(Imagen de Pinocho. Foto Ura Iturralde)
El Festival Titirijai de Tolosa 2025 ha cruzado ya su Ecuador con los títulos que presentamos en esta crónica. Aun quedan días y espectáculos, aunque este cronista no podrá seguirlos todos, pues otros deberes me llaman a Barcelona. Desde Titeresante seguiremos informando de los sucesos más importantes, como los Premios que otorgarán los dos jurados del Festival: el de adultos y el de los menores, y otros detalles del Festival.
Nos centraremos en esta ocasión en el impresionante Pinocho que nos presentó la compañía italiana Zacches Teatro; en la deliciosa obra de sombras realizadas con las manos de Valeria Guglieta No toquen mis manos; en Simplemente Clara que la cía. Minus Mal de Granada presentó en la residencia para personas mayores, el Complejo Asistencial Uzturre de Tolosa; en esa singularidad teatral que es El Testamento, obra maestra de Ramon Molins, director de la cía. Zum-Zum, de Lérida; y en Arbre (Árbol) a cargo de la cía Arrels de Bosc de Tortellà (Girona).
Pinocho, de Zacches Teatro
Impresionante lo califiqué antes y probablemente me quedé corto, ante el alarde interpretativo que ha realizado la compañía Zacches que dirige Luana Gramegna con esta versión de Pinocho, el primer título estrenado hace ya trece años de la Trilogía completada con La Cenicienta y La Caperucita Roja. Tres obras que corresponden a tres cuentos clásicos de los llamados ‘de hadas’ con los que Zacches Teatro ha querido darles la vuelta y mostrar que, tras sus apariencias dulces e infantiles, se esconden en realidad historias terribles que nos hablan de cosas muy profundas de los seres humanos.

Foto Ura Iturralde
Inauguró con Pinocho esta manera de hacer teatro tan propia de la compañía: una apuesta por la intersección de diferentes lenguajes artísticos: la danza contemporánea, los medios expresivos del títere, el uso de máscaras, la experimentación vocal y la relación entre el movimiento plástico y la música/sonido electrónico en vivo.
Y a fe mía que lo han logrado, y muy especialmente en este Pinocho, que casi podríamos ver como un manifiesto o declaración de principios para sus líneas de futuro, pues en él, el cruce de danza, máscaras, trabajo vocal y el títere como referente visual, constituye su característica esencial.

Foto Ura Iturralde
Pocas veces se ve un uso de las máscaras, inspiradas directamente en el lenguaje de la clásica Comedia del Arte, tan logrado y efectivo, con un Pinocho que combina la gestualidad titiritera con la de uno de los zanis, concretamente con los movimientos de Arlequino, aunque yendo todavía mucho más lejos al profundizar desde muchos ángulos distintos en el personaje. Algo que debemos a la extraordinaria interpretación de la actriz y bailarina Amalia Ruocco, provista de unas facultades únicas muy difíciles de encontrar.
Aunque los otros dos personajes principales, el Gato y el Zorro, interpretados por Gianluca Gabriel y Enrica Zampetti, cuyos movimientos también nos remiten a figuras de la Comedia del Arte como Il Capitano o cualquier otro de las máscaras gruñonas de la Comedia del Arte, se elevan también a unas categorías de altísima calidad, con una capacidad única de transformismo, por lo que han recibido importantes premios.

Foto Ura Iturralde
Sorprende y maravilla pensar que solo tres actores sean capaces de encarnarse en trece personajes distintos, con sus voces características y apariencias tan absolutamente diferenciadas. Otra figura maestra es el hada, interpretada por Enrica Zampetti, con una caracterización impecable de muñeco mecánico y que ejerce diferentes roles, los más amigables y pacientes respecto al protagonista tallado por Gepetto.
No cabe duda que Pinocho es un concentrado interpretativo muy difícil de superar y por eso dije al principio que constituye una especie de declaración de principios, un núcleo energético cuya enorme potencialidad se ha ido desplegando a lo largo de los dos otros títulos de la Trilogía, abriendo nuevas vías en las que desarrollar este cruce de máscaras, danza y títeres.
Respecto al contenido, Pinocho nos muestra esa faceta tan incauta, crédula y a la vez tan terriblemente vital de los humanos (niños o adultos) mimados y consentidos, sabelotodo y autodestructivos, que solo aprenden cuando llegan a la miseria última y tocan con las manos a la misma Muerte, que los espera impaciente. Una obra dura, difícil de tragar por papis y mamis, que ejerce esta función de espejo cóncavo que a veces tiene el buen teatro, capaz de mostrar las distorsiones humanas llevándolas al absurdo o a su máxima expresividad.

