(Francisco Gómez Rodríguez en plena función. Foto Jesús M. Atienza)
Se presentó en Can Batlló, este centro autogestionado que ocupa unas antiguas fábricas textiles en Hospitalet del Llobregat, tocando a Barcelona, la obra No soy Yo, soy el Otro, de La Cartonera Teatro, con texto e interpretación solista de Francisco Gómez Rodríguez, que también firma la construcción de títeres y la escenografía, bajo la dirección de Roma Monasterio. Una obra que recibió en 2024 el Premio Nacional Javier Villafañe, de Argentina.
Un título que es el primero producido por la compañía La Cartonera creada por Francisco Gómez Rodríguez, actor titiritero argentino que reside en Barcelona desde el año 2002. La segunda obra de la compañía, estrenada en 2025, es El Retablillo del Puerco de San Antón, de la que Titeresante escribió en su día la correspondiente crónica (ver aquí). Dos obras que mantienen una lógica relación, aunque sean ambas muy diferentes, siendo quizás el hilo conductor entre ambas la atención que pone el autor a las formas más populares y satíricas del teatro medieval español y europeo, especialmente la segunda, con un texto incluso rimado.

Foto Jesús M. Atienza
Una figura recorre el mundo de Fran Gómez Rodríguez en sus creaciones: la del Loco medieval, sea bufón o juglar, que recorre los caminos o las cortes con el permiso tácito que tenía esta profesión de decir todas las locuras que se les ocurriera. En la que nos ocupa, el actor titiritero se encarna en un bufón que, tras extralimitarse en sus delirios y desconciertos, roza los extremos de la locura, lanzado por la vida y los poderes a los márgenes sociales de la pobreza y la exclusión, con visos de ser una especie de actuación terminal, casi como si fuera un testamento -sin serlo técnicamente-.

Foto Jesús M. Atienza
Hay un interesante cruce entre un teatro de la crueldad, que busca los lados más terribles, feos y terminales de nuestra existencia, y un teatro filosófico que no se resigna al abandono en lo aciago y fatídico, sino que lucha por mantener la clarividencia del loco que sabe que está loco y que lo utiliza para hurgar en sus verdades más ocultas, desdoblándose en sus personajes. Y para ello, los títeres son un medio ideal: permite al bufón salir de sí mismo y verse desde los otros que van surgiendo de este teatro de los desguaces. Un escenario repleto de deshechos que el personaje usa para armar sus alteridades titiretiles: máscaras, muñecos grandes de caras desfiguradas por los cartones recopilados, o títeres que surgen en sus manos de escondidas, dirigiéndose al titiritero bufón para accionarlo y darle en qué pensar y qué hacer.
A su vez, toda la obra reviste un halo onírico, casi surreal, como si fuera el sueño de un vagabundo que fue bufón y que guarda entre los deshechos recogidos los restos de una carrera de juglar titiritero.

Foto Jesús M. Atienza
Y así vemos como en el escenario se va desplegando el mundo interior de este bufón, que necesita a su Rey para poderlo servir y a la vez burlarse de él y decapitarlo si cabe, buscando satisfacer sus deseos más profundos y arraigados. Recuerda los viejos usos bufonescos, la obligación de entretener contando historias, que son tan ásperas y oscuras como lo es el entorno del que surgen.
Y en este vaivén de diversiones agónicas y de músicas alegres de las fiestas populares de antaño, van desfilando los distintos personajes, con verdaderas creaciones como son la rata que se mira en el espejo o el magnífico topo hiperactivo que surge de debajo la tierra…

Foto Jesús M. Atienza
No soy Yo, es el Otro: he aquí magníficamente resumido el recurso dramático del bufón titiritero, para defenderse de los poderes a los que chincha. Quienes hablan son las criaturas que se encarnan en sus manos o en su propio cuerpo, títeres que se expresan y dicen lo que les viene en gana; o quien habla es el Loco del que se deja poseer para poder soltar sus sandeces o sus verdades al Rey, y así sobrevivir a su terrible profesión.

Foto Jesús M. Atienza
Personaje trágico, cuando vemos que él queda en nada, vacío de todo ser, sí, pero por ello mismo, gozando de la máxima clarividencia, la que da esta nada cristalina del no ser, tan vecina y colindante a la Muerte.
Un trabajo, el de La Cartonera, que esconde en sus intersticios y fisuras, una profunda mirada sobre el teatro y la vida. Un título que debe verse en relación al que le sigue cronológicamente, El Retablillo del Puerco de San Antón, donde navegando por parecidos registros, se adentra sin embargo a un tipo de teatro más burlesco, de puras raíces medievales. Una compañía a la que hay que seguir, capaz de ofrecer obras tan interesantes y arriesgadas como trabajadas.