(Águeda Llorca con la marioneta de La Celestina, de Bambalina. Fotografía de Iñigo Royo.)

Continuamos con nuestras crónicas sobre los espectáculos vistos en el Titirijai 2018, que avanza a un buen ritmo preparando la densa programación del fin de semana con sus premios y homenajes. En este artículo vamos a hablar de La Celestina de Bambalina, de Valencia, El ratoncito no nace se hace, de Titiriguiri, de Madrid, y Trabajos de interior, de Behibi’s, del País Vasco.

La Celestina, de Bambalina

Ha sido un verdadero placer constatar el buen momento de Bambalina, una de las compañías españolas que desde siempre ha pisado con fuerza los escenarios, sin miedo a enfrentarse a títulos tan potentes como pueden serlo El Quijote o La Celestina, y ver cómo sale airosa de semejante osadía. Bien sabido es que enfrentarse a un texto como el de Fernando Rojas constituye uno de los mayores retos que cabe plantearse en el teatro español, uno de los títulos más respetados y temidos por los directores de escena. ¿Cómo lo ha hecho Jaume Policarpo desde la perspectiva de un teatro con muñecos?

Fotografía de Iñigo Royo.

Sin renunciar al texto -El Quijote fue puesto en escena sin palabras- pero haciendo con el mismo una radical poda, la opción de Policarpo ha sido recurrir al meollo mismo del lenguaje de los títeres, eso es, a la relación entre títere y actor/manipulador, separando a ambos pero dejándolos cerca para que puedan interactuar y crear así un espacio libre entre ellos capaz de contener, explorar y sacar todo el jugo a los matices de los personajes sin necesidad de explicitarlos con texto. Una opción inteligente -quizás la única posible- y que surge de la experiencia de quién conoce bien el oficio -parecida en cierto modo a la escogida por esa otra gran producción de un texto importante tratado con marionetas por Los Farrés Brother con dirección de Jordi Palet: La Visita de la Vieja Dama, de Friedrich Dürrenmatt (ver aquí)-.

Fotografía de Iñigo Royo.

Distancia interior entre manipulador y marioneta, tratada como una máscara y a la vez como un títere, es decir, buscando que el personaje se acerque y se aleje del titiritero que lo maneja, lo que permite que éste intervenga en la obra de una forma paulatina y creciente, en un papel que de algún modo viene a encarnar la figura del ‘criado’, del servidor, figura clave de la obra -su lado popular y picaresco-: servidor de sus amos, Calixto y La Celestina, y servidor de las marionetas. Y es esta distancia entre los dos polos de la obra (actores/marionetas) lo que crea un rico espacio de libertad y de resonancias interiores capaz de ‘hablar-sin-hablar’ del texto podado, mientras a su vez sirve de cojín al desarrollo de la trama, ya muy cargada de palabras a pesar de la descomunal tala.

Fotografía de Iñigo Royo.

Y es así como avanza y se sostiene esta versión de La Celestina, sobre los puntales de unos personajes que son dobles, lo que evidentemente requiere de unos muy buenos actores, con capacidad de enfrentarse a este doble rol de servidores de dos amos que en realidad son muchos: las marionetas que mueven, y todos los personajes de la obra.

Fotografía de Iñigo Royo.

Magnífico el trabajo de Águeda Llorca y de Pau Gregori, los dos actores valencianos que defienden la difícil papeleta en el escenario, que sin experiencia con las marionetas y gracias a una extraordinaria ductilidad y a una escuela teatral de gran categoría, han conseguido ser dobles y hasta triples con una naturalidad enorme y unos resultados brillantes.

Fotografía de Iñigo Royo.

Como magníficos son también las marionetas y el espacio construido, abstracto y transparente, dejando claro el esqueleto dramatúrgico de la obra, para eliminar distracciones y ayudar al espectador a situarse en este mundo ambiguo y cambiante de los títeres.

Fotografía de Iñigo Royo.

