CLUB DE OPINION. Publicamos este texto personal de José Quevedo, del grupo venezolano Telba Carantoña Teatro, en el que nos habla de su primer títere, construído veinte años atrás. Pertenece José Quevedo a una nueva generación de titiriteros latinoamericanos que siguen la estela de grupos como el añorado Chon Chon, de Argentina, y que beben de las fuentes de maestros como Roberto Espina o Javier Villafañe. Titiriteros que gustan juntar al títere con la palabra y la inteligencia.

No sé, cuantos de mis compañeros en este maravilloso mundo del teatro de títeres, luego de 20 años en el mismo pueden decir aquí esta él, quien es él, pues el primer títere que sus manos hicieron; espero no ser el único que aun celosamente conserva y cuida de ese primer ser que brotÓ de un taller, que  me hizo enamorarme de esta forma de expresión y si alguno de mis compañeros luego de 20 años aún recuerda el primer parlamento de él.

José Quevedo
Sus ojos negro azules y su bigote, un golpe en la nariz del que nunca se pudo recuperar

Sería el año de 1993 cuando luego de estar en un taller de manualidades, y cuyo salón quedaba al fondo de una casa antigua y larga (el antiguo sindicato del obrero portuario- Maiquetía, edo. Vargas-Venezuela), y para llegar al mismo debía pasar siempre por la oficina de los títeres y quedarme más de una vez viendo desde la puerta esos seres que en pedestales miraban desde una repisa hacia donde yo estaba. Sería ese mi segundo contacto con los títeres, luego a finales de ese mismo año (Y luego de ser mudados de esa casa a lo que sería un proyecto utópico, el complejo cultural José María Vargas de la Guaira) y gracias a un encuentro muy oportuno y providencial en una escalera con Telba Carantoña comencé a aprender lo que eran los títeres, con mira a hacer una muestra al final del taller, me dijo una acalorada maestra (Zurima Maldonado, aún la recuerdo bañada en sudor esa vez, no sé por qué) con esto podrá hacer un títeres y nos entrego un globo, nos hizo inflarlos y yo que no supe amarrarme las trenzas hasta los 9 años me quede durante un rato largo con ese globo en las mano sin saber cómo amarrarlo, cuando al fin alguien amarro ese globo difícilmente pensé que ese sería un títere, luego vino la ronda de ponerle papel, mucho papel, y aun que habían chicos mucho más grandes que yo y que con mucho cuidado le colocaban  papel con pega, más de un globos se resistía a esta operación a al que al parecer no fue hecho y explotaba dejando solo un grito detrás de la explosión y una cara de pasmo del dueño, yo esperaba que el mío no lo hiciera, pues implicaba hacer todo desde el principio

José Quevedo
José Quevedo y Emmanuel Gunezler, de Telba Carantoña Teatro, en Cuba.

Un mes después estaba echándole pintura al genio de la lámpara, así lo veía yo, cómo un genio. Un mago que me iniciaba (tiempo después lo sé), en los misterios de otra forma de expresión, quizás por eso fue un genio y no un niño, o un vendedor lo que él se convirtió. Durante años he pensado por qué un genio, porque un genio que perdió su lámpara, pues eso era lo que le pasó. Este genio buscaba su lámpara por todo el escenario, el buscaba y buscaba y en esa búsqueda nos encontramos. Nos miramos y nos fundimos en la necesidad de expresarnos. Es pues este Genio un Hermes, un psicopompo que  unió mi psiquis a lo que podría llamarse el cielo y el infierno, dentro del teatro de títeres.

Hoy 20 años después, aun me ve con sus ojos negros y sus bigotes de Dalí (a mis 7 años no sabía quién era Dalí), con su barbita, que se asemeja, paradójicamente, a mi chiva característica desde hace unos años, sin embargo no nos parecemos en que yo tengo el cabello negro y el de un amarillo al mejor estilo de Holliwood. No me eh atrevido a retocarle su color rojo, a cocerlo a pesar de que tiene un pequeño desgarre de la tela en su mano izquierda, a acomodarlo si quiera, tiene la misma tela, el mismo color de piel, el mismo cabello y su chalequito de pordiosero. Y más aún, aun no encuentra su lámpara, no se la he hecho tampoco, quizás por no tener tiempo, quizás por olvidarla o quizás porque siento que en el momento que tenga su lámpara me dejara para vivir plácidamente sea como sea que viva un genio dentro de esas lámparas.

José Quevedo
siempre mirando al cielo

Mientras escribo esto él me ve, desde el pedestal que le he puesto para las fotos que acompañan este artículo, siento que de una forma u otra me reclama el hecho de que sólo estuvo en escena una vez durante 20 años, que nunca más después de esa primera y única función tuvo el aplauso del público, sin embargo también siento su gratitud y yo le doy la mía, pues como segunda aparición pública, poco después de esa primera función tocó que saliéramos juntos a la playa, junto a otros niños del taller, con sus títeres también. Esa vez no hubo función, esa vez fuimos a una entrevista, todos entrevistaríamos a un titiritero, un viejito con overol y barba blanca, en ese momento no sabía quién era, lo supe hasta un tiempo después, me tocó preguntarle, con el genio de la lámpara en mis manos: ¿Si aún conservaba su primer títere?, No recuerdo exactamente su respuesta, pero sí recuerdo que dijo que no, que se había perdido con los años y los viajes. En ese momento vi al genio a los ojos y le dije muy bajito, yo no te perderé. 20 años después espero haberle cumplido esa promesa que él hice muy bajito cerca del maestro Javier Villafañe.

Aquí está él, con 20 años igual, o quizás más buen mozo de como el día en que nos vimos a los ojos por primera vez. Aquí estoy yo 21 años después de entrar por primera vez a ese taller de títeres, de encontrarme en esas escaleras con Telba Carantoña, con más camino recorrido que el que tenía en ese momento, viéndolo a los ojos y diciéndole mil gracias Genio.

Y para los que quieren saber cuál era el parlamento del genio era este:

Mi lámpara, mi lámpara ¿Dónde estará mí lámpara?
Amigos, ¿Alguno ha visto mi lámpara? (respuesta del público, que fue un rotundo no)
Pues entonces tendré que ir a casa de mi abuela, y pedirle la cafetera y allí meterme.
Mi lámpara. (Salida)

Ya no puedo calzármelo, mi  dedo no cabe en su cuello y sus manos son cortas, como para un niños, sin embargo aquí está, viendo todo lo que he construido a partir de él, los títeres hechos por mí, los que me han regalado y los que he tenido el placer y honor de comprar.

No sé cuantos de mis compañeros conserven su primer títere, pero sé que lo conservan en recuerdo y lo aprecian, quizás más de lo que yo hago por mi Genio de la lampara, extraviada. No sé cuanto tiempo más estaremos juntos el y yo, pero esto que escribo es mi pequeño, humilde y sincero homenaje a ese que lo inició todo.

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