Carles Cañellas, de Rocamora Teatre, se añade a la sección española de Veteran@s con una gran tarjeta de presentación: su importante trayectoria artística, que precisamente acaba de cumplir sus 35 años de actividad. Para celebrarlo, en enero y febrero de 2012 ha presentado en el nuevo teatro de Barcelona La Seca dos de sus espectáculos más emblemáticos: Solista y Pequeños Suicidios.

Carles Cañellas
Carles Cañellas. Foto Jesús Atienza

Inicio

– Sé que es un tópico decir que de pequeño ya me dedicaba a los títeres, pero en mi caso no me lo invento: en 1965, con diez años, me apropié de los títeres que tenía mi hermano y durante tres veranos representé con ellos funciones. Lo hice para los niños de Òrrius, el pueblo dónde entonces veraneábamos con la familia. Tal era nuestro entusiasmo, que incluso nos pusimos un nombre, “la Penya Can Seixanta”. Actuamos primero en una plaza, luego en el Teatro de la Parroquia que nos dejaba el cura y finalmente en la Sala Municipal que alquilábamos al Alcalde, en la que hacíamos una función nueva cada semana.

Esta inclinación por hacer cosas con las manos puede decirse que proviene de la familia: su padre, así com su abuelo, eran herreros, con un importante taller en el barrio de Gracia. Una influencia que de pronto se hizo perentoria: a los trece años, su padre le hace dejar los estudios y entra en el taller como aprendiz. Aprende y trabaja el hierro, que marcará para siempre su existencia: cuando su vocación teatral vuelve a surgir en la juventud, lo hace cuajando en una de las especialidades que precisamente requieren taller: las marionetas. Y, más tarde, ya en plena etapa de titiritero, será el encargado de construir las estructuras metálicas del emblemático Circ Cric. Animal de escenario y de taller, cumple con los requisitos básicos de los que se hacen los muñecos ellos mismos.

Carles Cañellas

                    Carles Cañellas en su taller. Foto Jesús Atienza

Como prácticamente toda la generación que empezó en los años setenta a hacer teatro en nuestro país, sus orígenes se confunden en este galimatías existencial que baraja la militancia política con la artística y la vital. Franco murió en noviembre de 1975, en medio de una década que dio la vuelta no sólo a España sino a todo el mundo Occidental.

– Al acabar la adolescencia, regresé al teatro, ejercitando, sin ser demasiado consciente, lo que entonces se llamaba “Teatro Provo” o de agitación. Mi vocación, pues, estaba bien clara y se mezclaba con las inquietudes políticas del momento. En 1976 me cayó la mili, y un día, en uno de los permisos en Barcelona, un amigo me llevó a las Ramblas, donde unos curiosos personajes actuaban en la calle con marionetas. La escena me impactó mucho, porque allí vi aunados mis tres centros de interés: el teatro, la escultura y la música. Era la pandilla de Pepe Otal, representaban números sueltos, clásicos algunos, provocadores y fantasiosos los demás: estaba la serpiente hechizada por un flautista, un número fascinante que me impresionó profundamente, pero también otras figuras pequeñas del circo, con un “más difícil todavía” hecho de hilos y de unos ingenios de maderas cruzadas que se movían con las manos y de los que colgaban hilos. Aquella ingenuidad abrumadora me cautivó, sentí una especie de punzada que me decía que aquello era lo que quería y tenía que aprender. Hablé con Pepe y dejé el taller de mi padre, para convertirme en titiritero.

Vehemencia e ideas claras. Y un sentido práctico de la vida de quien sabe medir piezas que deben encajar en estructuras complejas. La aventura se inicia en una época mítica, la de los primeros años del llamado Grupo-Taller de Marionetas que Pepe Otal capitaneaba instalado de ocupa (entonces se llamaba squatter) en una casa abandonada que había sido escuela y después, escondite de camellos del barrio. Las marionetas ocuparon el espacio y poco a poco se lo hicieron suyo.

– Aprender con Pepe fue una experiencia nueva y muy enriquecedora. Él dejaba hacer y prácticamente no te decía nada. Había aprendido con el Maestro Tozer, que entonces enseñaba en el Instituto del Teatro, y ahora que Pepe iba por su cuenta, en realidad quería hacerlo todo al revés. Un día lo cogí aparte y le pregunté cómo tenía que manipular la marioneta, el Filipo, que tenía en las manos, porque no me salía. Con su pipa en la boca, me miró y me dijo: “lo único que tienes que conseguir es que la marioneta esté viva”. Con esta simple y lapidaria frase me dio lo que para mí ha sido el principio de todo: buscar que la marioneta sea autónoma, que tenga vida propia. Y, para conseguirlo, el recorrido técnico y vital ha sido largo.

