La compañía María Parrato, de Segovia, presentó este domingo 9 de febrero en la sala La Cuarta Pared de Madrid, la obra ‘No te asuste mi nombre’, escrita por María José Frías y Nuria Aguado e interpretada por ambas, con dirección de Mauricio Zabaleta. Una obra para niños, pero igualmente para todos los públicos, al tratar el tema de la aceptación de la muerte desde una perspectiva poética y de cuento, sin sentimentalismos ni disimulos de corrección política alguna.

Una obra de actrices y títeres, pero profundamente titiritera, al estar centrada su escena principal en dar muerte a la muerte con palos de la mano del niño protagonista, lo que desencadena la historia del cuento tradicional que concluye: ¿acaso podríamos vivir sin la Muerte? Es decir, se recurre a uno de los temas principales de los títeres tradicionales europeos, que es el de vencer a la muerte o jugar con ella desde la astucia, el engaño y la cachiporra. Un deseo social mayoritario que sin embargo todos sabemos es ilusorio, con lo que sólo cabe tomárselo a chanza y como desfogue popular. También es sabido que, si algún género teatral puede tratar este tema con corrección, es el de los títeres, al ser un arte que precisamente está basado en dar vida a lo inerte, a los muñecos sin vida. Y del mismo modo que se les da vida, con igual facilidad se les quita. De ahí que nunca escandalicen las exageraciones escatológicas titiriteras, por una razón evidente: nunca podrás matar lo que ya está muerto. Algo que los niños entienden a la primera y los adultos, por regla general, a la segunda, a la quinta o nunca.

Podríamos decir que María José Frías, alma mater de la cia. María Parrato, con esta obra, aunque no fuera la primera de su carrera, se inició de algún modo en el arte de los títeres, al abordar a su manera y desde el trabajo de actriz y de manipuladora, que es lo suyo, la temática eje del teatro de títeres: la relación con la muerte. Es curioso que el maestro marionetista Harry V.Tozer, inglés que vivió y enseñó en Barcelona, invitara a sus alumnos, como único trabajo de primer año de clase, a construir el esqueleto  bailarín que se descoyunta, no sólo por la complejidad técnica de modelar uno a uno sus infinitos huesos, para luego juntarlos y ponerles los hilos tras construir el correspondiente control o mando, sino porque era lo primero que había que aprender: hacer títeres es dar vida a la muerte.

María José Frías hace eso: da vida a la muerte a través de un relato inspirado en cuentos tradicionales y recurriendo a textos clásicos sobre el tema, como es el caso de Espronceda, autor del maravilloso ‘El Estudiante de Salamanca’, en el que Don Félix de Montemar, a modo de segundo Don Juan quizás aún más profundo e intrigante que el original, se enamora de la Muerte y la sigue hasta lograr el deseado abrazo que acaba con su vida.

Pero lo hacen las dos actrices de María Parrato ajustándose a un estilo de cuento poético, de teatro dentro del teatro a través de los títeres, los cuales permiten abrir dimensiones ocultas a la realidad. La muerte está muy bien representada por la figura de una mujer madura pero llena de vida, doble de la agonizante que surge de debajo de la cama y se envuelve con la misma cortina que protege el tálamo mortuorio. Su condición de doble se acentúa aún más cuando es ella la que mueve a la agonizante, le da sus últimas energías al ser la manipuladora que insufla vida a la mujer que ya sólo desea entregarse a ‘la que espera’, a la Pálida que desborda vida, la necesaria para acabar con la que fenece. Muy bonito que la agonizante aún con vida sea un muñeco, mientras quien debe acabar con ella, la Muerte, esté representada por un ser vivo. El abrazo final de la madre de Andrés con la Muerte no es más que la reconciliación consigo misma, con la Parca que la ha habitado desde el día del nacimiento, con aquella cara oscura cuya presencia se intuye, pero a la que ignoramos alegremente, salvo cuando ya no nos queda más remedio.

De todo eso habla ‘No te asuste mi nombre’, una obra que habría gustado a este otro titiritero enamorado de la Muerte, Pepe Otal, quien, buen discípulo de Tozer, vivió rodeado de calaveras y esqueletos, como buen hidalgo manchego y barroco que era, hasta que su boda mortuoria lo alcanzó en Cerdeña. 

A destacar la actuación de las dos actrices de ‘No te asuste mi nombre’, muy afinada y contenida. María José Frías, en el rol de manipuladora y doble de Andrés, el hijo de la mujer moribunda, da vida al personaje con frescura y desparpajo, con preciosos saltos de registro que por un lado logran la distancia indispensable para la alegoría y, por el otro, da ritmo y ayuda a que los niños sigan la historia. En cuanto a Nuria Aguado, interpreta a una Muerte solemne y pletórica, como debe ser, con la contención y la parquedad en palabras propia del personaje. Un texto magníficamente hilado que consigue el difícil equilibrio de aunar lo poético y trascendente con lo fresco y popular.

Al acabar la representación, un colectivo de Madrid que reivindica el derecho al buen morir y que había asistido al espectáculo, abrió un interesante debate sobre el tema de la obra. Se habló de la nueva ley de eutanasia que parece ser se va a presentar en breve a las Cortes, y se comentó la profunda impresión que la obra les había causado. Sin aspavientos afectados ni palabras altisonantes, las actrices titiriteras de María Parrato habían logrado tocar unas cuerdas de profundas resonancias a chicos y mayores, a los primeros porque por fin alguien les hablaba de cosas importantes, a los segundos porque ponía en el escenario lo que todo teatro debe poner: un espejo donde ver la realidad de lo que somos y vivimos, con los únicos velos de la poesía y del oficio teatral.

¡Admirable!

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