Vale la pena reseñar en esta revista de títeres la ópera recién estrenada en el Teatro Español de Madrid y luego en el Teatre Lliure de Barcelona, en una coproducción de Òpera de Butxaca i Noves Creacions (OBNC) con el Teatro Real, Teatro Español y Teatre Lliure, titulada ‘Je suis narcissiste’. Una obra cuya puesta en escena está planteada en clave plástica y visual, con un inicio y un final claramente titiriteros, y en la que los cantantes-actores aparecen en cierto modo ‘marionetizados’, tanto por su marcada caricaturización como por el vestuario y la gestualidad, que oscilan entre el cómic y el teatro de figuras.

El gran trabajo de la compositora Raquel García Tomás ha encontrado, en la libretista Helena Tornero y la directora Marta Pazos, al equipo ideal para lanzarse al ruedo en esta aventura de OBNC (gran éxito de Dietrich Grosse y Marc Rosich, artífices de Òpera de Butxaca), al que deberíamos sumar las magníficas aportaciones de Nuno Meira en la iluminación, de Fernando Ribeiro en la escenografía y de Pier Paolo Álvaro en el vestuario y caracterización.


Y es precisamente este gran impacto visual al que la obra está sometida lo que la convierte en un espejo en el que el público aparece y se ve reflejado, no en sus rasgos realistas, pero sí en una distorsión-exageración de lo que serían los trazos generales de la cultura de nuestro día a día, especialmente en ciudades como Madrid y Barcelona, donde el culto al diseño, a la medición controlada del tiempo, al exhibicionismo del yo, a las modas variopintas de cómo matar las horas y a la tontería institucionalizada, son sus características principales.


Espejo distorsionador, de efectos cóncavos pero que ya no reproducen las imágenes expresionistas del Callejón del Gato, tan queridas de Valle-Inclán, sino que el esperpento aquí debe pasar por el tamiz contemporáneo del hiper-diseño, del buen gusto oficial y de los protocolos de la cultura, pues estamos en un teatro institucional y el público es el formal y moderno que va a ver una ópera contemporánea, elegante y con sus tics narcisistas de personas enteradas y comprometidas cada una con sus delirios cotidianos. Y aquí está el gran acierto, casi milagroso de esta ópera, en la que forma y contenido se ajustan a la perfección, para conseguir este efecto de reflejo directo e inmediato de la sociedad que la acoge en su seno. De ahí la importancia de que el director musical, Vinicius Kattah, implicado hasta la médula en el proyecto, salga también convertido en un ‘fantoche narcisista’, caracterizado de mitad elegante maestro de ceremonias y de mitad payaso, a modo de bisagra encargada de juntar, con el pegamento de la música, los dos planos confrontados, el del escenario y el de la platea.

Habría que citar aquí a los cuatro cantantes, impecables en esta difícil tarea de ser más de lo que son, al actuar con una caracterización casi plastificada, un vestuario complejo y una gestualidad nada fáciles de llevar: las sopranos María Hinojosa y Elena Copons, el barítono Toni Marsol y el tenor Joan Ribalta. Una interpretación de entrega total, de cantantes que viven cada uno de sus proyectos como si les fuera la vida en ellos. Admirable y elemento fundamental para levantar el entusiasmo del público, como así ocurrió. Igualmente importa mencionar a los intérpretes del foso, la Orquesta Sinfónica Camera Musicae (en Madrid fue la Orquesta Titular del Teatro Real), de excelente ejecución.


El resultado es sensacional, pues los espectadores se ríen a carcajadas de sí mismos al verse reflejados en tantos de sus tics y formas de vida habituales, que el espejo muestra sin tapujos, a través de la plasticidad visual, del juego de los cantantes titerizados y de la música que lo pega todo en la misma clave de distorsión y caricatura.

Los autores se recrean y se divierten en esta elaboración de una ópera sobre la banalidad y la vida vacua, y qué más narcisista que una ópera, lo que permite jugar al equipo y a la música con citas y estereotipos, más algunos agudos (o pinyols, como decimos en catalán) de lucimiento, bien puestos en su exageración bel cantista para que el público los aplauda como es de rigor.


Todo ello tratado con inteligencia y enorme oficio, con un impecable savoir faire, elemento obviamente indispensable en los cánones de la temática ridiculizada, de una sociedad en la que las formas lo son todo, lo que no hace más que exaltar los resultados apoteósicos de la obra.

Realmente ‘Je suis narcissiste’ ha dado en la diana a la hora de plantear una ópera contemporánea que guste, denuncie, ridiculice, provoque carcajadas y haga de espejo veraz de la sociedad que la contempla, que es en definitiva uno de los objetivos principales de las artes del escenario.

El público, el entendido y el no entendido, así lo vio, y aplaudió a rabiar en los tres días de estreno que hubo en Barcelona. Ahora, si estuviéramos en un país normal, le tocaría a la obra girar por los teatros de España. Ojalá así sea.

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