Por haber mamado desde la cuna una cultura de taller y haber aprendido ya de muy joven el oficio de cerrajero, Carles Cañellas es una de esas personas que valora la disciplina del aprendizaje y que necesita poner rigor y exigencia en todo lo que hace. De ahí esta urgencia por independizarse de las licencias libertarias del quehacer propio de Pepe Otal y el anhelo de profundizar en una técnica, el hilo, que pide concisión, estudio y una disciplina estricta en la manipulación.

La marioneta de hilo

Hay que decir que Carles Cañellas, a pesar de ser un titiritero que ha trabajado los distintos géneros del teatro de animación, es uno de nuestros manipuladores de hilo más refinados y competentes, como lo demuestra el espectáculo que acaba de presentar estos días en Barcelona, ​​Solista, que reúne algunos de sus números más reputados. Le pregunto si se puede considerar Barcelona como una capital importante del Hilo.

A la Plaça del Pi

                           En la Plaça del Pi. Foto Jesús Atienza.

– Ya lo creo que sí, que lo es. Y procede sin duda de este personaje tan singular que fue el señor Tozer, un inglés nacido en Paraguay, que aun siendo un aficionado, sembró una semilla que no ha dejado de dar cosechas incluso después de muerto. Con él aprendió Pepe Otal, Teresa Travieso, Fernando Gómez, entre muchos otros. Y es de este núcleo originario de donde se irradió el conocimiento de la marioneta de hilo, que en Barcelona ha tenido un extraordinario cultivo. Hay que decir que las marionetas del señor Tozer destacan sobre todo por el ingenio de los trucos del control y por la gracia de sus personajes, ya que era un maestro de la caricatura. La manipulación con puente, sin embargo, frenaba mucho la calidad de los movimientos, ya que es muy difícil mover una marioneta desde tanta distancia. Es fácil que “culeen” o que “vuelen”. Yo, por el contrario, he trabajado casi siempre con el hilo corto y a vista. Me gusta mucho más esta cercanía con el muñeco. Pero para trabajar a brazo alzado, sin puente, había que reducir el peso del muñeco y trabajar con un mínimo de contrapesos posible. Por eso mi obsesión en la técnica del hilo se ha centrado siempre en estudiar, equilibrar y distribuir bien el peso de la marioneta. Por ejemplo, no las hago habitualmente de madera, ya que entonces me pesa demasiado el cuerpo y en un espectáculo de una hora llega un punto en que no puedo matizar bien los movimientos. Por eso las hago muy ligeras y añado peso allí donde quiero que lo haya y que yo lo pueda notar: en los pies, en las manos, o en ciertas partes del cuerpo.

Volvemos a los orígenes, cuando Carles Cañellas deja el Taller de Pepe Otal y crea un nuevo grupo llamado Col·lectiu d’Animació (Colectivo de Animación).

– No fue ninguna escisión respecto a Pepe. Simplemente, unos cuantos sentimos deseos de profundizar en ciertos aspectos y de profesionalizarnos saliendo de los márgenes donde el Taller de Marionetas se había instalado. El mismo Pepe nos dejó parte de su material, que luego le devolvimos escrupulosamente, y nos fuímos primero al Raval y después al barrio de Gracia.

Así nace en el año 1978 el Col·lectiu d’Animació (Colectivo de Animación), compuesto por el propio Cañellas, Jordi Bertrán, Yolanda Fontanillas, Gemma Beltran, Josep y David Ventura, y David Salvador. Actúan en la calle, en la Plaza del Pi sobretodo, pero también en otros lugares, y poco a poco les empiezan a caer funciones contratadas. En su entorno se acercan otras personas, como son Llàtzer Torrente, Luis Menéndez-Chacón, o el mismo Pep Molins, que había venido de Valencia con Javier Mariscal y se había quedado a vivir en Barcelona. Pep Molins les enseña a trabajar el papel cartón o cartón piedra según las técnicas tradicionales de los falleros valencianos. Hacen pasacalles, tocan música en directo, participan en el género de la performance, interpretan John Cage haciendo un concierto de radios transistores, y crean espectáculos de marionetas de hilo cada vez más refinadas. La aventura dura hasta Diciembre de 1980, cuando le cae la propuesta de diseñar y construir toda la estructura de hierro del Circ Cric y de ser el Jefe Técnico. Allí actúa en la pista con sus marionetas.

