Tras el anterior artículo sobre los inicios del Teatro La Estrella, toca entrar ahora en lo que ha sido uno de sus empeños más tenaces y exitosos a lo largo de más de tres décadas ininterrumpidas de labor: el de abrir y disponer de teatro fijo.

Ya dijimos con anterioridad que habría que buscar esta necesidad en el anhelo de enraizarse y de gozar de plaza fija, tras una infancia, en el caso de Gabi, de constante peregrinaje por distintas provincias del país (ver aquí),  y en el caso de Maite, tras probar la dureza y la inestabilidad del oficio titiritero, el deseo de reencontrarse con la tierra valenciana de donde procede.

La cuestión es que para gozar de la libertad de ser libre de hacer, producir lo que a uno le viene en gana, y trabajar sin depender de contratos ajenos ni del humor, siempre cambiante, de los programadores, lo mejor es tener tu propio teatro. Una paradoja, sin duda, pues la libertad buscada exige convertirte en empresario teatral, un arquetipo bien conocido por la profesión, que quizás te permite ir a tu aire, pero con el pescuezo bien cogido por la lucha constante contra los elementos. Elementos sociales y políticos. Y los económicos: bancos y pólizas de crédito.

Actuación en la calle de Gabi Fariza con ‘Jugo de Juguetes’.

Quizás el primer teatro de La Estrella, aún sin saberlo, fue el Retiro. La calle, cuando se visita a diario y te estableces en ella como Pedro por tu casa, se convierte en un teatro que es el tuyo sin serlo, es decir con todas las ventajas de disponer de un espacio propio, pero sin titularidad alguna, lo que te excusa de pagar impuestos, pedir los infinitos permisos, pasar inspecciones del Ayuntamiento, y el largo etcétera que es la tortura de quién se embarca en estos menesteres.

Un teatro, además, que si un día fallas y no vas, nadie se queja ni te reclama. Y con un dinerillo contante y sonante que sube buenas cantidades: medias de 12.000 pesetas en una época en la que Gabi pagaba 4.000 de alquiler. Permite ahorrar y tomarse un año sabático, lo que hicieron Gabi y Maite viajando por América. Algo inaudito, muy propio de aquellos tiempos, hoy impensable.

Hago hincapié en este primer molde de teatro fijo porque cuando la pareja de cómicos titiriteros decide trasladarse a Valencia, iniciará pronto su galopante e incesante carrera de empresarios teatrales, con la abertura de al menos cinco teatros en la ciudad de Valencia. También debió influir el nacimiento de sus dos hijos, Simón y David, algo que exige mínimos de estabilidad. La encuentran o, mejor dicho, la conquistan en la ciudad del Turia.

El Circo Malvarrosa, hoy a cargo de David Fariza.

Antes reúnen un buen capital con las apariciones de Gabi en la tele –publicidad y los primeros programas infantiles–, crean el Circo Malvarrosa, ‘el pilar de nuestro mundo teatral’, como lo define el mismo Gabi, y empiezan a moverse por los festivales más importantes del país. Entre otros lugares, llegan hasta Évora, Portugal, donde nacen largas y profundas amistades. Y al volver de un viaje a Bruselas, con los dos hijos en la furgoneta, tienen una duda. Así lo explica Fariza en su libro: En un momento, en plena carretera en Francia, se ofrece la disyuntiva de volver a Madrid o a Valencia. ¿Dónde vamos? Todos dijimos: “¡A Valencia!”.

Las dos primeras salas

Antes de abrir sus propios teatros, de los que serán directores y propietarios, prueban con dos experiencias que les permiten aprender los intríngulis del asunto. Mientras construyen la vivienda-teatro del Cabanyal, el dueño de la discoteca ACTV de Valencia les alquila su local para que las marionetas le den vida de lunes a viernes. Lo hacen con dos otros titiriteros emprendedores, Alberto Cebreiro y Sise Fabra, de la histórica compañía Los Duendes. Juntos levantan el teatro desde cero: Los Duendes se encargan del papeleo y de conseguir las funciones en los colegios, los de La Estrella construyen bancos y toda la estructura teatral. Se reparten las funciones y programan durante tres o cuatro temporadas. Éxito total.