Policarpo ha conseguido una puesta en escena potente y refinada, que se sigue con gusto durante su hora y media de duración. Una obra que sin duda irá creciendo a lo largo de las representaciones, pues los actores necesitan tiempo para acomodarse a este espacio interior y desarrollar todas las posibilidades ‘mudas’ de encarnar la ambigua figura de ‘siervos’ de títeres y personajes. Un ‘cojín’ el del espacio interior indispensable para amortiguar las dos únicas emisiones fónicas de la obra e impedir que colapse el espacio sonora gracias a las infinitas resonancias interiores del desdoblamiento de actores y marionetas.

Coloquio en el ambigú. Fotografía de Iñigo Royo.

Durante el coloquio en el ambigú del TOPIC, los actores expresaron a los presentes cómo, sin experiencia previa con las marionetas, poco a poco fueron entrando en este múltiple rol de estar delante, al lado y detrás del personaje.

Fotografía de Iñigo Royo.

Del mismo modo, revelaron esa intención sutil de, a medida que avanza la obra, situarse el actor por delante de la marioneta, desgajándose de ella en cierto modo, para elevar la palabra y con ella el elemento trágico frente a la comedia.

El ratoncito no nace se hace, de Titiriguiri

Debo confesar que no conocía a esta prestigiosa compañía de Madrid, que desde hace años trabaja en una línea de obras de muy trabajada factura y cuidada estética, y que suele combinar el vídeo con el títere y el actor. Con dirección de Sonia Muñoz, artífice y fundadora de la compañía y autora del espectáculo, El ratoncito no nace se hace es una obra que busca explicar el pequeño mito del Ratoncito Pérez, convertido en una creencia y costumbre muy arraigada en muchas familias españolas.

Fotografía de Iñigo Royo.

Lo hace Sonia Muñoz con una recreación idílica del mundo de una familia de ratones que vive en un popular barrio de vecinos. Pero lo hace insertando la historia en la de un matrimonio mayor compuesto por una bombonera y un dentista, historia romántica de olvidos y de momentos maravillosos. Y es entre los intersticios mágicos del encuentro y el amorío de esta pareja por dónde se cuela la historia también mágica de los ratones, sumándose ambas en un muy bien tramado argumento.

Fotografía de Iñigo Royo.

Lo más interesante y lo que seduce de la propuesta es el lenguaje utilizado: esa precisión del vídeo de animación proyectado a modo de maping en el panel que hace de retablo y que tanto puede ser la fachada de la casa, una habitación de la misma, el consultorio del dentista como el interior subterráneo de las tuberías y bajantes donde suelen habitar esos compañeros indeseados de la especie humana desde tiempos inmemoriales. En el panel se abren puertas, ventanas, y por los extremos de las tuberías, salen los ratones títeres.

Fotografía de Iñigo Royo.

Un lenguaje de una gran complejidad que se resuelve en una apariencia sencilla y que nos traslada a una feliz combinación de cine y teatro, cuando en una pantalla los actores son capaces de salir de ella para volver a entrar en la dinámica fílmica. Como es fácil imaginar y nosotros pudimos comprobar, en el Teatro Leidor lleno hasta la bandera de escolares, la obra atrapó a los niños desde el primer minuto hasta el último.

Fotografía de Iñigo Royo.

Si sumamos a ello una muy lograda actuación de Sonia Muñoz y de Bernardo Rivera, los dos actores-titiriteros de la obra, de agradable presencia escénica y clara dicción, hay que decir que la obra alcanzó unos niveles pocas veces logrados en este tipo de espectáculos dirigidos a familias y escolares. A destacar la factura de las imágenes animadas proyectadas en vídeo, obra de Francisco Piris, Monigotes estudio 2.0 y la programación audiovisual de Michael Fernández, así como la música de Jesús Mañeru. Una producción de una inhabitual envergadura que cosechó salvas sinceras de aplausos del público que asistió con entusiasmo a la representación.

Fotografía de Iñigo Royo.

