(Cartel de la obra)
Se presentó en Barcelona, en el espacio Salón Mau Mau del Poble Sec, el llamado Colectivo Patillas Black con un de sus primeros espectáculos, Ecce homo; o de cómo convertirse en sí mismo, basado en la obra con el mismo título de Nietzsche así como en fragmentos de Así habló Zaratustra.
Y como es habitual en este colectivo de expresión unipersonal que es Patillas Black, la obra se presentó con varios subtítulos: Farsa de pupitre con esperpentos y La Fiesta del Burro.
En el teatro de Patillas Black, a los títeres hay que llamarlos esperpentos, esta denominación inventada por Valle-Inclán, al que los autores consiguen ampliar su significado, indicando, por ejemplo, que el esperpento, considerado como individuo, es notable por su fealdad, desaliño y mala traza. Y prosigue su descripción del siguiente modo:
Por lo general tiene una cabeza antropomórfica y articulada a un pequeño cuerpo-objeto. El resultado es un trozo de existencia a medio camino entre lo animal —o humano— y el objeto, sin ser lo uno ni lo otro. Tampoco es títere, ni marioneta. Es un esperpento. Visto así, el esperpento es un doble alejamiento, una metamorfosis siempre en curso, detenida en el tiempo, que no acaba de resolverse nunca. En el esperpento, en su presencia, y a través de ella, lo humano —sin degradarse— se reifica permanentemente, se hace cosa. Lo mismo ocurre con el objeto, en principio estático, inerte, involuntario, que también se dinamiza, y cobra vida, y se humaniza, pero nunca del todo, por lo que siempre deja un residuo indisoluble de rareza en el ojo del espectador. (extraído del portal web de Patillas Black, ver aquí).

Nietzsche, imagen extraída del portal Summa Cum Freack
Esperpentos que también podríamos llamar engendros (Criatura informe que nace sin la proporción debida. Persona muy fea). Y cómo sinónimos, el Diccionario de la Real Academia Española propone: aberración, barbaridad, deformidad, horror.
Y realmente así aparecen en el pequeño escenario ‘de pupitre’ los personajes de este Ecce Homo en el que un Nietzsche ya en su última fase de lucidez reflexiona sobre su vida, acuciado por los que cuidan de él más el doctor que lo atiborra de pastillas, sus acérrimos enemigos, para rememorar finalmente la Fiesta del Burro que Zaratustra organiza en su cueva, invitando a los distintos seres que encuentra cuando asciende hacia las alturas nevadas de su lucidez:
… todos aquellos hombres superiores, los dos reyes, el papa jubilado, el mago perverso, el mendigo voluntario, el caminante y sombra, el viejo adivino, el concienzudo del espíritu y el más feo de los hombres: todos ellos estaban arrodillados, como niños y como viejecillas crédulas, y adoraban al asno.
Y justo en aquel momento el más feo de los hombres comenzaba a gorgotear y a resoplar, como si de él quisiera salir algo inexpresable; y cuando realmente consiguió hablar, he aquí que se trataba de una piadosa y extraña letanía en loor del asno adorado e incensado. Y esta letanía sonaba así:
¡Amén! ¡Y alabanza y honor y sabiduría y gratitud y gloria y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos!
– Y el asno rebuznó I-A …
Todos añoran al Dios que ya no existe, y ante la carencia, deifican al buen burro, exaltado y aclamado como el nuevo dios del mundo.
Estamos ante una burlesca y cruel caricatura del propio Nietzsche y de todos sus personajes, reales o literarios, con el superhombre convertido en supermono, pero que a su vez es también una devota exaltación de los mismos, como nos indica que los personajes importantes, como el mismo Nietzsche o Wagner, sean unos engendros montados sobre unos metrónomos, representación inapelable del Tiempo, pues la lucidez del filósofo y de los grandes hombres no puede ajena al vivir asociados al Tiempo, a la Música, de modo que el propio cuerpo ya no es tal sino un puro metrónomo.

Wagner. Imagen extraída del portal Summa Cum Freack
Pero nuestra época ya no permite hablar desde las cimas de las altas montañas donde habita Zaratustra, sino que nos obliga a descender de los míseros montículos de la Cultura, nuestra común ‘sopa boba’, para desde aquí bajar a los infiernos y a los subsuelos de nuestro mundo, allí donde los humanos han perdido toda su humanidad y se han convertido en esperpentos y engendros, solo provistos de parloteos cacofónicos, cuando no de simples balbuceos.
La obra se va desplegando a través de esta estética deshilachada del esperpento, pero con picos de gran ingenio acompañados de potentes imágenes, como la escena del diálogo con el Concienzudo del Espíritu, que entra y sale de las profundidades de una guitarra, los distintos diálogos con los invitados de Zaratustra a su fiesta, o la misma escena del huevo que se engendra para crear al Superhombre, que va creciendo de tamaño hasta que el filósofo hace hablar el martillo para mostrar que el huevo ha engendrado al Supermono..
Toda la obra está salpicada de grandes momentos, con textos que alternan el absurdo con la lucidez, el desvarío con flashes cáusticos y afilados de reflexión, con un juego constante de contradicciones, como es propio del pensamiento nietzscheano.
Y como toda mirada del esperpento, el discurso recurre a la máxima síntesis que permite distorsión y curvatura del espacio y de los personajes-engendros, salidos de esta máquina retórica que tritura sin pìedad la banalidad de nuestra época.
Todo eso es este Ecche Homo de Patillas Black, y aún mucho más y mucho menos, al buscar la paradoja y la realidad antitética de un teatro que navega por las aguas turbulentas, hiperlúcidas, sarcásticas y bufonescas del lenguaje filosófico.
















