(Imagen de Loop. Foto Jesús M. Atienza)
En el teatro La Puntual, entre las calles del Born barcelonés, sucede algo extraordinario. Durante cerca de cincuenta minutos, el público contempla un universo donde aparentemente no hay nada y, sin embargo, ocurre de todo.
La oscuridad
Loop, la nueva creación de Eugenio Navarro con dramaturgia y dirección de Pablo Ariel, transcurre en un espacio aparentemente vacío. Una inmensa oscuridad donde flotan personajes, objetos y formas. La primera impresión es paradójica: la oscuridad está en todas partes, pero no se ve. Está tan cuidadosamente construida que desaparece ante nuestros ojos. Solo cuando dejamos de verla comprendemos que sostiene el espectáculo entero.
La gran protagonista de Loop es precisamente esa oscuridad. No como ausencia de luz, sino como materia escénica. La técnica de luz negra, utilizada aquí con una precisión admirable, no funciona como un mero recurso visual: se convierte en la condición misma de existencia de este planeta imaginario. Los personajes brillan con tonalidades violetas, azules y neón mientras parecen desafiar la gravedad. Todo flota. Todo sucede suspendido en una nada cuidadosamente diseñada.

Foto Jesús M. Atienza
La luz negra no ilumina el espacio: lo selecciona. Nos obliga a mirar de otra manera, con una atención distinta, como si durante cincuenta minutos tuviéramos que aprender a usar unos ojos nuevos. Las pupilas se vuelven más atentas, más perceptivas. La oscuridad existe precisamente porque no la vemos.
Es como ver con otros ojos. La penumbra deja de ser una ausencia para convertirse en una presencia constante, invisible y necesaria. Una contradicción fascinante: la oscuridad sostiene todo el universo de Loop, pero solo puede hacerlo desapareciendo.
La obra
Detrás de esta ilusión está la mano experta de Eugenio Navarro, que manipula los distintos personajes con una naturalidad que hace olvidar la complejidad técnica de la propuesta. El resultado es una minuciosa coreografía donde cada movimiento parece inevitable y donde la frontera entre objeto, títere y ser vivo se vuelve difusa. Todo ello acompañado por la música de Leroy Anderson, que aporta ritmo, humor y ligereza a un universo que nunca pierde su capacidad de asombro.
Uno de los aspectos más fascinantes del espectáculo son las estelas de luz que dejan algunos movimientos. Determinados desplazamientos generan trazos luminosos que permanecen suspendidos durante un instante antes de desaparecer. Hay algo profundamente hipnótico en esas huellas efímeras. Como si el espacio conservara durante unos segundos la memoria del gesto. Como si pudiéramos contemplar el tiempo mismo.

Foto Jesús M. Atienza
Es una imagen que siempre me ha fascinado: ver el tiempo dejando rastro, ver algo que normalmente permanece invisible. Quizá por eso esas estelas resultan tan cautivadoras. No son únicamente un efecto visual; convierten el tiempo en materia visible.
Las criaturas de Loop habitan además un universo donde las reglas de la realidad han sido suspendidas. Un personaje puede perder la cabeza y continuar su existencia con absoluta normalidad. Los cuerpos se transforman, se fragmentan y se recomponen sin drama alguno. Lejos de resultar inquietante, esta lógica produce una extraña alegría. Como ocurre en los sueños o en determinados dibujos animados, la identidad de los personajes no depende de la estabilidad de su forma sino de la continuidad de su energía y su presencia escénica.
En Loop, la lógica cotidiana deja paso a una lógica poética. Los personajes existen porque se mueven, porque juegan y porque comparten ese extraño universo fluorescente donde todo parece posible.
Los niños
Para mí, uno de los aspectos más interesantes de la función fue la relación que se estableció con el público infantil. Al tratarse de un espectáculo sin texto, los niños y niñas llenaban el silencio con pequeños comentarios, preguntas y descubrimientos susurrados. La ausencia de palabras no generaba distancia; al contrario, parecía abrir un espacio de participación espontánea donde cada espectador completaba el relato a su manera.

Foto Jesús M. Atienza
La oscuridad, lejos de producir inquietud, se transformaba en un territorio de juego. Tal vez ahí resida uno de los mayores logros de la obra: convertir lo desconocido en fascinación y hacer de la penumbra un lugar habitable.
La sala permaneció atenta durante cincuenta minutos de la oscuridad más colorida que he visto este año.
Al finalizar la función, la curiosidad continuó. Muchos niños se acercaron a observar los títeres de cerca y formular preguntas. La particular «rueda de prensa» infantil permitió comprobar hasta qué punto habían hecho suyo el universo de Loop. Querían saber cómo funcionaban aquellos seres, cómo flotaban, cómo estaban construidos. La magia no desaparecía al revelar el mecanismo; simplemente cambiaba de forma.
Eugenio
Tras la función, muchos espectadores permanecieron en la sala para observar de cerca los títeres. También estaban presentes colegas titiriteros, atraídos por la curiosidad profesional que despierta una propuesta de estas características. Al ver los personajes a pocos centímetros desaparecía parte de la ilusión, pero aparecía otra igual de poderosa: la admiración por la sencillez de los materiales y por la inteligencia con la que están utilizados.
Los títeres sorprenden por su ligereza y por la economía de sus recursos. Son objetos construidos con precisión, donde no sobra nada. Algunos detalles fluorescentes, materiales extremadamente ligeros y una enorme inteligencia escénica bastan para construir todo un universo. Los personajes que sobre el escenario parecían habitantes de un planeta lejano revelan, de cerca, una sencillez casi conmovedora.

Foto Jesús M. Atienza
La conversación posterior a la función terminó resultando tan reveladora como el propio espectáculo. Tras atender pacientemente la particular «rueda de prensa» del público infantil y mostrar de cerca los títeres, Eugenio Navarro compartió un rato con algunos espectadores y colegas titiriteros frente al teatro. Unas sillas sacadas a la calle, unas cervezas compradas en el supermercado y una conversación sobre mecanismos, materiales y soluciones escénicas.
Resultaba difícil no pensar que aquella sencillez tenía algo en común con los propios habitantes de Loop.
Tras casi cinco décadas dedicadas al teatro de títeres y después de cuatro años de trabajo invertidos en esta nueva producción, Eugenio Navarro habla de su oficio con una tranquilidad desarmante y una generosidad poco frecuente. Comparte hallazgos, explica procesos e incluso revela algunos secretos de construcción sin perder un ápice de misterio. Tiene la serenidad de quien sabe exactamente lo que busca y la experiencia de quien ha dedicado una vida entera a perseguirlo.
Quizá porque sabe que el verdadero secreto nunca está en el mecanismo. Está en la imaginación.
Claramente Eugenio tenía muchas cosas por decir y todas resultaban reveladoras. Escucharlo hablar de materiales, soluciones técnicas y decisiones artísticas permitía comprender mejor la profundidad de una obra que, sobre el escenario, parece tan ligera como sus propios personajes.
Después de ver Loop, uno tiene la sensación de haber visitado un planeta lejano. Tras hablar con Eugenio Navarro, comprendo que ese planeta ha sido construido durante años a partir de algo mucho más cercano: una inmensa acumulación de imaginación.

















