(Cartel de la obra. Del Colectivo Patillas Black)

Señores, señoras, ¿dicen ustedes que ya nada es cómo era, que Barcelona ha entrado en la más supina de las decadencias, y que todo está amañado y culturapretificado? Desde luego, no seré yo quien les lleve la contraria, pero en verdad les digo que lo que salva a una ciudad es que de vez en cuando broten sorpresas de las que causan estupefacción cuando no confusión en el alma.

Y eso es lo que ocurrió este viernes pasado, último del mes, cuando el representante oficial del Colectivo Patillas Black o White, según el día, presentó en el local de la librería ‘La Social, Galeria i Llibres’, de la calle de les Hortes, en el barrio del Poble Sec, su versión de la famosa novela alegórica El Criticón (1651-1657) de Baltasar Gracián (1601-1658), un ‘Acto bellaco con marionetas’, con el subtítulo de Siglo de Oro y Boxeo. Así reza el cartel anunciador de la obra.

Acudí sin saber lo que vería, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con una representación desde luego inclasificable, con títeres muy sui generis puestos sobre una mesa o volando por el espacio, no solo divertida y gamberra a más no poder, sino asombrosamente fiel a su manera al Criticón de Gracián (cuyo contenido tuve que repasar para acordarme de lo que nos obligaron a saber del mismo en el Bachillerato), un texto considerado como una de las joyas y obra cumbre de la prosa española del siglo de Oro y también una de las más oscuras y difíciles, por la riqueza del lenguaje y de los tropos usados en ella.

Cartel de la obra ‘Noche Oscura, del Colectivo Patillas Black

El acierto es mayúsculo, teniendo en cuenta que se trata de una novela alegórica, como antes hemos dicho, de modo que tanto lo que se dice como los mismos personajes son básicamente alegorías, es decir, ideas, mitos, deseos, ideales, pecados, y el largo etcétera correspondiente. Lo que permite una teatralización del libro poniendo sus palabras en boca de seres que son y no son los de la novela, sujetos a toda la distorsión que al titiritero se le ocurra -que en este caso es mucha.

Los dos personajes principales son el náufrago Critilo y el salvaje que lo salva y que habita en una isla donde ha crecido educado por la pura naturaleza, nombrado Andrenio por su nuevo compañero de vida, que le enseña a hablar y con el que emprenden un viaje por el mundo en busca de Felisinda (la Felicidad).

Un punto de partida que dispara la imaginación del titiritero, pues por el arte de la alegoría y de los tropos más iracundos, todo está sujeto a cambio, mostrándonos tanto las bondades como las maldades de este mundo inhóspito, severo y absurdo por el que van deambulando los dos viajeros.

No piense el lector que nos hallamos ante una burla de los clásicos del Siglo de Oro. Hay burla y sarcasmo, por supuesto, pero sobre todo hay una profunda inteligencia de quien sabe entrar en obras tan densas como es el Criticón, para jugar con los conceptos y las mismas artimañas poéticas y literarias que usa su autor, poniéndolos como quién dice sobre la mesa, para el goce y admiración de los espectadores. Lo hace, por supuesto, sin salirse de la libertad más absoluta, dejándose llevar por lo que podríamos considerar una admiración callejera de la obra y con el deseo de explicarla al público recurriendo a cualquier artimaña que se le antoje (esa gran libertad que dan los ‘tropos’).

Cartel de ‘El Diablo Cojuelo’. Colectivo Patillas Black

Una característica de este invento es que no prima en ningún momento ningún tipo de virtuosismo en el manejo de los títeres, sino el más absoluto desenfado en estas cuestiones estilísticas, lo que otorga al titiritero un plus adicional de libertad en relación a los títeres y al tratamiento de la historia.

Por lo visto, es una constante de Patillas Black recurrir a la literatura clásica, algo que no ocurre siempre en estos lares, y que por ello mismo es muy de agradecer. Es verdad que las grandes compañías nacionales ponen en escena a los clásicos, como El Gran Teatro del Mundo de Calderón de la Barca, una maravilla que vimos el año pasado en el Teatro Romea a cargo de la Compañía de Teatro Clásico de Madrid (ver aquí), un montaje de lujo que además resultó modélico en cuanto al cómo y al buen hacer de los actores. También destacaría al argentino Francisco Gómez Rodríguez, autor de un precioso Retablillo del Puerco de San Antón, que buceó en las formas del teatro medieval de farsas y pasos (ver aquí).

Cartel de ‘El Laocoonte’. Patill,.as Black

Pero es que Patillas Black, en su historial de títulos, ha tratado a autores como Lope de Rueda, del que nadie ya se acuerda, El Diablo Cojuelo de Luís Vélez de Guevara (del que sí existe una magnífica versión local en clave de clown de la cía. Rhum, con versión de Juan Mayorga), La Circe de Lope de Vega, o La Noche Oscura, de Juan de La Cruz, y otros tantos autores de todas las épocas con los que se atreve a abordarlos con esta curiosa profundidad juguetona y alegórica, mediante títeres, muñecos, objetos y un sinfín de ocurrencias a cuál más oportuna y disparatada.

Tal es el modus operandi del Colectivo Patillas Black, desconocido por el gran público de Barcelona, pero muy seguido por sus admiradores que llenan todas sus representaciones -en espacios pequeños, eso si- y que siguen con religiosa puntualidad sus obras, realizadas para una única ocasión, sin por lo visto repetirlas nunca.

Una sorpresa de esta cartelera del boca a boca que circula por la ciudad y que, como decíamos al principio, dignifica y otorga nuevos sabores a la noche barcelonesa.

Cada último viernes de mes, a las 20h, de momento en la librería ‘La Social, Galeria i Llibres’, de la calle de les Hortes, en el barrio del Poble Sec