Se ha podido ver en Barcelona, dentro del V Ciclo Compañías en Red, que organiza la Red de Teatros Alternativos, la obra ‘Ovidia’ de una compañía de nombre francés  –Vera Glez, su directora artística y autora de la obra, reside en Bruselas– que sin embargo procede de Madrid, pues allí se ha creado el espectáculo y de allí son la mayoría de los participantes. Una obra que ha sido escogida por el circuito de las Salas Alternativas españolas para girar por ellas, algo que debe alegrar a todos los que gustamos de este género que usa la duplicación actoral con muñecos para su expresión en el escenario.

Ovidia
Los personajes de Ovidia, con Vera Glez (izquierda) y Esther d’Andrea (derecha) al fondo.

Ha sido un verdadero placer constatar una vez más la buena salud que tiene el género en Madrid, con propuestas jóvenes y arriesgadas como la presente que se lanza en formatos medianos con ganas de sorprender al espectador. Y es que la obra urdida por Vera Glez y su equipo sorprende y atrapa al público desde el principio hasta el final, gracias a unos personajes ambiguos y oscuros, que oscilan entre lo grotesco y lo poético, y que se van definiendo a través del despliegue narrativo de la obra con saltos de plano y de registro, bien hilvanados por la presencia de los manipuladores. Una presencia que cabe considerar como uno de los mayores aciertos de la obra, pues los actores-manipuladores se mueven entregados al servicio de los muñecos, en una actitud básicamente neutral pero que no esconde la profunda empatía que sienten por los personajes, de modo que estos no pueden evitar fijarse en ellos, recordándoles de que en efecto están para servir a los títeres y no para sentir sus emociones. Indicaciones que constituyen magníficos guiños a modo de sutiles contrapuntos en el ritmo de la obra –y muy bien acogidos por el público.

Ovidia
Ovidia.

Esta relación entre el títere y los titiriteros, bien sustentada técnicamente por una impecable manipulación sobre mesa (de las que requieren a veces dos y hasta tres manipuladores por muñeco), constituye el sostén dramatúrgico sobre el que reposa la historia, de tintes sórdidos y buenas dosis de humor negro, en una especie de thriller psicológico que nos recuerda a veces la atmósfera de un diseño de cómic con la acción detenida en un Motel de carretera.

Bien lograda la ambigüedad del personaje principal, Ovidia, aquejada por un mal curioso como es el de tener dos corazones, el propio y el de su hermano gemelo, lo que produce curiosas ensoñaciones poéticas y ectoplasmáticas, con embriones psíquicos y almas gemelas volando. La historia avanza con misteriosa incertidumbre hacia su final truculento. Una incertidumbre narrativa que tiene la virtud de sostener la atención del público, atento a los mínimos detalles, pues sabe que la clave de todo está en ellos, en los gestos de algún títere, o de algún manipulador, o en alguna sorprendente irrupción de unas almas voladoras, o de dos embriones psíquicos… Pues si alguna singularidad tienen los títeres, es esa capacidad de contar y de mostrar lo inexplicable, dejando que sean las imágenes las que hablen por sí mismas.

Ovidia
El señor Sapo, el hotelero.

Los tres manipuladores, Esther d’Andrea, Lucas Escobado y Vera Glez, verdaderamente entregados a su labor, despertaron el entusiasmo del público, que cuando acabaron de aplaudir subieron con ganas al escenario, fascinados por los muñecos y por la historia que acababan de ver. Esperemos que en los cuatro días que están en Barcelona el interés y la asistencia no se detengan al buen nivel del día del estreno y vayan a más. La propuesta bien se lo merece.

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