Foto Ura Iturralde
Una obra que exige públicos abiertos y con ganas de mirarse sin demasiadas complacencias, públicos que quizás ya no abundan tanto en la actualidad, acosados como estamos por realidades que nos superan y peligros de todo tipo. Pues desde el año de su estreno hasta ahora, han pasado muchas cosas en el mundo y en nuestras sociedades, y las personas hemos cambiado. Aun así, Pinocho conserva intacta su potencialidad expresiva de alto voltaje, una bomba escénica deslumbrante y peligrosa, que nos muestra hasta donde puede llegar un trabajo teatral hecho con tanto esmero, esfuerzo, voluntad de trabajo y virtuosismo interpretativo.
Un clásico del teatro contemporáneo de títeres, máscaras, movimiento y teatro visual. Que Tolosa haya podido ver la Trilogía entera constituye todo un lujo que el público, aturdido por la explosión de energía vista en el escenario, aplaudió con ganas y muchas interrogaciones en la cabeza. ¡Chapeau!
No toquen mis manos, de Valeria Guglieta
Me contaba Valeria que para ella actuar hoy en Tolosa ha representado un regreso a los orígenes, pues fue en este ciudad y en el Tititijai de 2005 cuando debutó como artista de sombras con este espectáculo largo hecho con las manos. Una difícil y exigente especialidad la escogida por esta titiritera argentina afincada en Sitges, que ha conseguido dominar con virtuosa maestría.

Foto Ura Iturralde
En el Teatro Leidor, presentó el espectáculo titulado No toquen mis manos, hoy ya un clásico de Guglieta en el que hace un compendio de todos sus saberes artísticos, que son muchos y muy potentes, solo con sus simples manos, una pantalla y un punto de luz.
Como ella misma explica en el programa, su espectáculo recurre al lenguaje de las sombras combinándolo con el cine mudo, el títere, el cómic y la música con los que crear las distintas historias que salen de sus manos.

Foto Ura Iturralde
Un teatro que se remonta a los orígenes de las culturas humanas, cuando en la oscuridad de las cuevas los Sapiens pintábamos o nos divertíamos ya jugando con las manos, buscando las sombras proyectadas en las paredes con la simple luz vacilante de una pequeña lámpara de aceite, y ayudándose con los propios relieves y protuberancias de la roca.
Caras, sapos, gacelas, loros, papagayos, bellas señoritas, señores de caras extrañas y retorcidas, el repertorio de imágenes y figuras de Valeria Guglietti es infinito, o al menos así lo parece, pues con leves modificaciones de un dedo o de un trocito de cartón o de un palillo, cada apariencia puede cambiar en otra radicalmente diferente.

Foto Ura Iturralde
En el Leidor, utilizó la pantalla grande de cine del local, lo que permitió adaptar el espectáculo a la inmensa sala, abarrotada de niños. El público, fascinado por el virtuosismo de la titiritera sombrista, atendió entusiasmado los diferentes números realizados con las manos y los apliques y complementos que suele utilizar Valeria en su teatro. Los aplausos fueron tronantes.
El Testamento, de Ramon Molins
Sin duda, estamos ante uno de los platos fuertes del Titirijai de este año. Un espectáculo unipersonal del director y actor de la compañía Zum Zum Teatre, de Lleida, una de las más potentes dedicadas al público joven y familiar de Cataluña, en el que Molins se hace frente al público esa pregunta que un día u otros todos nos hacemos: Y si me muero hoy o mañana o pasado mañana, ¿qué quedará de mí, a quién dejo lo que me pertenece?, ¿qué es lo que realmente tengo y me gustaría preservar?, ¿y cómo querría que fuera mi funeral?