Italia

Terminada la etapa del circo, un amigo italiano le plantea: “¿por qué no te vienes conmigo a Italia? Estoy seguro que allí encontrarás mejores condiciones para el trabajo que haces … ”

La Corrida
La Corrida, con su hermana Rosa Mª Cañellas. Foto Jesús Atienza.

Aquella tentación cayó en el mejor momento, cuando empezaba a estar cansado de unos cuantos contratiempos y de unas rutinas que no parecían llevar a ninguna parte. Coge una maleta, pone sus títeres en ella y se va a Italia. Crea un espectáculo que se llama precisamente “La Maleta”. El argumento es muy sencillo: llega al escenario donde hay que actuar, pone la maleta, la abre, y de su interior va sacando metafóricamente los diferentes personajes. Un espectáculo de números sueltos que entusiasma al público italiano. Durante tres años permanece en Italia siguiendo una carrera imparable de actuaciones y de participación en los festivales más importantes.

– En Italia el teatro vivía en aquella época sus años dorados: había circuitos, teatros y festivales abiertos a las marionetas y, sobre todo, muchos grupos que rompían las convenciones e inauguraban nuevos caminos para el teatro de animación. La ciudad de Cervia se convirtió en un centro importante, Gioco Vita inició su avanzado estilo de teatro de sombras que ha revolucionado el género, y los Briciole, en paralelo a otras compañías europeas, se adentraban por los terrenos desconocidos del llamado “teatro de objetos”. Yo tuve la suerte de tropezar y de establecer con ellos una estrecha relación de amistad y de trabajo. Participé en algunas de sus creaciones y creamos unos vínculos que aún duran. Los Briciole marcaron toda una época y revolucionaron la estética del teatro de títeres de su tiempo. Títulos como “Little Nemo”, “Génesis” o “Il Richiamo della Foresta” recorrieron todos los festivales de Europa, sembrando nuevas opciones de entender el género. Fueron unos años en los que vi todo lo que esta profesión podía dar de sí, y me situó también respecto a las necesidades y las carencias que teníamos en nuestro país. Me hubiera podido quedar más tiempo, en Italia, pero tenía ganas de poner en marcha en mi tierra algunas iniciativas que me hervían por la cabeza.

Air Mail
Escena de Air Mail. Foto Ros Ribas.

Para empezar, un nuevo espectáculo: Air Mail. Entre 1983 y 1984, trabaja en su nuevo proyecto en el taller de los Briciole. A finales del 84, vuelve a Barcelona y lo acaba de montar. Air Mail, una obra de serie negra con todos los ingredientes del género, es fruto de una elaboración exquisita que trabaja con varios registros y con títeres de diferentes tamaños y que juega con los múltiples planos de la convención cinematográfica. El grupo crece y se incorporan a él Jaume Vilalta, Yolanda Fontanillas, Rosa Cañellas y Anna Pedreira. Air Mail se estrena finalmente en el Festival de Sitges de 1985. Hace temporada de un mes en el Teatro Regina, recibe premios y críticas excelentes y gira por los Festivales de Europa: Italia, Francia, Suiza, Holanda, Bélgica … La obra, sin embargo, pide escenarios grandes y son siete las personas a manejarla. Todo ello hace que la realidad del país y sus circuitos de títeres, centrados en lo infantil y en los bajos presupuestos, obliguen a detener esta apuesta ambiciosa y arriesgada. El Air Mail, sin embargo, quedará como uno de los hitos del moderno teatro de títeres en Cataluña.

Nuevas etapas

En el año 1993, y con la intención de estrenar un espectáculo que quepa en el pequeño escenario del Teatro Malic, crea AUBUSTER, una obra cuyos personajes son unos seres peculiares, mitad aves y mitad humanos, inspirados en el talante y la fisonomía de Buster Keaton. El título es de hecho una contracción de ave y de Buster. El grupo se concreta en sí mismo y Susanna Rodríguez, su compañera, entra y forma parte activa de la compañía.

Ausbuster
Aubuster. Foto Cristóbal Fernández.

– Es una historia sin palabras, en la que utilizo una máscara neutra para caracterizar el personaje, con un argumento muy sencillo: la vida de AUBUSTER, desde su nacimiento hasta su muerte.

Opta por la marioneta de hilo, de una precisión virtuosística, y el espectáculo se convierte en un éxito rotundo que dura en el tiempo y le permite continuar su carrera por los teatros y festivales.

