Pocas personas conocen la riqueza que existe en nuestro país respecto a las máscaras y a las múltiples fiestas populares que las utilizan de mil modos diferentes. Una riqueza asombrosa que afloró los días 10, 11, 12 y 13 de mayo en Lisboa, cuando se realizó una desfilada de máscaras ibéricas por el centro de la ciudad, concretamente por la noble Rua Augusta desde la Praça Comerço hasta el Rossio. El encuentro, que por lo visto se realiza anualmente en Lisboa, reúne formas arcaicas de máscaras procedentes de las más recónditas comarcas de Portugal y España, concretamente de pequeñas localidades de Cáceres, Zamora, Asturias, Galicia, País Vasco, León, Tras-os-Montes, Vinhais, Mogadouro, Macedo de Cavaleiros, Lamego y Valongo.

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En la Plaza del Rossio hubo paradas con productos regionales durante los días de la fiesta: se vendían quesos, panes, mieles, salsichones, gorros, lanas, alpargatas, jamones, vinos y libros.

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Pero lo más vistoso, y esperado por todo el mundo, tuvo lugar el sábado 12, cuando a las 16:30 de la tarde se realizó el gran desfile de Máscaras Ibéricas, con profusión de grupos llegados en autocares de las regiones citadas, los cuales se fueron vistiendo y calzando sus exóticas máscaras y sus disfraces variopintos para deleite de todos los que asistíamos estupefactos a semejante aquelarre de formas y rostros disparatados.

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¡Qué maravilla de máscaras que parecen surgir de las profundidades telúricas de la más arcana paganidad, como si los años de cristianismo y luego de modernidad simplemente hubieran pasado de refilón, sin dejar apenas señal alguna. Falsa ilusión, por supuesto, pues muchas de estas tradiciones están empapadas de religiosidad cristiana, aunque en la mayoría de los casos sea una mera adaptación de la misma a las viejas costumbres de los pueblos primigenios. Y es que por mucho que las culturas superiores hayan intentado sobreponerse a las consideradas inferiores, en el fondo no deja de ser todo un juego de superposición de culturas, en el que no siempre ganan las mismas.

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Las máscaras tienen, como las marionetas, esa función de mostrar los aspectos ocultos, negados, oscuros y por lo general exagerados y aberrantes, que todos llevamos dentro. Por eso el Carnaval ha sido siempre esa válvula de escape de los pueblos para al menos una vez al año destriparse y extraer de sus entrañas lo que durante el resto del año mantenemos bien recogidito y bajo llave. En las tradiciones establecidas de las máscaras ibéricas, es como si esos interiores, llamémosles “poco convencionales”, hubieran cristalizado en formas fijas que se van repitiendo año tras año, aunque vayan cambiando según períodos más amplios imperceptibles para nosotros. Ogros, diablos, seres extraordinarios, gigantes, risas desbocadas, máscaras-sombreros de mil formas diferentes y colores variopintos, bigotes y barbas histriónicas, ropajes misteriosos, expresiones herméticas… Y junto a las formas, los ritmos y las melodías, percusiones frenéticas que hacen hervir la sangre y trasbalsan la razón, gaitas y dulzainas, cuernos y tambores gigantescos.

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Las imágenes hablan por si mismas. Y las expresiones de muchas de estas máscaras nos retrotraen a épocas que creíamos superadas u olvidadas en la noche de los tiempos. Y tras la maldad de muchas de estas expresiones, el carácter ingenuo y sencillo de los aldeanos que visten y llevan las máscaras: amables personas que en la pausa del desfile, o en los preámbulos de la mascarada, nos explican ilusionados los usos y las razones de tantos disfraces, ruidos y extravagancias.

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La “ciudad doble” que es Lisboa fue, durante la tarde excitante de la Mascarada Ibérica, todavía más doble y enigmática, aunque estuviera impregnada por ritmos que le son ajenos y rostros que se alejan de las suaves formas civilizadas con las que la ciudad suele disfrazarse en el día a día de su historia.

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