Interior del Teatro de la Estrella, El Cabanyal.

Pero no contentos con esta experiencia, las dos compañías se enamoran un día de un salón parroquial, el de la Iglesia de Vera, y preguntan al párroco si les quiere ceder el local a cambio de arreglarlo, darle vida y pagarle un porcentaje de la taquilla. El sacerdote Santiago Querol acepta encantado.

Hartos de limpiar la discoteca los lunes y de respirar los hedores ocultos de la noche, la experiencia en la Parroquia les resulta una delicia. Acondicionan el espacio con grandes esfuerzos y trabajos, y se instalan cuatro años en el lugar. Otro éxito total: pasan por el teatro alrededor de 10.000 escolares por año.

La Sala Cabanyal

Cuando llegan a Valencia en el año 1993, se instalan en el Cabanyal, barriada marinera al lado de la playa, uno de los más populares de Valencia. Se inicia aquí el primer episodio (aunque en realidad sea el tercero, tras su primera experiencia con la Discoteca ACTV y el Salón Parroquial de Vera) de una épica emprendedora y laboral que marcará el rumbo de La Estrella en las siguientes décadas. En abril de 1995, abren el primer Teatro de la Estrella: la sala Cabanyal, en la planta baja del edificio que han comprado. La vivienda se halla en el piso de encima.

El Teatro de la Estrella del Cabanyal.

Lo hacen contra viento y marea, pues los mejor informados dicen que aquel barrio ‘iría fuera’, ‘que lo iban a derribar para construir otro nuevo’. Nada amilana a los entusiastas titiriteros, enamorados del lugar.

Y con el teatro, nace otra de las obsesiones de la compañía: crear un repertorio. Algo clave para la supervivencia. Toman por modelo a las antiguas compañías de los Pupi sicilianos, o los Toon de Bruselas, con sagas interminables que les permiten actuar a diario con obras diferentes y contentar así a su público. Citamos este jugoso fragmento del libro de Gabi donde nos habla de sus ideas al respecto:

Un buen repertorio de cuentos clásicos es la clave de nuestro éxito. Dos actores (la pareja de la Guardia Civil, ¿recuerdan?) y el señor director o el sargento que grita órdenes desde lo alto. Con esta fórmula de payasos es posible contar todo lo que queramos, no tenemos límites: podemos narrar Las mil y una noches y mostrar unas pollas enormes de unos negrazos follándose a las esposas del rey y a sus esclavas o esclavos. ¿Puedes hacer eso en el teatro?, ¿puedes hacer eso en cine?, ¿puedes hacerlo en televisión? Claro que sí, pero, ¿a qué precio?

El Cabanyal es un éxito de inmediato. Contabilizan 20.000 espectadores al año (con más de 300 funciones), entre escolares y público familiar en los fines de semana. Estrenan una o dos piezas al año, en pos de este repertorio de cuentos clásicos que quieren crear. Entretanto, nace Cuchufleta, el payaso que encarna Maite Miralles, cuando decide subir ella también al escenario, con el espectáculo Bombalino y Cuchufleta, dos payasos de peseta. Se define así el esquema fijo de los dos payasos, conductores de los espectáculos y encargados de explicar las distintas historias.

Diez años dura esta primera parte del Cabanyal, hasta que la brutal realidad del fervor especulativo de la época amenaza con borrar del mapa gran parte de la barriada, justo donde en medio se encuentra el Teatro de La Estrella.

‘Salvem el Cabanyal’, la épica de una lucha memorable

La lucha que mantuvo el barrio del Cabanyal para oponerse a los planes de acoso y derribo del Ayuntamiento de Valencia, entonces comandado por Rita Barberá, fue uno de los episodios de resistencia más importantes de los que se han vivido en España en los últimos tiempos. Un episodio que terminó en victoria y que puso a La Estrella en las primeras filas de esta lucha, que cabe calificar de levantamiento popular en defensa de los derechos de los más débiles y en oposición a los intereses del gran capital.

El barrio del Cabanyal.