– Siempre me ha interesado la marioneta de hilo, un género que nunca he abandonado y que sigo explorando en el día a día de mis espectáculos. Con AUBUSTER quedé muy contento con lo que se podía hacer con aquellos muñecos que no eran personas normales. Pero el gusano del teatro de objetos, que aprendí con los Briciole y desarrollé en Air Mail, me seguía royendo por dentro. Había vivido en Italia la creación de los “Pequeños Suicidios”, una obra creada por Gyula Molnár en 1983 cuando estaba con los Briciole, y se me ocurrió hacer algo en esta dirección. Fue el mismo Gyula quien me dijo: “Pero hombre, porque no representas “Pequeños Suicidios”? A mí me encantaría ver otra versión, hecha por alguien diferente a mí, y tienes toda la libertad para adaptarlo a tu manera”. Aquella oferta era realmente demasiado tentadora. Me lancé, y con la ayuda del mismo Gyula, que me mostró los rincones ocultos de la obra en algunos de sus ensayos, la trabajé en casa durante un año y la obra se estrenó en el año 2000.

Petits Suicidis

                               Pequeños Suicidios. Foto Jesús Atienza.

El éxito es fulminante, las críticas coinciden todas en celebrar la propuesta, y con este espectáculo vuelve a girar por Festivales. Hace temporada en la Sala Beckett de Barcelona y ahora, en enero de 2012, ha vuelto a representarla en La Seca, el nuevo teatro donde el Espai Brossa de Barcelona se ha instalado.

En estos momentos, Carles Cañellas tiene en cartera varios espectáculos para todos los públicos, como “Solista”, donde reúne sus números más logrados en el terreno de la marioneta de hilo, “El Traje Nuevo” o “Oliu, el pequeño leñador”. Pero le gusta distinguir dos en especial:

– Me encanta colaborar con otros artistas o con colegas, buscando complicidades y unas sinergias que me resultan muy gratificantes. Es el caso de dos montajes que he hecho, uno con Biel Porcel, del grupo Binixiflat, titulado “Buscando el Sol”, y el otro con la reputada sombrista Mercè Framis, un “Retablo de Maese Pedro” hecho para el Auditorio de Barcelona. En ambos casos la colaboración ha sido una experiencia extraordinaria, con unos resultados de una calidad innegable. Es una manera de trabajar que me gustaría repetir en el futuro: uno aprende más de lo que crees y sales francamente satisfecho.

¿Reproches?

-Uno: mi proyecto de abrir en Barcelona un espacio escénico dedicado al género de las formas animadas, tanto en el cine como en los títeres y objetos. Un proyecto por el que aposté y trabajé mucho, con la financiación resuelta, y que se fue al traste por falta de apoyo político. Una lástima, porque el local, que la SGAE se llevó por convertirlo en una de sus Arterias de las que ahora no saben qué hacer, podría haber estar funcionando desde hace tiempo con todas las garantías y con un rendimiento cultural y económico asegurado.

Le pregunto qué es para él una marioneta.

– Para mí, es la herramienta o el instrumento que me ha permitido expresarme y establecer un vínculo con el espectador. La marioneta es una médium que me comunica a mí, que soy esencialmente tímido, con los demás. Ella da la cara, me saca las palabras de mi interior, y se sitúa entre mi persona, que me gusta mantener anónima, y este desconocido que es el otro, el espectador que tienes delante.

¡Perfecta definición! Hablamos de los tiempos actuales, marcados por el pesimismo y la crisis social y financiera. ¿Acaso los titiriteros nos debemos dejar llevar por estas inercias?, le pregunto.

– La situación es difícil, por qué negarlo. Pero yo soy muy optimista respecto a nuestra profesión. Creo que el interés por el oficio de titiritero crece cada día. Barcelona es el ejemplo, con más y más jóvenes que se dedican al mismo. Ahora ya no hay que romper los hielos que antes teníamos que hendir. Las actuales generaciones se han educado con un conocimiento del teatro y de sus diferentes modalidades que antes no existía. Los padres de hoy en día son la mayoría antiguos espectadores que vivieron nuestros descubrimientos de los años setenta, ochenta y noventa. En este sentido, y a pesar de las deficiencias estructurales que padecemos -como es la falta de teatros, una vergüenza en una ciudad como Barcelona-, soy muy optimista.

Una impresión de un maestro de las marionetas que dejamos al aire para limpiar la actual atmósfera de pesimismo y para insuflar nuevas energías a estos jóvenes que ahora toman el relevo y empujan con fuerza y ​​decisión hacia el futuro.

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