Foto Ura Iturralde
Preguntas que a la mayoría no le interesa hacerse, pero sí un actor que de alguna manera se juega el pellejo cada vez que va de bolo y se sube a un escenario. ¿Y por qué se hizo uno actor y abrazó esta carrera donde casi siempre todo cuelga de un hilo, y que muchas veces se confunde con esa profesión de ir de un sitio para otro haciendo mudanzas, cargando y descargando escenografía por los teatros del mundo?
En esta obra Molins se plantea cómo debería ser su testamento y, sobre todo, qué es lo atesorado en una vida que dejas en herencia. Lo bueno es que no se trata de un artificio inventado, sino que realmente todo lo que nos cuenta es verdad. Abre de algún modo su vida y su corazón frente al público, que escucha y atiende encogido en su asiento, pues aunque la mayor parte de las personas no son actores, finalmente los temas importantes de la vida son pocos y los mismos para todos, de modo que la mayoría se siente profundamente retratada por el actor, convertido en un espejo que nos refleja a corazón abierto.

Foto Ura Iturralde
Pero que no se asuste el lector, todo eso lo hace Molins bien arropado por el oficio que otorga una vida dedicada al teatro: el dominio de la palabra, los tiempos que rigen cada una de las situaciones presentadas, protegido por su quehacer diario en los escenarios. Y para conseguirlo, el director que es Molins se ha rodeado de otros tres directores de peso: el reconocido Jokin Oregi del País Vasco, y los riojanos Julián Sánez-López y Izaskun Fernández, de la prestigiosa compañía El Patio. Una propuesta que, cómo explicaron al acabar la función en el ambigú del TOPIC, surgió por azar en un festival de Mallorca. Pudo así Ramon Molins distanciarse de sí mismo al tener enfrente a tres directores volcados en la idea y cuyo magnífico resultado solo se explica por la generosa sintonía que los cuatro alcanzaron, un caso insólito de entrega y entusiasmo por el proyecto.

Foto Ura Iturralde
Fundamental ha sido la actitud de humildad y abertura de la que en ningún momento ha huido el actor, sin llegar a mistificar ninguno de los capítulos de su vida, aunque los haya vestido según la conveniencia del espectáculo. Da gusto y te llena de emoción escuchar las canciones que van jalonando la obra, canciones sencillas y populares. Y para trasladar a los más veteranos al pasado, no duda Molins en utilizar el conocido sonsonete del Consultorio de Elena Francis, ese famoso, pegadizo, amado y odiado programa de radio emitido en España entre los años 1947 y 1984.

Foto Ura Iturralde
El resultado es absolutamente maravilloso. Contaba Ramon en el ambigú como es algo común que, al acabar el espectáculo, muchos espectadores, mujeres especialmente, se le acercan para tocarlo y abrazarlo, conmovidos por haberse sentido tan reflejados en el escenario. Lo que nos indica hasta qué punto, con El Testamento, Molins ha conseguido una obra de teatro de las de verdad, es decir, cuando el teatro se convierte realmente en un espejo de la sociedad, efímero como todo lo escénico, pero útil y capaz de conmover y llegar al fondo en los asuntos importantes de la vida de todos y cada uno de nosotros.
Hitos que solo en muy raras ocasiones se consiguen. ¡Admirable!
Simplemente Clara, de Minus Mal
La cía. Minus Mal de Granada, de cuyo espectáculo Nil ya hablamos en nuestra crónica anterior, presentó en la residencia para personas mayores, el Complejo Asistencial Uzturre de Tolosa, su obra Simplemente Clara. Se trata de una pieza con una única marioneta que Raimon Ruiz, el marionetista solista de Minus Mal, presenta en lugares especiales donde le solicitan intervenciones cortas.

Foto T.R.
Y como es habitual en Minus Mal, se trata de una marioneta payasa que, a través del control de sus hilos, es capaz de moverse con elegancia y precisión como si realmente tuviera vida propia. Una payasa que tiene un cometido especial: ejercer de funambulista caminando sobre una cuerda tensada.
Pero lo más interesante de la sesión en el Complejo Asistencial Uzturre fue ver cómo la marioneta, acercándose a los espectadores, muchos de ellos ancianos en sillas de ruedas, se relacionaba con ellos, despertando sonrisas, carcajadas o pequeños diálogos.

Foto T.R.
La metáfora de un ser movido por los hilos del titiritero resonaba en la vida de unas personas que sienten como también sus vidas penden de unos pocos hilos, cada día más frágiles y quebradizos. Hilos que todavía nos permiten vencer a la gravedad y mantenernos erguidos, aunque sea sentados en una silla de ruedas.
Que los hilos de la marioneta vengan de arriba colgando de la cruceta se asemeja al hecho de que nuestros hilos, llegados también de arriba, se hacen más visibles y conscientes a medida que avanzamos con la edad, pues las ansias por la realización de nuestros objetivos, que nos obligan a movernos en la horizontalidad del suelo terrestre, ya no tienen tanta prisa, y menos cuando te encuentras recluido en una residencia para ancianos, un lugar donde las metas y las finalidades han caducado.