Se embarcan los titiriteros en la campaña ‘Salvem el Cabanyal’ con un ímpetu y una energía que es la misma que desde un principio los empuja a inventar nuevos caminos de vida. Dice Gabi en su libro:

Al cabo de varios años de no salir del Cabanyal y tener el teatrito consolidado, aparecieron nubarrones en el horizonte. Eran “Rita Barberá y sus Mariachis”, que se acercaban ominosamente sobre nuestro barrio, queriendo arrasarlo, partirlo por el medio con una gran avenida que hiciera de enlace de la ciudad con el mar. Y ahí estamos nosotros, Maite, yo y nuestros hijos, atrapados.

¿Nos tirarán el Teatro? ¿Otra vez ángeles de poca categoría metidos en el berenjenal de salvar el Cabanyal?

Manifestación de la plataforma Salvem El Cabanyal en 2014. Efe, diario El Español

Seguimos citando a Gabi:

El Ayuntamiento de Valencia se sacó de la manga un plan para arrasar el barrio: 1.650 casas a derribar y cientos de familias desalojadas, humilladas, robadas. Maite fue la primera en reaccionar: “No voy a permitir que me tiren el barrio, mi casa y mi negocio, así como así”.

Empezamos a ir a reuniones a la asociación de vecinos. Ya estaban allí Félix Estrela y Amparo; y antes que ellos, Rafael (el poeta combativo). Y así, diseñamos y pusimos en marcha “Las cenas de sobaquillo”. “Vente a cenar con el bocadillo bajo el brazo y nos organizamos para salvar el Cabanyal”, tal era la consigna. Concebimos aquella aventura para acometerla durante tres semanas seguidas, pues creímos que un solo día para algo así no era suficiente.

Y seguimos citando el relato del titiritero:

Me costó mucho aquello. Nosotros (Maite y yo) hicimos las primeras convocatorias: yo tiraba un cable eléctrico por el balcón del teatro y ponía luz y sonido al evento. También creo recordar que uno de los tres días hice El Circo Malvarrosa, que acabó siendo el icono de la Plataforma “Salvem el Cabanyal”. Conseguimos que titiriteros, cantantes y artistas actuaran. Esto fue entre junio y julio, creo recordar, y luego venía el verano; nosotros teníamos compromisos fuera de Valencia. Volvimos en septiembre y, ¡oh, milagro!, había surgido un movimiento de todo aquello. Apareció Tino Villora y familia y la cosa siguió de una forma imparable.

Empezamos el nuevo curso haciendo asambleas en la calle con mucha gente, con muchos ánimos. Cuando hacía falta algo de dinero, yo pasaba la gorra y era suficiente para los gastos básicos: agua, fotocopias, poca cosa.

Concentración organizada por la plataforma vecinal Salvem el Cabanyal en la plaza de los Pinazo, Valencia. Juan. J. Monzó

Lo que nace como un movimiento vecinal de autodefensa, se convierte en una lucha que llama la atención más allá de la ciudad de Valencia. La bola de nieve de la resistencia va creciendo hasta que se hace imparable. El Ayuntamiento cede, Rita Barberá cae, y hoy el Cabanyal se configura como una de las barriadas más acogedoras y con más futuro de Valencia.

El precio ha sido elevado. Gabi Fariza y su hijo David acaban un día en los calabozos de la policía, cuando se suben a una excavadora para impedir que derriben una casa. La noticia salta a los periódicos y a la televisión, y son liberados ante la ilegalidad de la medida. La épica es épica cuando se logran los objetivos y queda alguien para contarlo. Pero en su trayectoria, el combate del día a día es un drama duro de tropiezos y sinsabores.

Victoriosos, con este plus de energía que ofrecen siempre los episodios épicos cuando son vividos en primera persona y acaban en victoria, los de La Estrella se lanzan a nuevas aventuras.

El Espai Campanar

Atención, que nadie crea que hemos pecado de ligereza al titular este artículo ‘Los Teatros de la Estrella’. Ha sido tal la compulsión emprendedora de nuestros titiriteros, que en medio de la lucha por salvar el Cabanyal, quizás buscando a la desesperada alternativas a la posible derrota de sus aspiraciones, crean un nuevo teatro en un centro comercial, al que llaman Espai Campanar.

