El público de Barcelona tuvo la suerte de poder asistir a este magnífico espectáculo de la compañía de Madrid El Retablo, Alicia, una versión para teatro de objetos, máscaras, títeres y danza del cuento de Lewis Carrol ‘Alicia en el País de las maravillas’, a cargo de Pablo Vergne. Se presentó en la sala Porta 4, un dinámico espacio alternativo de la ciudad situado en el barrio de Gracia, que también es escuela de teatro.

Interpretado por las dos actrices-bailarinas-titiriteras Júlia Aragonès y Alba Vergne López, Alicia deslumbró al público familiar que llenaba la sala con una propuesta de extraordinaria calidad, tanto en el magnífico quehacer de las dos intérpretes como en el planteamiento del espectáculo, que va a lo esencial del cuento con una contención de estilo que sin embargo no se priva de desarrollar las secuencias escogidas a través de la danza, cuatro palabras de apoyo, las máscaras, los objetos y las imágenes que se van creando en el escenario. Una contención que tiene la virtud de provocar el ejercicio de la imaginación del público, que es allí donde se encuentra el verdadero escenario de la obra.


Alba Vergne López en el papel de Alicia y Júlia Aragonès en el de todos los demás personajes que salen en la obra, crean una polaridad humana, rítmica y gestual que se configura como una de las claves de la propuesta: grave y dramática, aunque gràcil, la primera, al encarnar a alguien que ha perdido su identidad, y traviesa, pícara y camaleónica la segunda, en la piel del conejo, el ratón, el gato, la oruga,  la Reina… El desarrollo gestual de la danza que aplican consigue crear el lenguaje adecuado que define, explica y cose las diferentes escenas. Dinamismo, elegancia, dominio y frescura serían los atributos que juntan a los dos personajes/intérpretes en sus peripecias: siendo diferentes, el ritmo y la danza nos explican que en realidad son personajes que viven en la imaginación, fuera de la realidad cotidiana. Excelente el trabajo con las máscaras de Júlia Aragonès, y muy lograda la interrogación que mantiene Alba Vergne a lo largo de la obra sobre su identidad.  Una temática profundamente titiritera, en una obra en la que el personaje principal no sabe porqué hace lo que hace, como si fuera una marioneta manipulada por un titiritero oculto, aunque luego hace lo que le da la gana. Una metáfora que se utiliza en las coreografías de las dos bailarinas, con los alzamientos y caídas de brazos y piernas, los giros que se dan cuando alguien te tira de un hilo, los trucos titiriteros de hacerse grande o pequeño, el juego del peso y la gravedad…


Precioso el final cuando el personaje de Alicia, tras recuperar su nombre, se despide de los niños y regresa al cuerpo de la actriz la identidad de Alba Vergne, rizando el rizo de la temática del quién es quién.

Denota la obra el gran oficio de su autor y director, Pablo Vergne, creador de El Retablo, que ha sabido tratar una obra tan compleja como es la de Carroll con la sutil inteligencia que pide. A destacar la colaboración dramatúrgica de este otro gran director argentino instalado en Lisboa, Claudio Hochman, que ha participado también en el montaje. Cuando se produce una conjunción entre dos maestros titiriteros de esta talla, se comprende que el resultado haya salido tan feliz y redondo.


La propuesta no rehúye los lados oscuros de la trama sino que los presenta en su justa realidad, huyendo de las mojigaterías hoy en boga, en esta ola de corrección política y cultural que vive nuestra sociedad bien pensante. Y lo hace el Retablo con la elegancia que proporciona el buen oficio de los títeres, sin regodearse pero sin ocultar los muñecos a los que les han cortado la cabeza.

Todo rezuma buen gusto, delicada contención junto a explosiva prodigalidad de facultades, en un trabajo que mantiene al espectador clavado en su asiento, atrapado por la malla desplegada por las dos bailarinas-titiriteras. Una obra hecha para girar y ser gozada.

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