Foto T.R.
De ahí que entonces se hagan visibles y perceptibles esos hilos sutiles que nos mantienen en vida, y que vale la pena cuidar de ellos si aún tiene uno ganas de vivir.
Tal era el efecto espejo que la marioneta provocaba en los espectadores, contentos de ver que aún solo con unos pocos hilos, era posible seguir pasando la maroma de la vida, como la payasa funambulista Clara, que no persigue nada más que moverse y deambular por el escenario, sin salir de él.

Foto T.R.
Tal es la magia de la marioneta, capaz de crear estas resonancias relativas a cosas esenciales, aparentemente imperceptibles, pero que el cara a cara y la quietud de los receptores, en este caso, propiciaba sin duda una toma de conciencia más profunda de lo que desde afuera podíamos imaginar.
Las caras de felicidad y el agradecimiento mostrado por la mayoría demostraron que el trabajo de Raimon Ruiz y Maite Campos en la técnica, no fue un simple pasatiempo, sino una experiencia mucho más rica y sustantiva de lo que cabe imaginar. Los espectadores también lo pensaron, así como las personas responsables del centro, muy contentas del resultado de la sesión.
Arbre (Árbol), de Arrels de Bosc
Se pudo ver primero en la Plaza Euskalerria donde se halla el TOPIC, y al día siguiente sobre el gran quiosco de música que corona la llamada Plaza Nueva de Tolosa, este refinado proyecto titulado Arbre (Árbol), obra que mereció recibir el Premio al «Mejor espectáculo singular» en el FETEN 2025. Creado por Carla Lucea, artista, actriz, titiritera y poeta con una larga trayectoria en algunas compañías como l’Imaginari de la Carla, Compañía el Forat del Niu, o Compañía Cap de Pardals, se acompaña en la técnica (muy importante por la complejidad sonora de la misma) de Michaël Lecuyer, codirector y creador de la instalación sonora.

Foto Ura Iturralde
Dice Clara en su programa: Arrels de bosc es un proyecto que responde a la necesidad de volver a acercar las personas a la naturaleza, de volver a hacerlas sentir parte de ella a través de espectáculos de teatro, títeres y manipulación de objetos.
Un proyecto en solitario que trabaja desde el bosque y con materiales del bosque, para despertar de nuevo las chispas de la ancestralidad que habitan en todas nosotras.

Carle Lucea y Michaël Lecuyer. Foto Ura Iturralde
Y así lo pudimos ver en esta delicada propuesta realizada para ocho espectadores (con sucesivos pases) en la que Carla nos invita a entrar en el mundo interior anímico, definido como el propio suyo, pero que en seguida vemos está formado por contenidos y ‘contenedores’ universales, en los que cada participante puede identificarse plenamente.

Foto Ura Iturralde
Lo bueno de la obra es que se presenta en clave de juego donde prima la intimidad, el sosiego y la sensorialidad: con dos cajas cúbicas provistas de cuatro ventanas, cuatro espectadores se sitúan frente a cada abertura de su caja correspondiente. Unos auriculares nos hablan en lenguaje poético y van dando indicaciones: mover esto allí, trasladar aquello un poco más allá … No desvelamos los detalles para no traicionar la obra y dejarla intacta para quiénes vayan a participar en la experiencia.
Pues, en efecto, de experiencia se trata: entrar en lo recóndito de uno mismo utilizando la metáfora del interior de una casita de bosque. En la riqueza de los detalles está el quid del asunto, un teatro eminentemente poético, que habla con los espectadores ‘de alma a alma’, como diría la propia Carla.

Carla Lucea y Michaël Lecuyer antes de la función en el Quiosco de Música de la Plaza Nueva. Foto T.R.
El resultado es asombroso y exquisito, y los participantes salen como si hubieran pasado por un túnel de refinamiento, con una sonrisa en la cara y los ojos brillantes. Un teatro que huye de descripciones y palabras vacuas, y que busca centrarse en las esencialidades de esta vida. Así lo percibieron los tolosanos y cuántos tuvimos la suerte de acercarnos a los curiosos artefactos poéticos de Arrels del Bosc.