(Hospital de Bonecas, Lisboa. Foto T.R.)

Hoy día nos rodeamos de más muñecos que nunca; muñecos más o menos disimulados, virtuales, robotizados, más o menos antropomórficos; y seguimos proyectando en ellos nuestros deseos, frustraciones y querellas. Por esto animo a observar qué imagen o ideología sobre nosotros mismos se colige de nuestros muñecos.

Al tiempo, las personas estamos más informadas pero más desestructuradas, somos más adultas pero más inestables, menos “ideologizadas” pero más influenciables, más escépticas pero menos meditativas, más críticas pero más superficiales: en esta gran confusión el muñeco todavía nos habla, como individuos autorreflexivos, pero también como sociedad, ya que, como el semiótico Otakar Zich señaló, el muñeco puede llegar a ser el resultado de un concepto irreal de su modelo; así se convierte en un símbolo verdadero del ser humano, un tipo, alejándose de la proyección de un individuo concreto.[1]

Hospital de Bonecas, Lisboa. Foto T.R.

Podemos convenir en que ser humano es ser naturalmente semiótico y usar la razón es sinónimo de utilizar una concepción mediatizada de lo real. Entre otros muchos, Umberto Eco insistió en que entre el arte y el mundo no hay un conocimiento directo sino metafórico, en el sentido de que el modo en que nos representamos a nosotros mismos en un tiempo dado da cuenta en alguna medida de cómo se ve, vive y siente la realidad en ese momento. El filósofo Ernst Cassier lo había resumido así: es imposible disociar la realidad de la cultura. Pero la realidad, contestó más o menos Lévi-Strauss, entonces sólo puede deducirse a través de sus maneras de ocultarse. Lo artificial es el único acceso a lo real y lo superficial es lo que pone en marcha los engranajes de la razón. También el teatrero Gordon Craig decía que la máscara es el único medio para expresar el alma; y así, el psicólogo Philippe Rochat utiliza la expresión espejo profundo para explicar cómo son las relaciones sociales tempranas que disponen al niño a la autoconciencia: una objetualización, una noción de sí mismo que se convierte en objeto para los demás.

En fin, necesitamos herramientas mediadoras para rastrear lo existente y siempre deberíamos recordar que nadie es capaz de vivir en un mundo real sino en uno constantemente reinterpretado. Esto no implica necesariamente que no exista aquel mundo (la cosa-en-sí), sino más bien que nos sería inaccesible y que no se debe hablar de lo que no se tiene lenguaje. Que no podemos tener contacto con ese mundo llamado “real” sino a través de, bien de la mística, bien de una mediatización sígnica, una máscara, una correlación, sean estos signos del carácter que sean.

‘Plate from La Popupée’, de Hans Bellmer. Foto WikiArt

El ser humano no sólo es un depredador o un emprendedor (como los liberales de Sylicon Valley que leen a Harari quieren hacernos creer) sino un “aprehendador”, un ser que necesita conocer/se. Además, como tampoco somos sólo un “animal simbólico” (al decir del neokantiano Cassier), el cuerpo que somos se muestra como nuestro primer enigma, nuestro primer campo de juegos, y como la principal puerta al mundo y a los demás. Por ende, los muñecos nos han servido siempre, no sólo porque ya en primer orden son un hatillo de signos ritualizados, como se sabe, sino sobre todo porque ejercen de extensión o proyección de nuestro cuerpo.

Hospital de Bonecas, Lisboa. Foto T.R.

Jacques Derrida explica que cuando observamos un signo, como podrían ser los muñecos, establecemos relaciones con nuestra historia, con nuestra memoria, y esas relaciones, que estaban latentes, son las que completan el signo y nos trasladan a esa dimensión interpretativa. La cultura es así una red de referencias. En cuanto que las referencias son establecidas socialmente, el trabajo sobre la forma deviene en construcción de un relato político. Las formas informan de ese conglomerado invisible de sensibilidades sociales a través de capas visibles que se superponen. Los fragmentos culturales más significativos de nuestro universo simbólico provienen de preguntarnos sobre nosotros mismos, y así buscamos maneras de proyectarnos y representarnos, por esto siempre es interesante analizar una vez más lo que tienen por decir las representaciones más antropomórficas que existen, los muñecos, y no parece baladí que éstos nos hayan acompañado desde tiempos ancestrales. Sabemos con Bajtín que no hay signo que carezca de ideología, y también que todo lo que produce el hombre puede ser pensable como un signo. Así que podemos resumir diciendo, con Rossi-Landi más que con Bajtín, que no existe producción humana que carezca de ideología. Los muñecos no son una excepción.

Hospital de Bonecas, Lisboa. Foto T.R.

Curiosamente, los muñecos apenas han sido tratados en su amplitud de objeto semiótico. Hay libros de historia y práctica de títeres y muñecos, una riqueza bibliográfica e iconográfica. Hay museos de títeres y hay museos de juguetes. Pero, pese a que los muñecos tienen presencia en multitud de esferas sociales, pocos son los intelectuales que se han interrogado con cierta amplitud sobre su naturaleza, como si ésta fuera inferior ontológica o socialmente a otras manifestaciones humanas. Pensar sobre muñecos lleva inmediatamente a pensar sobre las identidades psicológica y social, sobre el ser y la corporeidad, la manipulación y el antropocentrismo, el juego y la pedagogía. Los muñecos se tratan sólo de soslayo en antropología, sociología, historia de las religiones, etcétera.

Sala de disección. Hospital de Bonecas, Lisboa. Foto T.R.

Llama la atención especialmente que en el ámbito filosófico, tan proclive desde finales del siglo veinte a apoyarse en las manifestaciones culturales como sostén de sus disquisiciones retóricas, se haya hecho tan poco caso a la historia de las artes escénicas. No hablo de filósofos que escriban obras como divulgación teorética (Unamuno, Sartre) ni de obras dedicadas a la Estética, muchas veces aplicadas al teatro (Boileau, Lessing y un largo etcétera tradicional y contemporáneo). No me refiero tampoco, se entiende, a filosofar a partir de un teatro del que sólo se conocen los textos, como tan fértilmente hiciera Nietzsche en El nacimiento de la tragedia y una multitud infinita sobre los escritos de Shakespeare, por ejemplo, porque entonces estamos cayendo en el marco de lo literario y no de lo escénico. Y, claro, aquí y allá sorprende alguna excepción. Garaudy dedicó todo un libro a la danza de su tiempo, por ejemplo. Baudrillard y Zizeck citan de cuando en cuando a Artaud. Poco más. Quizás porque el público general podría carecer de esas referencias, dado el carácter efímero del teatro o por la sempiterna incultura teatral que sufrimos. O porque las reflexiones intelectuales que tienen por base o trampolín el orbe de las artes escénicas ya se llevan a cabo profusamente por intelectuales de ese mismo orbe[2]. En todo caso, pensadores en artes escénicas y filosofía habitan esferas normalmente bien divididas. Qué decir entonces del subgrupo marginal de los títeres. Sin embargo, si ampliamos el foco, no sólo a los títeres, sino a los muñecos en general, como hemos señalado antes, detectamos temas de interés filosófico universal y su ninguneo se me antoja, tal vez por mi ignorancia, incomprensible.


[1] Pequeño Arte, grandes Artefactos, Praga, 1923. Citado en: Jurkowski, Henryk (1990), Consideraciones sobre el teatro de títeres, Concha de la Casa (Centro de Documentación de Títeres), Bilbao.

[2] Claro que lo mismo se podría decir de otras artes como la literatura, la pintura o la arquitectura, y los filósofos modernos y contemporáneos han volcado su atención en ellas.

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