Por lo visto, era un centro que adolecía de público y movimiento, y pensaron que instalar allí un teatro podría dinamizarlo. Dicho y hecho. En el primer año, ¡consiguen 40.000 espectadores! Para hacerlo posible, construyen entero un nuevo teatro, con todas sus estructuras y asientos. Siete toneladas de peso del material que deben subir a mano por unas escaleras, pues no hay montacargas. Así consiguen medir y saber lo que pesa un teatro, o al menos el suyo: ¡7 toneladas!

Sin embargo, y tal como Gabi se temía, al segundo año les quieren imponer un nuevo contrato leonino. Lo de siempre: si no eres el dueño del espacio y dependes de otros, las cosas nunca salen bien. Mantienen un año más la programación pero la comparten con el Cabanyal, a sabiendas que esta aventura será un simple compás de espera para nuevas travesuras teatrales.

Benassal

El pueblo de la familia de Maite, en el Alto Maestrazgo, en la provincia de Castellón, atrae a la familia. Allí nació su madre, la pintora Teresita Pascual, que da nombre a una calle de Benassal, y en ella deciden instalarse los veranos. Crean unos gigantes para las fiestas que regalan al Ayuntamiento, y se hacen con un hermoso caserón que piensan convertir en Casa-Museo dedicado a la familia: la obra de Teresita Pascual, los cuatros de Maite y el patrimonio plástico de La Estrella. Por el momento es sólo un proyecto, que sufre sus altos y bajos, pero que en estos momentos parece estar encarrilado, con el apoyo explícito de la nueva alcadesa.

El Museo se inaugurará en el año 2019, algo insólito en estos lares, pues las Casas-Museo, que buscan explicar los entresijos vitales y artísticos de un lugar, constituyen iniciativas de un enorme valor añadido, celebrados y enaltecidos por los entendidos que los rastrean como singularidades de primer orden, y que ofrecen al pueblo que los acoge un plus de interés cultural que va más allá del simple reclamo turístico.

Un teatro a 1.500 metros de altura

No contentos con la idea del caserón-Museo, y para dar salida al ingente material acumulado tras la experiencia fallida de El Campanar, se les ocurre construir un teatro en una masía de la familia que tienen en Alcalá de la Selva, a 1.500 metros de altura, en la Sierra de Gudar, provincia de Teruel.

Les viene la idea tras visitar el complejo que Los Titiriteros de Binéfar han creado en Abizanda (ver aquí), grandes amigos con los que comparten muchos temas en común y horas de vuelo. ¿Por qué no hacer en Teruel lo que existe en Huesca?

Un proyecto en marcha que dejan para el futuro, centrados aún en los teatros de Valencia.

La Petxina

Hemos hablado de los Teatros de la Estrella en el tiempo, pero cabe hablar de ellos en plural en el presente, pues tras El Cabanyal y la fugaz experiencia de El Campanar, los de la Estrella deciden comprar un local en el barrio del Botánico, junto al Paseo de la Petxina, que convierten en su segunda sala estable en Valencia: La Petxina.

Un espacio que habilitan con los restos del material utilizado en El Campanar y que las manos sabias de Maite Miralles pintan y decoran con su arte y gracia habituales.

Maite Miralles en la taquilla de la Sala Petixna.

Junto a La Petxina, se hacen con un almacén donde guardan en cajas sus más de 30 obras en repertorio. Allí tienen también el taller donde Gabi y Maite crean sus muñecos y escenografías. En la entrada, están las oficinas, donde Simón Fariza trabaja sus proyectos fílmicos de animación.

En El Cabanyal, entretanto, reina el otro hijo de la pareja, David Fariza, convertido en titiritero y digno sucesor de su padre (interpreta ahora el incombustible Circo Malvarrosa), donde tiene su propio taller. Junto con Sandrine Costa, se halla en estos momentos preparando un nuevo montaje que deberá estrenarse en breve.

David Fariza, Maite Miralles, Gabi Fariza y Sandrine Costa.

Un caso único, el de La Estrella, de labor decidida y emprendedora en pos del teatro de títeres desde la figura del payaso. Una forma doble de desdoblarse: con la máscara minimalista de la nariz roja que da vida a otras formas de ser uno, y con los muñecos que multiplican la identidad al infinito.

Hablaremos en otra ocasión de su trabajo.

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