teatral.

Frente a ello, permanece con mucha más fuerza el recuerdo de una puesta en escena que demuestra que no hacen falta grandes despliegues técnicos para hablar de cuestiones esenciales. La sencillez de los recursos, la inteligencia de la iluminación y la enorme entrega física de Arnau Comas consiguen sostener un relato que atraviesa el tiempo sin perder nunca su dimensión humana.

Al finalizar la función, uno no sale pensando únicamente en la guerra ni en la memoria. Sale pensando en el cuerpo. En ese cuerpo que corre, que carga, que respira, que celebra, que envejece y que recuerda. Porque en Rasa la memoria no se conserva únicamente en los relatos familiares o en los archivos de la Historia. Se transmite, sobre todo, a través de los cuerpos.