Trabajos de interior, de Behibi’s

Sorprendió y entusiasmó en el teatro del TOPIC la actuación de Patricia Franco, de la compañía Behibi’s, con una obra insólita que podríamos definir literalmente con las palabras del título, ‘Trabajos de interior’: un magnífico ejercicio de auto-observación o de una nada complaciente mirada interior de lo que somos y hacemos de ‘puertas para adentro’.

Fotografía de Iñigo Royo.

Trabajo de introspección y desdoblamiento que la actriz titiritera efectúa desde un registro de acusado humor critico, que va del sarcasmo a la burla despiadada, de la mirada oblicua que gusta sacar los lados oscuros de la vida y de las personas, y que sabe reírse del mundo y de sí misma.

Fotografía de Iñigo Royo.

De un desparpajo hilarante y provista de una gracia natural por el movimiento espontáneo y desacomplejado, Patricia Franco nos dio una sutil y profunda lección de marionetismo a través del desdoblamiento de su personaje, que efectúa desde perspectivas distintas y cambiantes, con y sin muñeco. ¿Pues acaso no es el arte de la marioneta el arte del desdoblamiento, de ser dos en uno, con la finalidad de verse a sí mismo reflejado en otro, sea este otro una máscara, un muñeco figurativo de humano o de animal, un objeto peculiar o anodino, o una simple imagen de nosotros mismos con la que gustamos vernos y dejarnos engañar por ella?

Fotografía de Iñigo Royo.

Lo más interesante fue mostrar cómo lo positivo surge del vacío que se descubre en el espacio de la mirada interior, es decir, del desdoblamiento de la auto-observación, un positivo que nace pues de la nada, de ahí la insistencia en el nihilismo del personaje. Un positivo ‘en negativo’, podríamos decir, de un vitalismo nihilista…

Fotografía de Iñigo Royo.

Impecable la simetría del contenido de la obra, basado en esta concepción en negativo de la vida, a la que se llega no por vocación sino por necesidad de supervivencia: empieza la obra convertida la actriz en una marioneta de fin del mundo post-atómico, y acaba desnudada de sus máscaras frente a la playa del Fin del Mundo, donde se visualiza un mundo en ruinas donde lo único que cabe hacer es buscar los residuos de lo que fue y ya no es.

Fotografía de Iñigo Royo.

Entre los dos extremos de esta apoteosis de fin del mundo, la actriz nos invita a participar en un viaje que nos sitúa y nos hace vivir la deriva hacia la nada del personaje. La parodia del teatro plástico contemporáneo del arranque no tiene desperdicio y para mí fue uno de los momentos claves de la obra. Y desde que se despoja de su vestido de artista anti-radiación o anti-lo-que-sea, Patricia Franco nos deslumbra con un continuo transformismo por el que nos va mostrando las múltiples facetas de la vida contemporánea y sus absurdos.

Fotografía de Iñigo Royo.

La dramática y a su vez desternillante secuencia cumbre del esqueleto eleva el espectáculo a una altura de la que ya no baja hasta el final, cuando enlaza con la parodia genial del Youtuber, en la que la radicalidad de la mirada crítica de la actriz se ceba en su propia imagen, que manipula despiadadamente para dejarnos ver nuestros miedos y complejos así como nuestra finitud biológica.

Patricia Franco y Itsaso Azkarate en el coloquio. Fotografía de Iñigo Royo.

El trabajo de Patricia Franco, segunda representación del espectáculo después de su estreno en el Festival de Vergara, con la realización plástica de Itsaso Azkarate y la dirección de Espe López, consigue combinar la comicidad más hilarante con una mirada profunda de auto-observación crítica que nos retrata a todos nosotros en el espejo del personaje y de sus distintas caras y ocurrencias disparatadas.

Fotografía de Iñigo Royo.

En el coloquio del ambigú, acabada la representación, los asistentes intentamos descifrar las claves de tan tremenda actuación, con preguntas sobre los porqués y los cómos del atrevimiento escénico que acabábamos de presenciar. Un inquietante alarde de visión crítica que consiguió entusiasmar a todo el mundo.

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