Se pudo ver hace unos días, en el local de la asociación La Deriva de Barcelona (en la C/ Bolivia 239, en el barrio del Poble Nou) el espectáculo M.A.R., de la artista plástica y directora de escena Andrea Díaz Reboredo, de Madrid. Un trabajo de género inclasificable que llegaba con el apoyo de la ‘mirada externa’ de Xavier Bobés, con quien la autora compartió días de ensayo y complicidad en el taller del artista catalán.

De género inclasificable que sin embargo cabe situar en esa onda del teatro de objetos, la indagación documental y la memoria, al unísono con propuestas como las de Shaday Lario y Jomi Oligor, o la del mismo Xavier Bobés, que comparten una característica particular que a mi modo de ver es lo que las hace tan interesantes: cada propuesta es radicalmente diferente y, de alguna manera, cada punto de partida del o de los artistas, exige la creación de un lenguaje propio que determina el quehacer dramatúrgico de cada uno de ellos.

En el caso de M.A.R., ha creado Díaz Reboredo un mundo escénico de lo más atractivo y singular, que tiene que ver con la arquitectura y con los recursos que sirven para llevar lo abstracto de la idea y del plano a la realidad de la maqueta visual, abierto a su vez a los componentes subjetivos de la narradora-directora-arquitecta-habitante y observadora, que introduce el pasado, con los detalles personales y su relación con la cronología histórica. Es decir, despliegue visual de lo que podríamos llamar una ‘maqueta subjetiva’ de una casa, un barrio y una ciudad en la costa, donde lo objetivo geométrico-arquitectónico de los volúmenes, los alzados de paredes, escaleras y edificios, y los puntos focales de la perspectiva, se confunden con lo que sería una arquitectura interior vital y subjetiva de esta casa, barrio y ciudad.

Es la misma Díaz Reboredo la encargada de juntar las dos caras de la realidad, la interior y la exterior, a través de una interpretación cuyo gran atractivo, además de su propia presencia grácil, agradable y aplomada, es cómo va elaborando ese discurso hecho de palabras, gestos, manipulaciones misteriosas, composiciones manuales de los alzados de la maqueta visual, lo que deriva en un lenguaje poético que hila lo objetivo con lo subjetivo, mientras va conformando sobre una mesa de madera esa arquitectura doble que permite cruzar los años, la memoria, la ciudad y la casa familiar donde una creció. Una mesa que al final descubrimos es una inmensa puerta que nos abre a una exposición detallista de los recuerdos.

Es curioso que en poco tiempo haya visto varios montajes dedicados al tema de la memoria personal y familiar, con un énfasis en la figura de las personas mayores, una abuela por regla general, a modo de ancla que permite agarrarnos a un pasado que desapareció demasiado rápido. Lo he visto en obras tan diferentes entre sí como Pasos Largos, de Coriolis de Uruguay (ver aquí), en Re-Cor, de la compañía mallorquina Disset Teatre (ver aquí), o en la última obra de El Patio Conservando Memoria (ver aquí) , por sólo citar algunos casos.

Una necesidad generacional, quizás, para aprehender el Tiempo vertiginoso que se vive pero no se retiene, de tan rápido que pasa. Reflexiones sobre el Tiempo, en definitiva, que no deja ser el tema por excelencia de nuestra época.

Podríamos definir M.A.R. como una obra sobre el Tiempo visto a través de esta doble retina interna/externa, objetiva/subjetiva, que se centra en la casa y la ciudad tratadas como pura arquitectura efímera -como lo son las maquetas- que sin embargo se agarra a lo sólido que queda de la misma, la vieja y pesada puerta de madera, para poner encima el despliegue de los recuerdos.

En superposición al tema ‘interior/exterior’, cabe mencionar la proximidad del mar, que da nombre al título, la invitación a escapar, al viaje, a la aventura. Mar y tierra se anteponen así como dos nuevas dimensiones de lo conocido y lo desconocido, de la forma y de lo informe, con las inundaciones periódicas en las que el mar acelera el tiempo de la destrucción y del olvido.

El discurso visual y sonoro -importante el violoncelo de Dani Leon, por lo visto, en directo en muchas ocasiones- se va llenando así de pinceladas emocionales que buscan tocar estas fibras en los espectadores, para lo que no se duda en hacerle partícipe directo de algunas de las manipulaciones. Pensada para un público reducido, la obra busca que los espectadores se ‘sientan también en su casa’, recurriendo a complicidades de tipo práctico-sentimental o las propias de una visión ecológica de la vida.

Contaba Andrea Díaz, al acabar el espectáculo, que suele representar su obra en casas particulares, un lugar idóneo para la propuesta, pues se logra el efecto de ‘la casa dentro de la casa’, como si se tratara de levantar la maqueta interior y poética del habitáculo donde se realiza el rito de interiorización.

Una obra, la de Díaz Reboredo, que permite multiplicar ad infinitum sus resonancias, como si el discurso creado con este doble lenguaje poético interior/exterior fuera la cuerda de un oculto e inmenso instrumento musical cuyas vibraciones alcanzaran todos los registros y las escalas posibles de lugar y personas. Un refinamiento casi espiritual para espectadores con ganas de abrir sus sensibilidades a la percepción doble de la realidad y del vivir.

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