(Samuel Eskri con Johnny. Foto Jesús M. Atienza)
Puedo decir, a día de hoy, que la Casa-Taller de Marionetas de Pepe Otal cumple con una de las principales expectativas que ha despertado desde sus comienzos: dar a conocer grupos emergentes de interés, hasta ahora desconocidos. Esto es lo que ocurrió el sábado 28 de marzo de 2026, cuando acudí al taller para ver a la compañía En La Boca del Gato, llegada de Murcia para presentar la primicia en Barcelona de su recién estrenado espectáculo Poesía de Navaja. Una muy agradable sorpresa para todo el público que llenó la salita del Taller.

Foto Jesús M. Atienza
Un éxito en uno de los templos más reputados de la Cachiporra de nuestro país, pues no en vano Pepe Otal se adelantó a su tiempo con aquella versión loca de Makoki en el Frenopático, un clásico de la incorrección política y cultural más insigne, una franja temática cuya demanda hoy parece regresar con fuerza en los escenarios hispánicos, con tratamientos, eso sí, más sutiles y adaptados al humor y a la realidad contemporánea -aunque luego cada uno la vea como le da la gana-.
Poesía de Navaja, por suerte, no va tan lejos como Makoki (cuyo perfil extremo creo no ha sido superado por nadie), sino que sorprendió por su sofisticada combinación de crudeza, locura callejera y, de acorde con el título, concisas ráfagas de genuina poesía titiritera. Un brebaje que encantó al público y a este cronista.

Foto Jesús M. Atienza
El héroe, Johnny Navaja, fiel a su nombre, se ufana de ser un implacable salteador de los barrios más míseros de la ciudad, sin piedad alguna en su quehacer, cuando en realidad es un alma más cándida que la de un niño, del que todo quisque obtiene lo que se le antoja, cumpliéndose aquella paradoja de que el atracador es el atracado. ¿Atracado por quién? Por sus supuestas víctimas, claro, que pillan al instante su debilidad congénita: ser en el fondo y en la forma una buena persona mala. Es la imagen de un rebelde que ama más la rebeldía por sí misma que los beneficios que de ella pueda extraer. Eso lo convierte en un antihéroe de los de verdad, de los que no buscan provecho, ni lucro ni redención. Y ante el acoso de los bien intencionados que le aconsejan cambiar de vida y de ser, él responde: ¿cambiar para qué? Si ya me gusto cómo soy.

Foto Jesús M. Atienza
No vamos a desvelar las diferentes secuencias del montaje, pues la mayoría de ellas se sustentan no tanto por la dirección que llevan, sino por su pura manifestación de seres extravagantes y caprichosos, salidos de las pesadillas de nuestra época, tan dada en exhibir sus donaires más perniciosos: Trump, el guardia que solo persigue a los desvalidos o la muerte cuando acude antes de hora, por citar algunos de ellos.
Hilarante cuando Johnny nos presenta a su amigo redimido que ha conseguida salir de la calle y cambiar de forma, lo que confirma a nuestro antihéroe que lo de cambiar o no cambiar no es la solución, sino una trampa más en la afanada carrera de su oficio.

Con la muerte. Foto Jesús M. Atienza
La cachiporra sale y se usa, pero con elegantes dosis de humor poético, conforme al título de la obra, que marca el camino a seguir de nuestro depredador profesional, con más tintes de víctima que de verdugo.

Con su amigo redimido. Foto Jesús M. Atienza
En resumidas cuentas: un estreno que le ha salido redondo a su autor. Por supuesto faltan las indispensables horas de rodaje, condición sine qua non del género (20 representaciones mínimas con público, decía del señor Tozer, maestro de Pepe Otal). El espectador entendido del Taller que siguió con ganas y sin sobreactuaciones la función -lo que demuestra su madurez-, dio a Samuel Eskri y a su técnica acompañante, Isabel Piedra, responsable del elemento sonoro de la propuesta, un sincero y copioso aplauso, que el titiritero de Murcia recibió con alivio y satisfacción, al tratarse de un estreno en una plaza mítica que por su historia infunde tanta confianza como temor y respeto a la par.

Isabel Piedra, Johnny y Samuel Eskri. Foto Jesús M. Atienza
Jesús M. Atienza siguió la representación desde el fondo de la sala con su cámara, en su empeño por atestiguar cuánto de relevante sucede en este club barcelonés de las marionetas.
¡Todo admirable al cien por cien!
